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Lucía Topolansky‏




Lucía Topolansky
La Sui Generis vida de la primera dama uruguaya
Fue guerrillera a los 25 años, estuvo presa por 13, se casó a los 61 y en 2010 tomó juramento a su marido para que asumiera la presidencia de Uruguay. Salió airosa de un cáncer de mama, no tuvo hijos y vive en una chacra. Va a la feria de la mano con su marido para comprar verduras y no está en sus planes ser presidenta. "Soy feliz en el sentido de que hago lo que me gusta, lo hago a morir, me meto en el problema y arriesgo todo lo que sea necesario, pero duermo tranquila", dice.   

Por Natalia Núñez.  
Diario El Mercurio, Revista Ya, martes 31 de octubre de 2012
http://diario.elmercurio.com/2012/10/30/ya/_portada/noticias/B4B6C112-19E0-402A-9DAD-F9ADEC8B9D64.htm?id={B4B6C112-19E0-402A-9DAD-F9ADEC8B9D64}

Hace rato que Lucía Topolansky Saavedra (68) se tomó el mate que suele preparar el Presidente de Uruguay, José Mujica. Son las nueve de la mañana en Montevideo y la primera dama de ese país está en un lugar especial de su casa, un espacio desde el que ella puede contemplar su chacra, los crisantemos, la alfalfa, la lavanda, su colección de tunas, los muchos árboles que ha plantado con sus propias manos. Harán diez grados en Rincón del Cerro, donde tiene su casa, a 20 kilómetros del centro. Nada de residencias presidenciales para Lucía, la primera dama de Uruguay. A ella le gusta esta quinta y ahora que es viernes 19 de octubre, está en la biblioteca de la que es su casa desde el año 1986, sentada en el escritorio donde atesora literatura fundamental para su vida. Ama los libros.
Durante esta conversación programada para durar 40 minutos y que terminó pasando la hora, Lucía cita a Ortega y Gasset, a Antonio Machado, al filósofo uruguayo Carlos Real de Azúa, al escritor alemán Erich Maria Remarche. Su conocimiento podría intimidar, pero su voz lenta, pausada, calmada, el ritmo cansino con el que articula las palabras, suena a alguien que viene de vuelta en la vida y que no le interesa demostrar ni impresionar a nadie. En una palabra: sencillez. Ese valor lo aprendió en la cárcel, cuando estuvo presa entre 1972 y 1985, fruto de su participación como guerrillera en el movimiento Tupamaros. En prisión se dio cuenta de que en la vida "hay que andar ligero de equipaje".
Hace un mes, Lucía Topolansky cumplió 68 años. En 1967, cuando tenía 25 y estudiaba Arquitectura, se había convertido en guerrillera junto a su hermana. La tomaron presa, por primera vez, en 1970. Se arrancó de la cárcel atravesando y ocultándose en las alcantarillas. En 1972 la detuvieron de nuevo. Esta vez, fue más largo: 13 años sin libertad. Tras las rejas, condenada a 45 años de cárcel en la prisión de Punta de Rieles, Lucía no pudo ir al velorio de su padre cuando falleció. En marzo de 1985 recibió la Amnistía.
-Las circunstancias de aquel entonces eran muy distintas a las de hoy. Yo pertenecía a un grupo de jóvenes uruguayos, pero también latinoamericanos -porque había chilenos, argentinos, brasileños- sobre quienes determinados hechos internacionales impactaron con mucha fuerza: la guerra de Vietnam, la liberación de Argelia, el proceso de la revolución cubana. En América Latina, en esos años, se discutía cuál era la vía para llegar al poder y generar algunas transformaciones para que este continente fuera justo. Y en ese momento, en todos los países de Latinoamérica, estaba esta discusión. En circunstancias diferentes uno tiene que trabajar o luchar en forma distinta. Ahora yo soy senadora de la República, pero me defino como luchadora social. Hoy en la responsabilidad de senadora, ayer en otras responsabilidades y mañana capaz que en otras. No soy una política profesional.
Dice que no tomó las armas por una vocación, sino por circunstancias.
-No es un fin en sí mismo. Un filósofo uruguayo definía el movimiento Tupamaros como "políticos con armas". Nosotros, en el proceso histórico de Uruguay, nos diferenciamos en un montón de cosas del resto de los movimientos armados del continente y esa diferencia hizo que cuando llegó el fin de la dictadura, se discutiera la amnistía y el pueblo uruguayo estuviera a favor. Pero eso no quiso decir que compartiera totalmente el pensamiento de los que estábamos presos.
Mientras estuvo presa, Lucía leyó todo lo que pudo mientras los militares lo permitieron.
-Ahí había leído un libro sobre la primera guerra, unos relatos de las trincheras que eran bastante impresionantes en donde el autor, Erich Maria Remarche, decía algo que me sirvió: "En esas situaciones límites el ser humano se ve desnudo con todos sus valores y miserias, pero hay que quererlo así". Aprendí a querer a las compañeras que vivieron conmigo de ese modo, con todas sus virtudes y sus defectos. Eso me permitió conocer esencias del ser humano que en otras circunstancias, no por fingir ni nada de eso, la vida no las muestra. Vi gestos heroicos y miserables. Pero todo viene mezclado y eso nos va dando una perspectiva. Ahí también aprendí que se puede vivir con muy poco. Las amistades que hice en ese tiempo no se van a romper nunca.
Forjar un destino
Lucía nació en una familia acomodada, descendiente de las fundadoras de Uruguay. Cursó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio Sacré Coeur de las Hermanas Dominicas. Ahí supo que lo suyo sería luchar por las injusticias sociales. Despojarse del dinero y ayudar a los más pobres sería su vocación. Se diría que, en ese entonces, Lucía pintaba para convertirse en la versión femenina del Che Guevara. Ella estaba en segundo de liceo, en el año 1958, y en un oratorio pasaba horas haciendo trabajo social en un barrio marginal de la ciudad de Montevideo. Eran las épocas en que se estaba gestando la iglesia del tercer mundo y las corrientes en donde participaron obispos brasileños. Lucía empezó a vincularse con la realidad gracias a esa obra social y desde ese lugar llegó a lo político: empezó a ver que había gente adolescente, jóvenes igual que ella, que vivían en condiciones mucho peores. Eso la hizo cuestionarse todo. Su padre, el ingeniero Luis Topolansky Müller, era conservador de pies a cabeza.
-Entramos en las luchas estudiantiles y mi padre nunca me planteó nada, aunque guardó un silencio frente a lo que pasaba que se puede interpretar de muchas maneras. Pienso que le dolía no entender algunas cosas. Pero esas son deducciones mías. Después, cuando las hermanas estuvimos en prisión -ella, Inés y su gemela María Elia- él iba poco a vernos. El puntal fue mi madre, porque las madres son solidarias como sea. No es que ella tuviera una comprensión política  de la realidad o compartiera mis ideas. Era la hija y punto.
-¿Nunca se enfrentó a su papá?
-No, porque mi padre en algunos aspectos era liberal, y a él le parecía bien que las mujeres estudiaran, que tuvieran su vida propia, se independizaran. Él se hubiera mantenido firme si le hubiera dicho "no quiero estudiar".
-Pero usted dejó su carrera de Arquitectura para ser guerrillera.
-Sí, pero lo dejé en el momento que estaba en otro lío. Él estaba contento porque también estudié idioma. A él le parecía bien que forjara un destino. No tuve la oportunidad de discutir a fondo con él. Pienso que le costó entender lo que vivía Uruguay, pero lo aceptó calladamente.
Una justificación para elegir la lucha armada, según explica Lucía Topolansky, fue perseguir el sueño de lo que ella llama "la felicidad colectiva". De la joven guerrillera de los 70, de "La tronca" como la apodaban, le quedan esas ansias de ver el mundo en igualdad de condiciones, de pelear por las causas públicas y la injusticia humana.
-Soy feliz en el sentido de que hago lo que me gusta. Lo hago a morir. Me meto en el problema y arriesgo todo lo que sea necesario arriesgar, pero duermo tranquila.
Lucía se define a sí misma como "una mujer uruguaya promedio". Pese a ser primera dama -figura que no existe formalmente en Uruguay- eligió vivir austeramente, donde siempre, con el mismo auto, los mismos vecinos y entorno: en una comunidad instalada en un barrio de chacras. Lo mismo corre para su marido, el Presidente, a quien algunos prefieren decirle "Pepe" en vez de "Su Excelencia". Ella sigue yendo a la farmacia caminando, sin escolta. Los fines de semana va a la feria de la mano de su marido y junto a su perrita. Y quien le hace la ropa -muy sencilla, de camisa y pantalón- es su amiga, la señora Beba, que cose a domicilio. Los dos, Lucía y Pepe Mujica, viven en una casa sencilla.
-El estilo que usted y su marido han adoptado es atípico, ¿cómo mantiene esa impronta de austeridad desde la trinchera del poder?
-¿La felicidad se logra por tener mucha más cantidad de cosas, de poder?¿O la felicidad es una cosa mucho más profunda, en donde el ser humano que tiene una sola vida para vivir, tiene que trabajar, estudiar y tener tiempo para el intercambio humano, para hablar con su familia, sus amigos, para leer un libro, para escuchar música? En ese dilema, nosotros optamos por una vida más austera que nos libera tiempo para otras cosas que nos gustan. Si no, uno vive corriendo para conseguir esto o lo otro. Y al final de cuentas, no nos vamos a llevar ninguno de esos bienes materiales.
El shopping es una modalidad de comercio que no le atrae.
-Entrar en un edificio donde no se ve el exterior, donde uno camina oferta tras oferta, no va conmigo. Si tengo que comprar un par de zapatos, voy a una zapatería, y si tengo que comprarme alguna ropa que no es de confección, voy a cualquier tienda como cualquier persona.
Desde 1990 hasta el 2000, Lucía y su marido tuvieron un puesto de flores en la feria. Por eso la descripción de la senadora en Wikipedia dice que es "política y agricultora".
-Cuando nos vinimos a vivir a esta quinta el proyecto era el cultivo de flores, y yo trabajé en eso. Es una cosa muy linda. Es hasta emocionante ver cómo al final un crisantemo queda, por ejemplo, como una pelota blanca fantástica que va a adornar un hogar, un evento o va a acompañar en un cementerio a alguien. Si se ve desde el ángulo del corazón, tengo una vinculación muy grande con la naturaleza y con la agricultura. Además, en mi infancia, como mi abuela materna tenía una propiedad en el interior del país, en Florida, donde se criaba ganado, pasábamos todas las vacaciones ahí. Mis mejores recuerdos de niñez los tengo en la vida rural.
De las puertas de su rural casa para adentro, manda Lucía. En la chacra, en la tierra bajo el sol, es el Presidente de Uruguay el que da las órdenes. Ella le dice "viejito". Él le dice "viejocita" cuando le quiere pedir algo fuera de lo habitual.
Al Presidente lo conoció y se enamoró de él en 1972, durante la militancia en la guerrilla. Llevan 40 años juntos, pero sólo se casaron en 2005, a los 61 años de Lucía.
-Porque entendíamos que en el matrimonio lo más sólido era llevarse bien, tener un proyecto de vida común y buscar en conjunto la felicidad. No pasaba por los papeles. Uruguay es un país laico que tempranamente separó la Iglesia del Estado. Están permitidas todas las religiones, pero no hay ninguna oficial. Entonces el que realmente vale es el matrimonio civil.
Cuando era una niña, Lucía, que pertenecía a una familia muy grande, veía cómo sus primas, hermanas y tías se complicaban con el tema del matrimonio. Que cuándo, que con quién, que cómo y con cuál vestido. Resolvió entonces que ella no sabría del tema para simplificarse la vida. Si se casó, en 2005, fue porque un día, en una entrevista que le hacían en una radio uruguaya a José Mujica, él dijo que había llegado el momento de casarse con Lucía.
-Y bueno, ¿decidiste casarte y no me avisaste nada? -le reclamó ella medio en broma.
Fue el juez a la casa-quinta, invitaron a los vecinos y Lucía se puso un traje verde claro que le habían traído de regalo del extranjero.
-Yo ya soy veterana y siempre le digo a las muchachas jóvenes: primero, uno se tiene que sentir bien con uno mismo y eso se va a reflejar en el rostro de la persona. Y la persona puede parecer más linda, más presentada si está contenta, porque el cuerpo refleja el alma. Si uno está contrariado, por mejor traje que se ponga o mejor maquillaje que use, el alma igual se va a ver; y, segundo, cuando uno se va poniendo viejo, el espejo tiene que ser cada vez más chiquitito porque uno es bueno consigo mismo y se recuerda como más le gusta, sin necesidad de mirarse las arrugas.

Vivir sin ataduras personales
Lucía Topolansky no tuvo hijos. Pero ella ha dicho en entrevistas anteriores a medios locales que le hubiese gustado haber tenido un familión. -Cuando yo me vinculé a la lucha armada, hice una opción de tener las menos ataduras personales posibles porque si no, no iba a poder hacer dos cosas importantes a la vez. Después, tuve todos esos años en la cárcel y después de la cárcel, no vinieron los hijos. Así es que ya fue la circunstancia de mi vida. Pero en mi casa somos cuatro familias, y las cuatro familias que viven acá tienen hijos y para mí esos chiquilines me importan como si fueran parte de nosotros.
-¿Le da tristeza no haber tenido hijos propios?
-Es que no. Cuando en la vida uno toma decisiones... capaz que si yo me hubiera dedicado a ser arquitecta y hubiera optado por otro camino en la vida, habría construido otra cosa. En el acierto o en el error uno toma decisiones, pero uno no puede especular después respecto a si me da pena o no. Uno tiene que seguir viviendo por el lado positivo, porque si no, la vida es una penuria y la vida debe ser una felicidad.
Con ese mismo espíritu Lucía recibió hace tres años la noticia de que tenía cáncer de mama.
-Yo estaba en plena campaña electoral, se imaginará que andaba con la cabeza en otra parte. Frente a la enfermedad asumí una actitud positiva de lucha, no de desmoralización porque lo peor en una situación como ésa es bajar los brazos. Dije: "No, yo tengo que dar la pelea y salir adelante. Punto". Me fui a hablar con el entonces Presidente Tabaré Vázquez, que es oncólogo. Tuvimos una larga conversación en la que él me explicó un montón de cosas que yo necesitaba saber. Además, yo tenía un antecedente familiar porque cuando tenía nueve años a mi papá le diagnosticaron cáncer y en una época en que todos se morían de eso, él se salvó.
A Lucía la operaron inmediatamente, tuvo un tratamiento posterior y, en teoría, hoy está curada. Sólo debe controlarse periódicamente.
-Está demostrado médica y científicamente que si se aborda a tiempo, la gente no se muere. A la gente le va mal cuando se aborda tardíamente o cuando no cumple con lo que se prescribe. Siempre les digo a las mujeres que acá no es cuestión de asustarse porque "no me quiero enterar de que estoy enferma". Después, igual me voy a tener que enterar. Y cuanto antes sepa, mejor porque es la forma de salirle al paso, de enfrentar la situación y seguir adelante.
A Lucía Topolansky, como parlamentaria, le interesó que en Uruguay se profundizara la legislación respecto al aborto, proyecto que acaba de ser promulgado en ese país.
-No es "legalización" o "despenalización" porque los artículos del Código Penal que penalizan el hecho siguen vigente. Lo que hacemos es no aplicarlos en determinadas circunstancias que tienen que ver con las 12 semanas de gestación y penurias económicas, sociales o biológicas en las que se vea implicada la mujer. En Uruguay, como en muchos países del mundo, este hecho del aborto que era clandestino porque estaba prohibido, hacía muy difícil decir un número exacto de cuántos abortos había al año. Pero hay un estimado que queda alrededor de los treinta mil. ¿Por qué nos afligía? Porque si eso es clandestino, primero, la mujer está en muchísima soledad y nosotros podemos ayudarla. ¿A qué? A que si la circunstancia es solucionable, desista. Por eso decimos que esto es a favor de la vida y no como lo quieren presentar algunos de que es a favor de la muerte. No. Eso es mentira. Porque con ley o sin ley, hay aborto seguro.
-Usted tuvo una mayoría aplastante al salir senadora ¿le gustaría ser Presidenta?
-No. Yo no. Me lo han preguntado porque hacen una especie de paralelismo con Argentina, pero no. Creo que dentro del Frente Amplio -su partido- hay otras figuras más solventes, de más peso. Soy una militante que siempre me voy a matar por mis ideas, pero también uno tiene que ser consciente de sus límites. No me la creo tanto.

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COMMENT: A favor de la vida, es hacer todo lo posible por salvar tanto a la madre como al hijo que espera.  La idea es que ninguna mujer que espera un hijo vaya a parar a la cárcel, así como también que ningún embrión o feto (un hijo o hija en proceso de gestación) vaya a parar a las alcantarillas. 

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