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Psiquiatría política

FERNANDO VILLEGAS, DIARIO LA TERCERA, DOMINGO 21 DE SEPTIEMBRE DE 2014HTTP://VOCES.LATERCERA.COM/2014/09/21/FERNANDO-VILLEGAS/PSIQUIATRIA-POLITICA/
Gabinete



Es en el contexto del actual período post-Bachelet de “rehabilitación” -para usar el lenguaje terapéutico de los regímenes populares- de sentimientos, ideas, tropismos, lenguajes y reflejos condicionados de vieja data de la izquierda que debe entenderse al PC y su desconfianza ante la idea de proveer a la ANI de nuevas atribuciones y capacidades. “Ese tipo de cosas”, nos dijeron, “traen malos recuerdos”. Los comunistas no son los únicos atribulados.Apenas hay dirigente progresista que no reaccione con un respingo ante toda medida que suene a fortalecer -o más bien crear- un debido aparato de policía e inteligencia. Les huele mal. Huele a represión. Huele a instrumento de dominación social. Huele a lo que han temido y combatido toda una vida.
No podía ser de otra manera. Aun siendo, la política, ejercicio cortoplacista en su proyección hacia el futuro, casi siempre su práctica es determinada por un largo pasado. Entiéndase “determinada” como cosa muy distinta a “aleccionada”. Estar aleccionado es haber aprendido una lección y no repetir, entonces, un error; estar “determinado”, al contrario, es ser víctima una y otra vez de una relación causa-efecto que puede durar décadas y se repite sin variaciones. Durante los 20 años de Concertación pudo tenerse la impresión de que la izquierda en masa había pasado por el primer proceso; pareció, en efecto, que los sufrimientos de ese sector con motivo del Golpe Militar que terminó con las “transformaciones profundas” del año 1970, más el derrumbe colosal del mundo socialista, les habían enseñado que ni el socialismo es un sistema que funcione ni tampoco es factible un proyecto político radical basado en el acto de voluntad de una minoría que pretende, retóricamente, representar a “las masas”.
De súbito nos hemos dado cuenta, sin embargo, que ese aprendizaje lo hicieron sólo unos pocos. Fueron, los de esa minoría, seres integralmente reciclados -y hoy reciclándose de nuevo, pero al revés-, criaturas que abjuraron de sus niñerías revolucionarias y a menudo, incluso, llevaron su apostasía al extremo de convertirse en cuerpo y alma a la religión del dinero. A estos fulanos se los llamó “autocomplacientes”. Y en verdad estuvieron y están complacidos: hicieron fortunas, fama, notoriedad, iniciaron empresas glamorosas, se rozan con la elite de los negocios y la política, llegaron a los gabinetes, publican devocionarios y memoriales, dan charlas planetarias, prestan asesorías, constituyen directorios, vuelan en primera, alojan en hoteles cinco estrellas y cambiaron de auto, de casa, de mujer, de amigos y de personal trainer.
No fue el caso de la gran mayoría, la izquierda del “rank and file”, los no entendidos en las artes del pasillo y la intriga, de las nominaciones y las confabulaciones, los que no tenían nombres políticamente resonantes ni ascendieron por el escalafón del pituto ni se aseguraron un acceso vitalicio a ese gran fondo de pensiones que es el Estado; esos, los de abajo, sólo fueron “determinados” por la situación en vez de sacar provecho de las lecciones. No se reciclaron, sino se resignaron y/o aturdieron. Aceptaron los años de la Concertación temiendo que de otro modo saldrían a la calle militares embadurnados con betún Virginia. En esos 20 años, mientras los complacientes se complacían cada vez más labrando sólidas carreras y aumentando sus fondos de retiro, los camaradas de abajo entraban en un somnoliento acostumbramiento interrumpido por ataques esporádicos de nostalgia. Los más sonados y conocidos de entre estos últimos se flagelaron en público con látigos de terciopelo.
Nuevos y viejos tiempos…
Cambiados los tiempos, cambiaron los roles. Muchos complacientes se apresuraron en releer las columnas que escribían de niños en el diario mural del colegio y rescataron la frase “le torceremos la nariz a la derecha”. Y los flagelantes cambiaron el rol de mártir para adoptar el de verdugos. Se inició una pequeña caza de brujas. Quienes celebraron negocios con la derecha, acuerdos trasversales y acomodos pasaron de la categoría de sospechosos a la de tránsfugas. De ahí que durante la transición -desde el anterior gobierno al actual- hasta jefes minúsculos de reparticiones insignificantes se pusieron en sintonía asumiendo sus cargos con tarros de flit para desinfectar al Estado del piñerismo.
¿Y por qué no? La derecha también tiene atavismos invencibles. Por un quítame estas pajas ya cree que hordas de patipelados vienen a expropiarles sus fundos, fábricas, boliches, mansiones, autos, piscinas y secretarias. Su pánico cerval ante los cambios es digno de un tratado de psicopatología, sección paranoia. Es una reacción mecánica, automática y simplista: alguien viene a quitarme lo mío. En la izquierda el reflejo condicionado es más complejo; se funda en precedentes de persecuciones y sufrimientos, en historias familiares y de clase, en miseria o estrechez, en desdenes sufridos, en subordinaciones humillantes, en sueños doctrinarios, en panfletería de la adolescencia, en utopías y sueños, en resentimientos y deseos de saldar cuentas. De ahí su paradójica combinación de ideales fraternos con odios paridos, la convivencia entre habladurías progresivas y frases castigadoras que preceden la ejecución. En el universo mental y emocional de la izquierda se pasa fácilmente del maravilloso “hombre universal” del futuro al “elemento contra-revolucionario” que debe ser liquidado.
Se dirá que todo eso es cosa del pasado. Lo es, pero no deja de reaparecer, aunque el lenguaje esté levemente modificado. A 41 años del Golpe Militar, este sigue siendo el núcleo y motor emocional en todo análisis y expectoración política y programática de la izquierda. Allende es tanto animita del pasado como inspiración del porvenir. El empresario regresó a su sitial como el villano de Ciudad Metrópolis, figura sospechosa y satánica del relato social, sumo sacerdote del detestado lucro. Y retorna el protagonismo de “las masas”, ahora apellidadas “la calle”.
Bombas
Como resultado de estos reflejos condicionados, todos existentes ya durante la Concertación, preservados durante el camarín Piñera y revitalizados ahora, la sociedad chilena carece de respuestas ante el accionar de cualquier grupo medianamente organizado y decidido que desee transgredir brutalmente el orden social. De esta vasta causa no se hacen cargo los dedos apuntando acusadoramente a los organismos policiales. Hace sólo dos semanas no hubiera podido ni siquiera hablarse de una ANI con más atribuciones. Se olvida que todo engranaje del Estado es dependiente de los climas políticos en función de los cuales se asignan los fondos, se crean sus leyes orgánicas y reglamentos, se entrena su personal, se definen metas y se evalúan los resultados. No podía desarrollarse una adecuada institucionalidad para combatir el terrorismo si no se aceptaba la mera existencia del terrorismo. Ni en la justicia ni en la prensa ni en el Congreso ni en La Moneda ni en los partidos se consideraba seriamente su realidad. Aun hoy no se la considera vigente en el sur del país. Al contrario, la moda era mofarse de la policía y los fiscales y hablar de montajes. Llegado el caso se habló piadosamente de “conflictos sociales”. Aun ahora un juez acaba de determinar que quienes en Antofagasta portaban una bomba hecha con dinamita y cargada de esquirlas no era un dispositivo para uso terrorista, sino para cometer un delito común.
Apuestas
Pasada la primera semana desde el bombazo, lapso de duración máximo en Chile de aun la peor noticia, es de temerse no sólo la implacable acción de la desmemoria nacional sino de los factores endémicos que hemos examinado; en consecuencia, es posible que las andanadas de declaraciones, resoluciones y reuniones celebradas mientras duraba el eco de la explosión no se traduzcan en muchas acciones prácticas con la premura que el público espera. Tal vez, una vez más, dependeremos de la iniciativa de los agresores. Se abre la temporada de apuestas acerca de cuántas bombas más serán necesarias.

En el último trimestre hemos tenido al menos seis estallidos de bombas, y en los últimos 10 años el número se eleva a 300. Si pensamos que se trata de eventos aislados, sin darnos cuenta de lo que realmente está pasando no es difícil aventurar cómo va a terminar la historia y lo difícil que será para el país lograr revertirla...‏

GONZALO SANHUEZA,


El ataque terrorista ocurrido el lunes pasado en la Estación Escuela Militar nos hizo recordar los ataques terroristas en Madrid y Londres, ocurridos en 2004 y 2005, respectivamente. Si bien es cierto que la magnitud de lo trascendido en Santiago fue significativamente menor, las posibles consecuencias para la sociedad son muy profundas, sobre todo porque nuestra historia reciente no registra un evento de similares características.
Desde el punto de vista económico, el costo que tendrá este atentado para nuestra economía va a depender de la evolución que sigan los acontecimientos.
Sabemos que ataques terroristas puntuales, donde un país es capaz de controlar la situación rápidamente y evitar nuevos ataques, en la práctica no se traducen en un menor crecimiento económico. La excepción a la regla sería el ataque a las Torres Gemelas, ocurrido en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001, en el cual la magnitud del ataque provocó una fuerte caída en la confianza de los consumidores y un aumento de casi un punto porcentual en la tasa de desempleo, además de un fuerte impacto en las industrias relacionadas a los viajes, y la interrupción de las transacciones financieras por casi una semana. No obstante, en términos generales, pareciera ser que las estructuras económicas de los países son lo suficientemente fuertes como para soportar eventos de esta naturaleza y se requiere de ataques de la proporción del ocurrido en Estados Unidos para mermar el crecimiento económico de un país.
Ahora bien, distinta es la historia cuando un ataque no es controlado a tiempo y el país se sumerge en una ola terrorista como son los casos de Colombia, Israel o la Región Vasca, en España. En estos casos se afectan fuertemente las expectativas de los consumidores y empresarios, lo que reduce la demanda agregada. Los gobiernos, por su parte, tienen que destinar importantes recursos para aumentar la seguridad del país reduciendo la inversión en otras áreas, lo que disminuye el crecimiento de largo plazo. Al mismo tiempo, la inversión en áreas económicas de mayor riesgo, como son el turismo y la aviación, y en zonas geográficas que podrían estar más expuestas a ataques terroristas, como podría ser el caso de la IX Región en Chile, también disminuye.
En el caso de Chile, de continuar los ataques terroristas, los sectores más afectados serían el turismo y la inversión extranjera. De hecho, varios países ya han advertido a sus ciudadanos de los riesgos de ataques terroristas en Chile. Basta con visitar la página web del gobierno de Inglaterra que advierte a sus ciudadanos que van a viajar a Chile que existe una amenaza terrorista en el país y que,aunque los ataques son poco probables, estos incluyen los lugares visitados por los extranjeros como cajeros automáticos y el transporte público. No debemos olvidar que en el último trimestre hemos tenido al menos seis estallidos de bombas, y en los últimos 10 años el número se eleva a 300.
Así, esperemos que el país logre reaccionar a tiempo y. que no nos pase lo que alguna vez un colega colombiano a fines de los 90 me comentó respecto de lo que ocurría en ese momento en su país, en el sentido de que ellos nunca se dieron cuenta de la situación en la que estaban hasta que gran parte del sistema estaba corrompido por el terrorismo y el narcotráfico, mientras que por mucho tiempo pensaron que sólo se trataba de eventos aislados, sin mayor trascendencia. Todos sabemos cómo termino esa historia y lo difícil que ha sido para ese país lograr revertirla…

Una anónima proximidad humana que podemos oír sin necesidad de escuchar y menos de responder...(cavilaciones en torno a desplazamientos por una pista demasiado resbaladiza)‏

Crónicas reunidas Pista resbaladiza
Roberto Merino: los radares de la conciencia

"¿Autobiografía involuntaria? Mejor autorretrato", escribe Agustín Squella acerca de este volumen de crónicas en cuya selección se privilegió a aquellas que insinúan "una cierta intimidad existencial".  

por Agustín Squella 

Diario El Mercurio, Revista de Libros
Domingo 14 de septiembre de 2014
http://diario.elmercurio.com/2014/09/14/al_revista_de_libros/revista_de_libros/noticias/B0A7CC3C-0E6E-4CA7-9406-F60EA1A938AD.htm?id={B0A7CC3C-0E6E-4CA7-9406-F60EA1A938AD}


No conozco a Roberto Merino. Cuando lo diviso en el Tavelli de Providencia lo saludo, es cierto, pero no me acerco a conversar. Él está siempre ocupado con su computador, como si hubiera ido allí para no estar allí, sino consigo mismo. Ahora, al leer Pista resbaladiza , una selección de sus crónicas, editadas por Andrés Braithwaite, compruebo que ambos pertenecemos a la estirpe de los que en un café buscan cualquier cosa menos conversación, lo mismo que pasa en un bar, otro típico lugar bullicioso que Merino frecuenta para encontrar algo de tranquilidad. Hablar suele resultar agotador. Estar solo viene generalmente mal. Entonces es cuando en un bar o en un café se consigue una anónima proximidad humana que podemos oír sin necesidad de escuchar y menos de responder. Bares y cafés son lugares de acogida en los que no te preguntan de dónde vienes ni cuánto tiempo te quedarás. Lugares en los que todavía queda algo de humanidad, lo mismo que hipódromos y gasolineras -según decía Bukowski-, y en los que nadie tendría que pedirte que abandones la compañía de tu propio anonimato. GONZALO SANHUEZA,

Merino no tiene nada contra los felices y exitosos, aunque sí con los complacidos de la vida, con aquellos que se instalan en una terraza de las veredas de la ciudad para deglutir con calculada parsimonia uno de esos enormes helados cubiertos con chocolate, coronados con crema y rematados con una guinda. Se trata de tipos que no transpiran, que nunca se ensucian la ropa, que jamás dan la impresión de que el tiempo o la desdicha los hubieran pillado desprevenidos, que conocen la desesperación solo cuando un gran terremoto los despierta en medio de la noche. Sujetos que no sienten ningún vacío, nunca, y que desconocen lo que el autor de estas crónicas refiere como "la desquiciada voz interior que nos acompaña desde el despertar hasta el momento en que rendimos la conciencia al sueño".

Merino tiene claro que a un cronista, a diferencia de un novelista, lo que le enciende los "radares de su conciencia" es la evanescente condición de la realidad, su constante presencia y disolución, y no la capacidad de fabular y construir historias. Un cronista es siempre una especie de vagabundo que recoge fragmentos, piezas de desecho, y que no espera más del paso que se apresta a dar que lo que obtuvo o perdió con el que acaba de realizar.

Según palabras de su autor, estas crónicas configuran una especie de "autobiografía involuntaria", puesto que en la selección de ellas se prefirió las que insinúan "una cierta intimidad existencial", lo que llamamos "yo", si bien sabemos que no hay nada como eso al modo de una unidad a la que pudiéramos reconducir todos nuestros actos y emociones. Si el cerebro es un órgano fragmentado, cada individuo también lo es. Si la experiencia de vivir es desordenada, la conciencia que cada cual tiene de sí también lo es.

Vivir donde a uno le tocó vivir -Chile, Santiago, Providencia- es la mayor muestra de humildad con nosotros mismos, piensa Merino. Vivir con el que somos -o con los varios que somos- es también una muestra de modestia. Nada de lo que uno quiere o piensa requiere un cambio de país, de ciudad, ni siquiera de barrio, y en cuanto a cambios en uno mismo, sabemos que se trata de la vana promesa que hace de la literatura de autoayuda.

No vamos a ninguna parte. Bien lo sabe Roberto Merino. Y tampoco es que necesitemos hacerlo. Somos sedentarios nómades. Nos movemos todos los días en apenas unos cuantos metros cuadrados, y es allí donde tenemos que encontrar la alegría no de la vida, sino de cada día, de cada momento, que bien puede hallarse en la mancha que de pronto hace en el tintero un rayo de sol matinal, según descubrió Katherine Mansfield, y que Merino redescubre cuando el sol hace otro tanto en una esquina cualquiera de Providencia.

¿Autobiografía involuntaria? Mejor autorretrato. "¿Por qué hablas siempre de ti?", le preguntaron una vez a Merino. "Porque estoy cansado -respondió-, y si hablo de algo lo hago con el resto del aliento que me queda al finalizar el día".

Somos vagabundos (y así luce el propio Merino en la portada de su libro), y estas crónicas son una buena escolta para nuestros desplazamientos -que no para el camino, porque camino no hay-, sobre todo cuando la pista se ha puesto ya demasiado resbaladiza.

Cómo bautizar el tiempo‏ Juan Villoro

Cómo bautizar el tiempo

"Las transformaciones culturales equivalen a un instante del cosmos, un parpadeo del sol. Esa mínima alteración puede tener efectos de largo alcance..."

Hay personas despistadas que pueden vivir sin enterarse de que hoy es viernes. Esta falta de concentración en el paso del tiempo es lo de menos si se compara con el despiste generalizado de la especie: ¿cuántos recuerdan que vivimos en el Holoceno? Nuestra era geológica ha durado cerca de doce mil años sin que pensemos mucho en ella. A falta de parientes que hayan visto las grandes glaciaciones y cuenten historias de la bufanda de la hiperabuela, nos resignamos a pensar que la Tierra "es así": un paisaje estable, aunque a veces tiemble o llueva demasiado.

Comparadas con las eras geológicas, las civilizaciones son experimentos transitorios. La brevedad de la vida humana dificulta identificarnos con un entorno que nos antecede desde hace milenios.

Pero el tema se vuelve dramático visto como presente. A cada instante, el elaborado ecosistema se daña en forma definitiva. En lo que se lee esta línea, la naturaleza recibe un impacto irreparable de máquinas y pesticidas.

El científico holandés Paul Josef Crutzen, Premio Nobel de Química en 1995, ha propuesto que nuestra era se defina como el Antropoceno, la etapa planetaria alterada por el hombre. El término no celebra el reino de lo humano; tiene un componente científico y un componente ético: describe un hecho incontrovertible y obliga a responsabilizarse de él.

Numerosos especialistas han seguido a Crutzen en su empeño por estudiar el planeta a partir de la intervención humana. Para algunos, todo comenzó con la agricultura y la deforestación; otros sitúan el cambio más severo en la revolución industrial y la consecuente contaminación del aire de las aguas; otros más, consideran que lo peor ha sido la radiación atómica liberada en Hiroshima, Nagasaki y Chernobyl. Lo cierto es que la Tierra ha sido modificada en forma irreparable.

Jan Zalasiewicz, paleobiólogo de la Universidad de Leicester, encabeza un equipo dedicado a tasar estos impactos. En 2016 presentará un informe detallado a la Unión de Ciencias Geológicas para determinar si las alteraciones de origen antropológico son suficientes para juzgar que ya habitamos el Antropoceno.

La conciencia sobre el ecocidio se ha acelerado vertiginosamente en los últimos años. Esto aún no produce resultados definitivos para controlar las emisiones de carbono, el envenenamiento de los ríos o la tala de árboles centenarios. Pero no hay cambio que no comience con la prefiguración de algo distinto. Hacía ahí apunta la adopción de un nuevo término para asumirnos como destructores de un planeta del que deberíamos ser huéspedes.

Las transformaciones culturales equivalen a un instante del cosmos, un parpadeo del sol. Esa mínima alteración puede tener efectos de largo alcance. En 1923, la Escuela Nacional de Agricultura se trasladó a Chapingo, encarnando los ideales progresistas del México postrevolucionario. Para reforzar el venturoso carácter de ese proyecto, Diego Rivera aceptó pintar ahí murales a veinte pesos el metro cuadrado, tarifa de un pintor de brocha gorda.

En mi infancia, Chapingo tenía un prestigio legendario. Jorge Friedmann, hermano mayor de mi amigo Pablo, estudiaba ahí de interno. Era nuestro ídolo: su uniforme incluía un vistoso espadín y se había roto una pierna en favor del equipo de fútbol americano los Toros Salvajes, cuya porra era un trabalenguas de fantasía: "Bumba-chicarraca-chicarraca-chica-bum".

El recuerdo viene a cuento porque Jorge nos compartió con orgullo el lema de su universidad: "Enseñar la explotación de la tierra, no la del hombre". Pablo y yo, que acabábamos de descubrir el Manifiesto comunista , celebramos ese ideal de justicia. Cincuenta años después, aquel lema cargado de optimismo, concebido para promover un mundo igualitario, parece en falta con la tierra. El progreso ha revelado su lado más sombrío.

La concepción de la naturaleza como algo que debe ser dominado ha sido paulatinamente relevada por un principio de conservación. Este viraje positivo también ha provocado que surjan nuevos integrismos. En su espléndido libro Contra el cambio , Martín Caparrós alerta contra los excesos del ecologismo, que en ciertos casos prefiere explotar al hombre para salvar la tierra.

"Hay otros mundos, pero están en éste", escribió Paul Éluard. Sólo tenemos un planeta. Definirlo a partir de lo que le hemos hecho es ya una forma de protegerlo.

También el tiempo nace y muere. El nuestro necesita otro nombre de pila.

La generosa cuota de incapacidad sembrada‏

FERNANDO VILLEGAS, DIARIO LA TERCERA, DOMINGO 14 DE SEPTIEMBRE DE 2014HTTP://VOCES.LATERCERA.COM/2014/09/14/FERNANDO-VILLEGAS/INCAPACIDAD/

Incapacidad…


Como lo previó o siquiera sospechó y temió mucha gente, los colocadores de bombas han decidido “elevar su nivel de lucha” atentando ahora contra las personas. Lo han decidido porque la escalada armamentista es inherente a la psicología de esos grupos, tal como el aumento de sus dosis es inherente a la de los drogadictos. Quizás también los fastidia no haber logrado, hasta ahora, echar abajo la civilización o al menos el modelo, sino sólo una vidriera, una puerta o un cajero automático. Por eso han decidido ir más lejos. Era previsible además que grupos como el FPMR desempolvaran por enésima vez la viejísima tesis del “montaje”, la de grupos fascistas buscando provocar tal o cual resultado. Y no podían faltar quienes desde el gobierno hablaran de “aprovechamiento político”. Podemos descartar ambas miradas como repetitivas, marchitas y fuera de lugar. Lo que sí hay y desde hace mucho tiempo es gente con un odio vesánico revestido de afán por la justicia, amen de innumerables necios que los consideran heroicos luchadores en el contexto de los “conflictos sociales”. En breve, no tenemos aquí ni luchadores de la izquierda ni tropas de asalto de la derecha, sino individuos a quienes no basta el grafiti furioso, mear una puerta o rayar un auto como hacían cuando iniciaron su carrera, para luego, más crecidos, apalear un carabinero o detonar una bomba de ruido; ahora, ya egresados, pretenden herir o matar.
“Aplicaremos la ley…”
Esta vez casi nadie se atrevió, como otras veces, a relativizar el hecho convirtiéndolo en una disputa semántica acerca de si la definición de terrorismo corresponde o no. Nadie salvo don Marcelo Shilling, de cuyos luminosos dichos ya teníamos noticias y que calificó el atentado de “vandalismo”. Aun así, hemos oído con anterioridad tal cúmulo de explicaciones delirantes donde el “transporte de explosivos” es descrito, increíblemente, como cosa diferente a la intención de usarlo criminalmente, que podríamos haber esperado no sólo los geniales análisis de marcelito sino también de otros por encima de él. No ha sido así. Aun Teillier habló de terrorismo. La contundencia del hecho no hizo posible otra cosa y el gobierno hasta declaró que “se aplicará la ley antiterrorista a los responsables”. De todos modos la Presidenta intentó una curiosa distinción: hubo un atentado terrorista, dijo, pero “no hay terrorismo”. Su poco afortunada expresión nos recordó la historia del porfiado dueño de rotisería que mascaba una barra de jabón mientras decía “tiene gusto a jabón, huele a jabón y da espuma como jabón, pero es queso…”
Pero dicha ley, ¿a quién se aplicará? ¿Cómo se va a llegar a los responsables? Una cosa es anunciar que se invocará una ley, otra hacer posible que se aplique. Para aplicarla se requiere recurrir a los métodos policiales necesarios para encontrar a miembros de una agrupación terrorista, que no son ni pueden ser los usados para rastrear a los delincuentes comunes. Los terroristas funcionan a base de redes de apoyo logístico y de inteligencia, normalmente no tienen prontuarios criminales, no son parte del universo delincuencial que habita ciertas poblaciones y se asocia con determinada gente y/o dejan huellas de sus gastos, son delatados por soplones, etc. Libres de todo eso, compartamentalizados, adiestrados, son presa muy difícil. Al contrario del delincuente común, los miembros de estos grupos se confunden y desaparecen en medio de la población; cada uno de ellos puede ser el tranquilo vecino del lado, un estudiante universitario, un colegial, una niña de buena pinta, un hijito de su papá, un profesor o un profesional de tres cuartos y un repique.
Voluntad
Pero, además, para usar esos métodos especiales se requiere la voluntad de usarlos. Ahí es donde está el problema, porque este gobierno y los anteriores han sido incapaces de eso: o sus miembros fueron “comandantes” de agrupaciones violentas y/o creen todavía aunque sea más difusamente en la “violencia revolucionaria” o fueron partidarios activos o pasivos de atrocidades cometidas durante el régimen militar y temen ser motejados de “nostálgicos de la dictadura”. El trauma en polaridad negativa o positiva afecta a ambos bandos. Fuera de eso,la izquierda, por convicción y doctrina, tiene dificultades para caracterizar y tratar al terrorista como un energúmeno disfrazado con un ropaje de legitimaciones políticas; un tropismo invencible los inclina a buscar las justificaciones, el conflicto social subyacente, una causalidad endosada a las terribles desigualdades, al idealismo de la juventud, un izquierdismo infantilista, pero buena onda en su núcleo, etc. Un tropismo adicional e igualmente poderoso los impulsa a rechazar con disgusto el despliegue de fuerza pública y un uso efectivo de los medios de inteligencia, a todo lo cual consideran siempre como entidades sospechosas, represoras, reaccionarias. El PC lo ha expresado abiertamente: reforzar la ANI les trae el mal recuerdo de la CNI. Y por lo mismo, en un proceso multilateral y multifacético que dura ya unos 25 años, se ha ido sistemáticamente debilitando, desmoralizando y desarmando a carabineros y a la PDI. Hoy rara vez se atreven a actuar, no sea se les acuse de “uso excesivo de la fuerza”. Simultáneamente a este desarme gradual del Estado de derecho y de la voluntad de mantenerlo, las leyes Cumplido y la reforma acumularon tal amontonamiento de garantías que hoy por hoy hasta el delincuente común con largo prontuario puede pasar colado “por falta de pruebas”. Y cuando las hay pero el delito tiene presuntas connotaciones políticas, se tiene entonces una buena chance de encarar un juez que se esfuerce en hallar razones para poner al imputado en libertad. Lo vimos abundantemente. Los medios de comunicación tampoco han contribuido. ¿No oímos cierta vez a un conocido hombre de la tele, discípulo y devoto de todas las causas, describir a unos reos rematados como “pobre gente que ha cometido un error”?
Incapaces
Por eso, porque el país se repletó de seudo-combatientes proclamando causas añejas y absurdas, porque hay demasiados jóvenes, adultos y ancianos reciclados recitando un devocionario de lucha contra el sistema, porque la policía está de manos atadas, porque nos gestionan y representan políticos muchas veces de aun menos luces de lo que suele ser habitual, porque reina la impunidad y la consiguiente sensación de que se puede hacer lo que se quiera sin costo ninguno, porque en 20 años se acumuló un par de generaciones de nenes sin ninguna formación ni familiar ni colegial y disponibles para todo, porque se sacralizaron como cosa santa y digna de procesiones anuales a ideas, personas y utopías políticas que fueron un total fracaso, porque los discursos insisten en hacer sentir hasta al último ganapán como un rey injustamente desposeído, por eso y mucho más vemos ahora en todo su esplendor un hervor hormonal del cual brotan, como repelentes burbujas, grupos ansiosos de llegar al crimen.
La palabra incapaz es el nombre del juego. Políticos incapaces de no mirar a “la calle” y/o incapaces de rechazar el dinero foráneo y revolucionario que los financia, autoridades incapaces de sumar dos más dos. Congresales incapaces avivando todas las cuecas sin hacer distinción, policías incapaces de actuar porque no los dejan o incapaces de acertar si los dejan,comunicadores incapaces de pensar por su cuenta, incapaces de escapar del populismo que da rating e incapaces de sustraerse del panfleto de moda, a lo que podemos agregar jueces incapaces de hacer justicia por doctrina o por miedo a las represalias y leyes incapaces de castigar, mucho menos de prevenir o disuadir. Hemos sembrado tan generosa cuota de incapacidad, en parte como reacción al trauma del 73 y en parte por modos de pensar en apariencia progresivos pero en substancia simplemente torpes, que ahora no hay más remedio que cosechar los amargos frutos.

Ascanio Cavallo: Chile no se ha vuelto un país más malo de lo que fue en el último cuarto de siglo, sino uno más difícil de interpretar. ¿Hay alguien que esté comprendiendo lo que realmente ocurre en las capas profundas de la sociedad?‏

ASCANIO CAVALLO, DIARIO LA TERCERA, DOMINGO 14 DE SEPTIEMBRE DE 2014HTTP://VOCES.LATERCERA.COM/2014/09/14/ASCANIO-CAVALLO/EN-QUE-ESTA-CHILE/

¿En qué está Chile?


La que termina debe ser la semana emocionalmente más intensa que ha vivido la Presidenta Bachelet en el primer semestre de su segundo mandato. Tuvo, en apenas unos días, un triunfo histórico, quizás el más importante de la centroizquierda en muchos años, con la aprobación final de una reforma tributaria que llegó a convertirse en una prueba, incluso exagerada, de su fuerza política. Y tuvo, en paralelo, un rebrote del miedo político en toda su extensión posible, desde la inesperada irrupción del terrorismo, con la bomba en la estación Escuela Militar, hasta la muy previsible jornada en que los chilenos se repliegan a sus casas en horas tempranas porque se recuerda un suceso ocurrido hace 41 años.
Ambas cosas presentan caras ambiguas e inestables. No permiten lecturas enteramente concluyentes, ni menos unívocas.
La confirmación de la reforma tributaria puede dar la impresión de que el oficialismo conserva el vigor que tuvo en el momento de ser elegido, y que su éxito confirma el diagnóstico social en que se funda su programa. Pero esto es equívoco, porque la discusión acerca del cambio del modelo impositivo ha sido un proceso casi puramente parlamentario, con componentes altamente técnicos, que está bastante lejos del alcance de una mayoría de los chilenos. No hace falta decir que las campañas de comunicación, a favor o en contra, han tenido poca o ninguna significación en lo sustancial de este debate, que al final se ha resuelto entre una mayoría en el Congreso y la necesidad de negociar ante un adverso panorama económico. Ya no se puede dudar de que el acelerado frenazo del crecimiento ha modificado las expectativas que el gobierno tenía acerca de sus impulsos reformistas.
Al otro lado, el atentado explosivo del lunes sugiere la emergencia de un grupo violentista que ha iniciado una senda de desestabilización de la tranquilidad pública, una idea mucho más estructurada, aunque no lejana, que las de los encapuchados de las marchas públicas, los “resistentes” culturales o incluso las barras bravas, expresiones de furias y frustraciones como las que anidan en cualquier conjunto social. Esto es algo peor. Y por eso no es difícil imaginar la indignación y la amargura de un gobernante  -cualesquiera sean su signo y condición- que enfrenta semejante fenómeno, las sensaciones de injusticia, incomprensión, rabia, alevosía, incluso traición, ante hechos que chocan de manera tan frontal contra sus intenciones y sus estilos.
El atentado no está completamente desconectado del recuerdo del 11 de septiembre de 1973, que a estas alturas se ha convertido en una rareza mundial. Los violentistas de la estación del Metro han buscado establecer un puente de empatía con esa ultraizquierda todavía enfurecida por sus propias fantasías políticas, que encuentra una extraña forma de liberación psíquica haciendo que el resto de los ciudadanos tenga miedo de las calles una noche al año. Pero esa parece ser una alianza de conveniencia, porque son muy poderosos los indicios de que el diseño terrorista pretende ir más allá del “11”, y sería un pecado de ingenuidad refugiarse en la idea de que los cerebros del atentado han dejado de pensar. Su primer objetivo es el miedo -luego vendrán otros- y no se contentarán mientras no lo consoliden.
Ninguno de estos fenómenos, ni los luminosos ni los sombríos, se agota en sí mismo. Más bien, obligan a preguntarse cuál es el estado real de la sociedad y cuánta exactitud tienen las interpretaciones realizadas sobre ella, qué valor se les puede asignar a las encuestas, los indicadores y las estadísticas y, mejor aún, a las agregaciones con que se quiere construir una cierta ingeniería social para los años que vienen.
Chile no se ha vuelto un país más malo de lo que fue en el último cuarto de siglo, sino uno más difícil de interpretar, más multiforme, ambiguo y polifacético. La clase política, desconcertada, cede a la doble tentación de simplificar y refugiarse en sus convicciones más cerriles. Sus figuras más lúcidas retroceden y adquieren protagonismo los buenos para las frases y las consignas rápidas, y se multiplica el activismo de ocasión. Capturan las cámaras los más livianos, los más estridentes, aquellos que, viéndolos, obligan a preguntarse cómo diablos están donde están.
Esta semana hipercondensada -como un raro Aleph político- no deja un juicio sobre el gobierno o la oposición, sino una pregunta mucho más amplia: ¿Hay alguien que esté comprendiendo lo que realmente ocurre en las capas profundas de la sociedad?

La necesidad de perdonar a los hermanos para poder aspirar al perdón de Dios...‏

Desde el Antiguo Testamentoviene inculcando en el pueblo de Dios,la necesidad de perdonar a los hermanospara poder aspirar al perdón de Dios.
De alguna manera estamos obligadosa imitar la misericordia de Diosy saber que debemos ponernosbajo el juicio divino después de esta vida,nos debe llevar a ser generosos con el prójimo.
Jesús insiste con firmezaen la ley evangélica del perdón.
Jesús le manifiesta a Pedroque el perdón al prójimono debe tener límitesy que debe ser dado sin cálculo, sin cansancio,tal como lo indica la cifra simbólicade setenta veces siete.
La parábola agregaque no existe proporciónentre lo que Diosnos perdona a nosotrosy lo que nosotros debemos perdonarle a los otros.
No se trata de perdonar de palabra,ni de medias tintas.
El perdón tiene que ser de corazón, con sinceridad  y con profundidad de sentimiento.
Quien se restaal deber del perdónes incapaz de teneruna verdaderapráctica religiosa.
Rechazar el perdónsignifica no conocer al Padre de los Cielos,es repudiar el Evangeliode la manera más irracional,es no tener en cuentala gracia que se nos dapara vencer nuestras debilidades.
Nuestra vida y nuestra muertele pertenecen a Cristo,porque ellas pertenecen al Señor.
Cada uno de nosotros,fieles de Cristo,estamos íntegramente asociadosa la muerte y resurrección del Señor.
......................................................................La Eucaristía DiariaLecturas y oraciones de la celebración eucarísticaDepartamento de Liturgia del Arzobispado de SantiagoN˚ 9 - Septiembre 2014Domingo vigésimo-cuarto del tiempo ordinarioDomingo 14 de septiembre de 2014

Socializando las pérdidas


"La Presidenta Bachelet, luego de una confusa reacción inicial en que dijo que esto era abominable, pero Chile seguía siendo un país seguro, para agregar luego que si bien éstos eran actos terroristas, el terrorismo no estaba instalado en Chile..."


Bajarle el perfil a la gravedad de los hechos y compartir la responsabilidad con toda la sociedad chilena. Esa parece ser la pauta oficial luego del atentado en el metro de Santiago.

La Presidenta Bachelet, luego de una confusa reacción inicial en que dijo que esto era abominable, pero Chile seguía siendo un país seguro, para agregar luego que si bien éstos eran actos terroristas, el terrorismo no estaba instalado en Chile, señaló, por último, que la unidad del país era muy importante, porque lo que se buscaba era desestabilizar el sistema democrático.

El ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo, insistió en que todavía no podemos hablar de terrorismo en Chile. Agregó que esta es una problemática de muchos años, para terminar diciendo que el país necesita unidad para combatir al terrorismo.

El Gobierno convoca a todos los partidos políticos a La Moneda y éstos se comprometen a apoyar iniciativas legislativas para combatir el flagelo del terrorismo.

Sí, todo eso está muy bien. Unidos para enfrentar el terrorismo.

Pero cuidado que esto no sirva para diluir responsabilidades.

El único que tiene los medios legales para combatir el terrorismo es el Gobierno, y por lo tanto es el responsable de lo que está pasando en Chile en esta materia. Las sociedades civilizadas entregan el monopolio de la fuerza al Gobierno, para que pueda enfrentar las amenazas internas y externas a la paz social. Es más, esa es su función principal y está en los orígenes de la creación de los Estados en la sociedad moderna.

Yo diría que es su razón de ser. Su esencia.

Claro, el resto de la sociedad también debe colaborar. De hecho, los particulares ya gastan una proporción exagerada del total que se destina a la seguridad ciudadana. Cerca de 3.800 millones de dólares que equivalen al 63% del gasto total en el rubro, según un estudio de LyD para el año 2012.

Cuando el Gobierno no cumple su labor esencial, algo está funcionando muy mal. Y lo cierto es que hay señales dadas por nuestras actuales autoridades que indican que no existe conciencia de la importancia que tiene la mantención del orden público en el conjunto de sus responsabilidades.

Porque ¿cuál es el récord del Gobierno de Michelle Bachelet en esta materia? Anuncia públicamente que no se utilizaría la Ley Antiterrorista para los casos de violencia en La Araucanía derivada de la situación mapuche. Se entrega así una pésima señal, pues en el fondo, tras esa decisión, hay una priorización de elementos político-partidistas (rechazo de la izquierda dura a la calificación de terrorista a ciertos grupos indígenas) por sobre la seguridad de la población y por sobre la realidad de las cosas.

Esas son las señales que ven los terroristas. Como también aquellas que provienen de decisiones judiciales que han dejado impunes, durante la administración anterior, a 19 acusados por asociación ilícita terrorista responsables de la colocación de más de treinta artefactos explosivos en el llamado caso Bombas. Se llegó al extremo de indemnizar a algunos de ellos, que posteriormente fueron detenidos en España acusados de poner una bomba en la Basílica del Pilar, en Zaragoza. También está el caso Pitronello, donde se niega la calificación de delito terrorista a alguien que hace estallar una bomba en una sucursal bancaria, e incluso sale mutilado de ese intento.

Resguardar la seguridad ciudadana no ha sido prioridad en el Gobierno de Michelle Bachelet, y el despliegue que por estos días se observa entre sus funcionarios en estos asuntos no basta para borrar esa imagen.

La izquierda siempre ha tenido gran habilidad política para hacer aparecer a otros como responsables de los males que se padecen por su culpa. Así, los bancos, o los clientes de éstos, aparecen como culpables o pagan la cuenta de los asaltos a cajeros automáticos, y sus autores permanecen impunes. El atentado terrorista en la estación Escuela Militar del metro y otras acciones que le precedieron son inaceptables, que el Gobierno de Michelle Bachelet, cumpliendo la función esencial del Estado, que es mantener el orden público, debe enfrentar como su principal responsabilidad.

Un arquitecto del sonido, de una música que por ahí pasa inadvertida en el momento en que uno la escucha, pero que queda alojada en algún rincón de la memoria...‏

Diario El Mercurio, Sábado 13 de septiembre de 2014

Más puro

Josefina Licitra: "Cuando era chica, en la década de 1980, tenía un grabador marca Hitachi metalizado (...) Así empecé a escuchar a Gustavo Cerati. Así comenzamos muchos de mi generación. Tengo 39 años y pertenezco a la camada de los que crecieron junto a sus temas..."


Cuando era chica, en la década de 1980, tenía un grabador marca Hitachi metalizado, pequeño, que usaba a modo de almohada al irme a dormir. Apoyar la cabeza ahí arriba era terriblemente incómodo, pero me gustaba conciliar el sueño con ese aparato pegado a mi oreja. El parlante y mi cuerpo eran la misma cosa. Esa comunión -que fue más sencilla años después, cuando se popularizaron los auriculares- era una forma literal de adentrarse en la música.

Así empecé a escuchar a Gustavo Cerati. Así comenzamos muchos de mi generación. Tengo 39 años y pertenezco a la camada de los que crecieron junto a sus temas. De los que eran -éramos- chicos para ir a los recitales y solo conectábamos con su voz haciendo contorsiones ridículas en la intimidad de nuestras casas. "Signos", "En la ciudad de la furia, "En el borde": todas esas canciones -las de la primera época de Soda Stereo- nos llegaban en el silencio de la noche, cuando cerrábamos los ojos y teníamos la primera fantasía de ser músicos de rock.

La voz de Cerati, amplificada por los ecos del insomnio, era especialmente alada. Era fácil volar con ella. Los Redonditos de Ricota (Los Redondos, la banda que siempre confrontó estética e ideológicamente con Soda Stéreo) tenían una propuesta más áspera y vinculada a la poesía maldita. Cerati, en cambio, era la condensación exacta de un elemento volátil. Cerati pegaba sin mostrar los puños. Su mirada y su eficacia eran inteligentes, y a la vez eran un misterio.

"A mí me gusta mucho lo que denomino trance-rock, o sea un rock de transición en el que la música no es tan invasiva, sino que se vuelve más sugerente, crea clima. No me gustan esos discos agresivos donde el mensaje es 'acá estoy yo', prefiero la música que por ahí pasa inadvertida en el momento en que uno la escucha, pero que queda alojada en algún rincón de la memoria", dijo Cerati durante una entrevista por la salida de Amor Amarillo, el disco que grabó en Chile en 1993.

Amor Amarillo -su primer álbum solista- se había editado ocho años después del primer disco de Soda Stereo. Y, sin embargo, como sucede con los artistas que plantean su trabajo en términos de obra, parecía estar entramado por los mismos hilos -aunque en una versión más sofisticada- que usaba Cerati en sus primeros tiempos. Sin estridencias vanas, pero con belleza, desde un comienzo -y sobre todo con el paso de los años- Cerati quiso comunicarse con el público a través de puertas laterales. Y lo hizo bien. Tanto, que el pasado 4 de septiembre, cuando le llegó el momento, se fue -y perdón por el recurso fácil- por la puerta principal.

La despedida a Cerati, en Buenos Aires, estuvo a la altura de fenómenos sociales como el adiós al ex Presidente Néstor Kirchner. Buena parte de los diarios del mundo mencionaron su muerte. Toda la comunidad de músicos hispanohablantes tuvo algo que decir. "Aún nos queda por hacer la canción más importante de todas", dijo Shakira. "Gustavo Cerati fue un arquitecto del sonido", dijo Charly García. "Fue el mejor músico con el que estuve en un escenario", dijo Zeta Bossio. Y después estaban las voces anónimas en las redes sociales y en la calle. Fuera de la Legislatura Porteña, donde fue velado Cerati, miles de fanáticos hacían fila bajo la lluvia para entrar al Salón de Honor y despedirse de un modo individual. Y los mismos periodistas que cubrían el episodio debieron hacer un esfuerzo por mantenerse compuestos. Raúl Zapata, mi querido amigo, de la señal Crónica TV, acostumbrado a cubrir muertes y un sinfín de tragedias sin que se le mueva un músculo emotivo, se desarmó por primera vez -desde que lo conozco- allí adentro.

¿Qué nos pasó? ¿Qué hizo Cerati para recibir tanto? A lo largo de su vida editó, solo o en banda, más de 30 discos y participó en más de 45 álbumes. Pero la clave no parece ser de un orden nominal: no queremos a Cerati, probablemente, por su inmensa producción. Sino porque supo usar la música como un pasaje de conocimiento existencial. Como un modo de adentrarse en las coordenadas temporales y espaciales a las que fuimos arrojados cuando llegamos al mundo y debimos enfrentarnos -desde el minuto cero- a la conciencia de la muerte.

En su carta de despedida, el Indio Solari -quien fuera líder de Los Redondos- dijo esto de un modo más bello. "Gustavo, ahora sí vas a poder evitar el cansancio de huir de la muerte. Todo este tiempo dormido fue necesario, quizá, para enseñarte a morir consolando a tus queridos. Los verdaderos artistas, estoy convencido, conocen la muerte antes de morir. No se dejan llevar ni un minuto antes ni uno después de reconciliarse con la vida. Dicen por allí que al morir nos es dado conocer el secreto de la música en nuestro primer llanto al nacer. En cuanto a lo que me toca, me has hecho disfrutar de tu dulce voz y de tus espléndidos juegos con las guitarras. Tu etapa solista fue sólida y aventurera y es lo que más me gusta de lo que nos has dejado. Bueno... a comenzar de nuevo en tierra incógnita".

Así que tal vez sea eso: al igual que otros grandes artistas, Cerati usó la música para explorarle los perfiles a la muerte y despojar la existencia de artificios. Acaso por esa razón, los que crecimos con su música y sobre todo entramos a la adultez con ella, vemos en Cerati, por momentos, la versión cruda de una evolución que nos llegará a todos.

Si tenemos suerte.

Josefina Licitra

Santiago: la ciudad con más cerros isla en el mundo...‏

Hacia un Santiago de calidad mundial 
El observador urbano
La contienda de los cerros
por Miguel Laborde
Diario El Mercurio, sábado 13 de septiembre de 2014
 
No alcanza a ser una guerra, 
pero los ánimos están muy caldeados. 

Esto fue notorio en el Castillo Hidalgo 
cuando el intendente Claudio Orrego 
dio inicio al concurso para crear 
un nuevo cerro parque en Santiago. 

Son cuatro los que están en competencia, 
pero uno de ellos solamente 
tiene un futuro verde y cercano.

Todos tienen méritos. 

El cerro Blanco, 
que es protagónico 
en los años de la Conquista 
y que ha concentrado 
los ritos de los pueblos originarios, 
en Santiago norte; 

el cerro Renca, 
que domina el valle 
con su altura espectacular, 
y que ha sido lugar de encuentro 
de jóvenes y familias de Santiago poniente, 
a pesar de la pérdida constante 
de su vegetación nativa; 

el cerro Chena 
con sus construcciones incásicas 
que, de estar bien mantenidas 
e iluminadas de noche, 
sería además un aporte visual relevante 
para San Bernardo, Calera de Tango 
e incluso los viajeros desde y hacia el sur; 

y el cerro Las Cabras de Puente Alto, 
en esa comuna donde se han construido 
tantos miles de viviendas sociales 
sin áreas verdes proporcionadas a su superficie. 

Los cuatro tienen un entorno 
de miles de santiaguinos 
necesitados de parques, 
para mejorar su calidad de vida 
y formar ciudadanos más sanos 
y más sensibles al entorno, 
menos dados al maltrato de las propiedades.

Por supuesto, hay en este concurso 
una evocación al Santa Lucía de Vicuña Mackenna, 
cuya transformación él definió 
como "una obra esencial de democracia", 
en el claro entendido de que las áreas verdes 
son indispensables para las grandes mayorías 
que no tienen otro acceso posible a ellas.