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Propuestas en transporte del ex Presidente Lagos


Alejandro Tirachini
Diario La Tercera, martes 19 de mayo de 2015

El pasado jueves 14 de mayo, el ex presidente Ricardo Lagos dio su visión sobre los problemas de transporte de Santiago en un seminario sobre políticas de infraestructura, en el cual señaló que “la insatisfacción del servicio es por la congestión, y la congestión es porque no se ha mantenido el ritmo de concesiones que había en la década del 90”. Además indicó que “lo que tenemos que proponernos es hacer 10 kilómetros de Metro todos los años (…) ¿qué pasa con los buses? Bueno, los buses van a ser alimentadores del Metro”.
Quiénes han seguido las políticas de transporte urbano implementadas por Ricardo Lagos saben que su actual mensaje ratifica su visión expresada en los últimos 15 o 20 años: los grandes problemas de transporte en Santiago se solucionan con inversiones en infraestructura en Metro y autopistas. Su carta a la Comisión Investigadora de Transantiago en octubre de 2007 es reveladora: “El Plan Transantiago formó parte de una política pública que permitió la transformación profunda de la infraestructura de transporte de nuestro país y que requería de urgentes planes y programas para adecuarse a la modernidad. Este Plan se apoyaba en dos ejes. El primer eje se refiere a la necesidad de continuar avanzando en el programa de autopistas concesionadas por el sector privado que ahora se construirían en el sector urbano de la Región Metropolitana (…) El segundo eje tiene que ver con el gran esfuerzo que se realizó para ampliar el Metro de Santiago”. Increíblemente, para Lagos en la base de Transantiago no estaban los buses. A estas alturas cabe preguntarse, ¿tiene sentido basar la solución a nuestros principales problemas de transporte en más líneas de Metro y más autopistas urbanas?
A principios de la década pasada el gobierno tenía en sus manos el Plan de Transporte Urbano de Santiago 2000-2010 (PTUS), un ambicioso plan integral de transporte elaborado inicialmente por un comité asesor externo.  Entre los objetivos del PTUS estaba modernizar el sistema de transporte público (que se traduciría en la idea de intentar mantener el porcentaje de viajes que se hacía en bus y Metro), incentivar el uso racional del automóvil, regular el transporte de carga, mejorar la seguridad de tránsito, incentivar el uso de modos no motorizados y preservar el medio ambiente, entre otros. El primer programa del nuevo plan era la restructuración del sistema de transporte público e incluía modernizar la flota de buses e incorporar tecnologías eléctricas, integrar física y tarifariamente a buses y Metro, además de reconocerse la necesidad de invertir en infraestructura para los dos modos (extensiones de líneas de Metro, corredores segregados para buses, estaciones de bus con pago fuera del vehículo, etc.).
Hacer más de 200 kilómetros de autopistas urbanas, como se hizo en Santiago, iba en abierta contradicción con la mayoría de los objetivos del PTUS (aunque éste reconocía la existencia de un plan de concesiones viales urbanas). Por el lado del transporte público, el gobierno de Lagos decidió doblar la red de Metro pero no subsidiar infraestructura crítica para buses, a pesar de que los buses eran usados por la mayoría de la población. Así, el revolucionario PTUS nació moribundo, cercenado de sus principales armas; el 2003 se hace público el nombre Transantiago y el resto es historia.
Es irónico que construir autopistas urbanas sea visto como un símbolo de modernidad por algunos, cuando en realidad es una “solución” bastante anticuada en políticas de transporte. Tratar de disminuir la congestión mediante más infraestructura para el automóvil fue una opción comúnmente adoptada por varios países desarrollados durante el siglo pasado. La idea que describió Ricardo Lagos la semana pasada se conoce como “predict and provide” (predecir y proveer) en la literatura especializada, y en pocas palabras consiste en predecir las demandas futuras de viajes en automóvil y proveer la infraestructura vial necesaria para satisfacer tal demanda. Hoy existe bastante evidencia acumulada mostrando que ese remedio puede ser peor que la enfermedad.
La provisión de nuevas autopistas urbanas es un incentivo evidente al uso del automóvil. El alivio temporal a la congestión que trae consigo el aumento de capacidad vial es rápidamente absorbido por nuevo flujo vehicular que quiere aprovechar los menores tiempos de viaje. Este flujo adicional es una mezcla de tráfico redirigido (usuarios que antes usaban automóvil en otras rutas) y de tráfico inducido (nuevos viajes en automóvil y/o viajes más largos). Este último, el tráfico inducido, es el peor de los dos efectos pues los nuevos flujos aumentan la congestión, contaminación, riesgo de accidentes y el ruido, tanto en la autopista misma como en la vialidad local.
La existencia de tráfico inducido ha sido mostrada en varios estudios, siendo el más completo el trabajo de Gilles Duranton y Matthew Turner publicado en American Economic Review en 2011. En éste se analiza el crecimiento de la oferta de autopistas urbanas y vías urbanas mayores en las ciudades de Estados Unidos entre 1983 y 2003, encontrándose mediante modelos econométricos que un aumento de 10% en la provisión de autopistas urbanas (medida en kilómetros de pistas) en promedio incrementa en igual porcentaje la cantidad de kilómetros viajados en automóvil en las carreteras. Más aún, los investigadores fueron capaces de mostrar que el aumento en kilómetros recorridos en automóvil es casi solo tráfico inducido, siendo el efecto de tráfico redirigido no mayor al 10% del total. La conclusión: la nueva infraestructura vial crea tráfico y no disminuye la congestión. La lección es que el tráfico inducido y todos sus efectos urbanos y medioambientales existen y deben ser reconocidos en cualquier postura pro autopistas urbanas.
Otro elemento a considerar es que la provisión de autopistas urbanas puede favorecer la expansión de la ciudad, ya que la nueva infraestructura “acerca” áreas periféricas a los centros urbanos consolidados. En el mediano plazo, más gente se va a vivir a las afueras y aumenta la distancia promedio de viaje, por consiguiente tenemos más motores contaminando el aire por más tiempo. Este efecto debe sopesarse con el beneficio que obtienen las personas por localizarse hacia las afueras de la ciudad. El principio fundamental es que las decisiones de localización de las personas dependen de sus tiempos de viaje (de la casa a los centros de actividades), y a su vez los tiempos de viaje dependen de las decisiones de localización de las personas, producto de la congestión vehicular. Este hecho también debe ser reconocido en cualquier postura pro autopistas urbanas.
La tendencia actual en políticas de transporte reconoce que el interminable camino de construir más infraestructura para el automóvil es menos eficiente que otras formas de intervenir el sistema, como la tarificación vial por congestión, el fomento de los modos no motorizados de transporte, la tarificación y el control de estacionamientos, la gestión de tránsito y de la infraestructura vial ya existente, etc. Afortunadamente hoy existen organizaciones de vecinos que se oponen a la construcción de carreteras urbanas y varias autoridades, como Claudio Orrego, Carolina Tohá y Josefa Errázuriz están promoviendo políticas concretas para favorecer formas sustentables de movilidad, como el transporte público y no motorizado. En este sentido, cabe destacar un aspecto positivo en las últimas propuestas de Ricardo Lagos: pide incentivar el uso compartido del automóvil.
En cuanto a las mejoras necesarias al sistema de transporte público de Santiago, la visión de que construir más líneas de metro es “la solución”, dejando a los buses sólo como alimentadores de Metro, es muy cuestionable. Hoy día se ha transformado en un lugar común decir que Metro es “el eje estructurante de Transantiago” y algunos analistas incluso señalan que hay consenso al respecto. La verdad es que tal consenso jamás ha existido y fueron varios los especialistas en transporte que cuestionaron el papel preponderante que se le dio a Metro durante la gestación de Transantiago, pues lamentablemente eso estuvo aparejado con no dar prioridad en las inversiones al sistema de buses, que transportaba a la mayoría de las personas. A un costo de 75 millones de dólares por kilómetro, las inversiones en Metro deben ser cuidadosamente estudiadas y no es socialmente rentable hacer Metro en todos los ejes troncales de Transantiago. En términos de cobertura espacial de la demanda, el principal modo de transporte público es el bus.
Si hoy día se hiciera un estudio de rentabilidad social de distintas alternativas de inversión, probablemente el resultado sería que la prioridad de inversión debe estar en darle derecho preferente de circulación a los buses en la calle y un sistema centralizado de gestión de flota para que, de una vez por todas, los buses puedan mantener intervalos cercanos a constantes y así se disminuya los tiempos de espera, además de mejorar la confiabilidad y predictibilidad de los tiempos de viaje. Otras necesidades críticas son reemplazar buses en mal estado y mejorar la vialidad existente, de forma tal que la experiencia de viaje sea mejor (lo que junto con cambiar el estilo de conducción de algunos choferes, reducirá el ruido y la vibración dentro de los buses). Para disminuir la evasión, junto con endurecer la sanción a los evasores hay que pensar en subsidios específicos a los usuarios de menores recursos. Por último, se debe pasar a una forma de operación basada en itinerario para los servicios de baja frecuencia (intervalos entre buses de 15 minutos o superiores), en la cual los usuarios sepan con razonable precisión la hora en que llegará un bus a un paradero. Todo esto beneficiaría directamente al 78% de los usuarios de Transantiago que hoy utiliza buses en alguna etapa de su viaje. No haber hecho todo esto antes influye en la calidad de servicio, los niveles de demanda, la recaudación, los costos de operación y por consiguiente en el nivel de subsidio del sistema.
Cuando por fin se termine de reconocer que Transantiago es un sistema integrado de transporte público con buses y Metro a la par, parte importante de los problemas actuales podrán ser solucionados.  Extender la red de Metro es una de las opciones, pero debemos entender que Metro solo funcionará óptimamente si su socio, el bus, funciona bien.Seguir planteando que la prioridad en las inversiones en infraestructura de transporte debe ser más Metro y más autopistas, en desmedro de los buses, es repetir el error de la década pasada. Tanto los buses como el Metro deben ser considerados como estructurantes de nuestro sistema de transporte público.

El columpio por Andrés Velasco


Diario El Mercurio, Martes 19 de mayo de 2015









Todo padre o madre sabe que si su hijo se columpia con prudencia, el péndulo vuelve al centro y no hay peligro; pero que si la criatura va demasiado lejos en una dirección, lo más probable es que salga volando y termine en la urgencia hospitalaria.

Lo mismo le pasa al Gobierno. Habiendo azuzado por dos años un reformismo hiperactivo que más se parecía al populismo, ahora da indicios de un retorno al centro e instala dos portentos en las carteras de Interior y de Hacienda. Pero a menos de 24 horas, sus propias bancadas parlamentarias salen a enmendarle la plana y dicen que no aceptarán tal cosa, al tiempo que los grupos de interés que se benefician de las leyes en trámite se declaran en estado de alerta.

El peso de la prueba -qué duda cabe- está del lado del Gobierno. Para que el país crea que se inaugura una era de apertura y diálogo, tendrá que hacer cambios, partiendo por la premisa fundante de su estrategia política.
Por razones insondables (Michelle Bachelet lideraba ampliamente en todas las encuestas preelectorales), la Nueva Mayoría decidió que para triunfar primero y gobernar después era menester comprarse toda demanda de cuanto grupo de presión se cruzó en su camino: fin a todo incentivo tributario al ahorro, menoscabo a los colegios subvencionados, gratuidad total y a cualquier costo en la educación superior, y un "proceso constituyente" cuyo contenido nadie aún ha podido desentrañar.

Y a poco andar, y aunque no estaban entre los tres pilares del programa, reforma laboral prodirigentes sindicales tradicionales y no promujeres y jóvenes, nacionalización del agua y, ¿por qué no?, estacionamientos gratis en los malls . Si, como dijo alguien, gobernar es priorizar, todo esto es el no-gobierno, la abdicación del deber de liderar que tienen quienes encabezan el aparato del Estado.

El resultado ha sido cuestionable en lo técnico, con reformas diseñadas a la carrera y que hubo que parchar en el Congreso. Y ha sido deficiente en lo político, porque los tan cacareados cambios no han dejado contento a nadie. Los grupos más radicalizados interpretan cada parche inevitable como una traición al programa y amenazan con movilizaciones. La clase media, mientras tanto, ve amenazado aquello que le resulta conocido -la educación subvencionada, las pymes-, se inquieta con el bajo crecimiento económico, y expresa una creciente desafección.

Para que el supuesto giro al centro sea algo más que una gambeta táctica, el Gobierno debe comprometerse a reformar las reformas. Como está, la reforma tributaria es tan compleja, que será casi imposible de llevar a la práctica. Queda tiempo, antes de que los cambios principales entren en vigencia en 2017, para optar por un solo sistema tributario (no los dos alternativos que contempla la reforma) y, manteniendo las metas de recaudación, hacer una reingeniería potente.

De paso, el ministro de Educación podría sincerar que la gratuidad total en las universidades es injusta, que los fondos no alcanzan, y que transitar por esa senda comprometería metas más prioritarias, como universalizar la educación preescolar o fortalecer la técnica.

En materia laboral, hay que defender aquello que es bueno para mujeres y jóvenes: los pactos de adaptabilidad que la dirigencia sindical tradicional quiere eliminar. Quitar aquello que discrimina, como la no extensión de beneficios de la negociación a los trabajadores que no pertenecen a un sindicato. Y decir un no tajante a lo injusto: la negociación ramal, que impondría las mismas condiciones a una pyme y a una gran empresa transnacional.

El acto final de sinceramiento tiene que ver con la Constitución. La ambigüedad del Gobierno por tanto tiempo ya ha hecho mucho daño. La guinda de la torta fue el anuncio de un "proceso constituyente" junto con el lanzamiento de las propuestas de la Comisión Engel. Todo gobierno alguna vez se ve forzado a improvisar un anuncio para cambiar el foco de la conversación nacional. Pero improvisar así con la piedra angular de una república democrática -su Constitución- marcó un récord de liviandad en la política nacional.

El mensaje solo puede ser uno: los indispensables cambios a la Constitución (no cualquier modificación para complacer a la galería) se discutirán donde corresponde, el Congreso, una vez que este haya fortalecido su legitimidad, eligiéndose bajo el nuevo sistema electoral.

Si estos cambios no se concretan, se habrá confirmado que la Nueva Mayoría no es, como dice ser, una coalición de centroizquierda. Y seremos muchos los que concluyamos que nos están columpiando.

Andrés Velasco
Ex candidato presidencial
Fundador de Fuerza Pública

Horas implacables por Roberto Merino


Diario Las Últimas Noticias
Lunes 18 de mayo de 2015

Entre el Santiago que conocí en la infancia
y el actual hay una especie de parecido,
como el que podrían tener dos parientes lejanos.

A veces, inopinadamente, 
una esquina, unos techos 
o una aglomeración de árboles bajo el sol
provocan la ilusión de que el tiempo no ha pasado.

Pero lo que mayoritariamente predomina
es la evidencia de las transformaciones constantes,
del vórtice feroz que succiona los años,
de las cosas que dejan de ser para siempre.

Jamás diría 
que la ciudad de antes
era mejor que la de hoy.

Uno tiende a establecer en el pasado
la felicidad que no puede pillar en el presente.

Da la impresión de que 
inventamos esplendores pretéritos 
para completar las zonas grises
o vacías de nuestra existencia.

Quien sabe qué imagen 
va a rendir esta ciudad en el futuro
para los que ahora son niños.

Es posible que el mito
de la edad de oro
se está gestando en sus almas
en este mismo momento.

Me parece, de hecho,
que el Santiago de hoy
es más entretenido y diverso
que el de antes, 
que se nos daba saturado 
de cotidianeidad regular y monótona.

Ese es un aspecto que ha cambiado favorablemente.

La vieja uniformidad provinciana e insular
parece haber quedado como un dato de archivo.

Hace poco, a la salida del horrible 
terminal de buses de la Alameda,
escuché en un mismo envión
hablar en chino, en francés haitiano
y en castellano de otra parte del continente.

Ni siquiera se trataba de turistas,
sino simplemente de gente que iba pasando.

Si tuviera que señalar un rasgo propio
de la dinámica actual de nuestra ciudad
pensaría en la idea de lo implacable.

Muy frecuentemente, hacia el atardecer,
promediando la hora peak 
de los atochamientos y de la ansiedad,
he tenido la sensación de estar perdido
en el medio de algo inmenso,
de una mancha voraz que regurgita
y se contrae a ritmo termodinámico.

En tales ocasiones me intuyo a mí mismo
cortado por la luz de los focos de los autos,
o como un bulto mimetizado 
entre miles de otros bultos en desplazamiento.

En este sentido la ciudad opera como modelo
de una forma de comportamiento habitual de la vida humana.

Suponemos que habitamos momentos protegidos
y espacios inmóviles, tanto que en el lenguaje técnico
o siútico las casas se denominan inmuebles.

El hecho es que basta un leve alejamiento
en el punto de vista para darse cuenta
de que nada de eso es estable.

Estamos regidos por lo implacable.

Son implacables a la erosión,
el envejecimiento, la pérdida, el olvido,
todas aquellas esferas que no podemos controlar.

La ciudad muchas veces nos devuelve,
como si fuera un espejo oscurecido,
la figura de nuestra insignificancia
mientras nos orientamos por señaléticas
y tomamos escaleras mecánicas.

Esta es una constatación 
que se perfila nítidamente
en cuanto nos abandona
la omnipotencia de la juventud.

En sueños vemos nuestro nombre
talado en una lápida junto a un par de fechas,
y sabemos que éstas son informaciones
que no le importan a nadie.

____


A propósito de esto último,
Fabio Morábito comenta 
en una reciente entrevista 
que siempre la ha llamado la atención 
como los nombres propios, 
vehículos utilitarios por excelencia,
una vez que son nombres de difuntos
adquieren una vida lingüística y mitológica propia,
porque ya están separados de su función apelativa...

3 columnas: 1. Fernando Villegas, La Tercera/ 2. Héctor Soto, La Tercera, 3. Juan Andrés Fontaine,


                                  todas del domingo 17 de mayo de 2015


Saliendo de la mal ventilada capilla donde han estado velando todo el año el descompuesto difunto de su otrora indiscutida hegemonía, el lunes, a eso de las 10 de la mañana, los poderes fácticos al fin aspiraron profunda y golosamente una dosis de aire puro. La trajo la noticia de que Hacienda estaría a cargo de don Rodrigo Valdés. Si acaso el alivio no alcanzó para algazara, se estuvo bien cerca de eso. Un caballero habitualmente sentado a la diestra de Dios Padre en la mesa del poder nos comentaría por teléfono y casi con entusiasmo el currículo del nuevo ministro:
-Fue representante de Chile en el FMI, estuvo en el departamento técnico del Banco Central, sabe mucho de macroeconomía, de políticas financieras y monetarias, en breve, es un excelente economista….
Y agregó:
-El mercado lo recibe con optimismo…
Es probable que en los dispersos -o quizás ya en estampida- círculos políticos de la derecha la nominación de Jorge Burgos a la cartera de Interior suscitara, en los mismos momentos, parecidos co- mentarios de alabanza y contentamiento. Burgos es figura respetada, hombre experimentado en trajines, escéptico de las narrativas épicas y mucho más cercano a los caballos del Hipódromo y el Hípico que a las retroexcavadoras del locuaz Quintana. Burgos y Valdés conforman un dúo de tal naturaleza que este señor concluyó la conversación con un contundente final:
“Ha sido el triunfo de la Concertación”.
A esas cuentas alegres se sumó, al día siguiente, buena parte de la prensa, incluyendo columnistas de nota. Se mentó con profusión -expresión archimanoseada- eso del “segundo tiempo”. Se habló del “nuevo gabinete”. Se les dio el beso del adiós a los “chasquillas”. Por poco no se anunció una refundación o se dijo “en el principio era el Verbo”.
Ya el miércoles se comenzó a notar que no sería tan así…
Oleado y sacramentado
La reacción de moderado júbilo es entendible. La derecha, los empresarios, los opositores independientes, algunos analistas y el número en acelerado aumento de los apóstatas de la NM, quienes han estado viendo la luz con cada nuevo fracaso de la intuición presidencial, han vivido tanto tiempo en las tinieblas del pesimismo que aun el tembloroso chisporroteo de un fósforo les parece el triunfal resplandor de un amanecer de película. De ahí que siquiera por 24 horas se hicieran la ilusión de que el nuevo gabinete “podría” señalar un cambio de rumbo. Pensaron, ese dichoso lunes de festival, que habría chances de llegar a acuerdos y exorcizar la revolución hasta ahora pacífica y diet -pero revolución a fin de cuentas, qué otra cosa es cambiar sustancialmente cinco sistemas institucionales- en marcha en nuestro país. Estos fugaces creyentes tuvieron y tienen su opuesto en los fundamentalistas de izquierda, a quienes los arrebatos les duran más. Para ellos toda “indicación” que se les haga en el Congreso o en La Moneda a los proyectos originales es un triunfo del “gatopardismo”. Así es, con un miriñaque literario, que un popular sociólogo de la Joven Izquierda cataloga todo desvío e interacción con los detestables momios.
Estos últimos, los amigos del “avanzar sin transar”, representan un tipo humano siempre presente en estos procesos al mismo tiempo revolucionarios y generacionales; es, multiplicada por miles, la estampa pintoresca del joven combatiente de calle o de paraninfo o de testera evaluando el establishment como intrínsecamente perverso, irrecuperables a los incumbentes del poder y privilegio, absoluta la injusticia, intolerable la desigualdad y deseando, “ahora sí que sí”, instalar alguna nueva variedad del “hombre nuevo”.
Los del polo opuesto, quienes el lunes casi descorcharon botellas, representan también un rol repetitivo en la recurrente farsa humana: el del patético “moderado” haciéndose la esperanza de que un proceso de este tipo puede detenerse en seco cuando “ya ha sido suficiente”.
Ambos extremos se van a desilusionar. En lo esencial el tranco y dirección de las “transformaciones profundas” en tonalidad de Si bemol Menor de la señora Presidente está oleado y sacramentado.
Cuentas del Capitán
De ahí que las cuentas provisoriamente alegres sacadas por la derecha no tuvieran fundamento. Las hicieron porque precisamente para fomentar esas creencias se crean estos gabinetes anestésicos. Si algo harán los recién llegados es cumplir el rol del segundo cirujano que en el quirófano cierra el cuerpo DESPUES de la operación. La reforma tributaria es cosa ya zanjada, la reforma al financiamiento de la educación también lo está y las reformas a la legislación laboral siguen su curso, como ya lo advirtió Ximena Rincón, la abnegada -en versión mejorada- Sor Teresa de Calcuta de la Revelación Programática. Y lo que está todavía en el aire será votado por el Congreso, no por el gabinete.
Cierto es que los nuevos ministros y el cambio de talante de la Presidenta, la cual ha aterrizado desde la postura mesiánica a la de mamá con problemas, pueden tener influencia en la marcha de los asuntos. Consultado por los detalles, nuestra fuente y emisario del capitalismo nos informó que un ministro de Hacienda dispone de muchos botones en el manejo del gasto fiscal, la política monetaria y otros ítems de similar importancia; del mismo modo, bajo los auspicios de Burgos, pueden esperarse gestos que mejoren la relación del gobierno con sus propios partidos y hasta con la oposición. Pero aun así, no lo olviden, tras las caras afables de Valdés y Burgos pululan semblantes menos complacientes. El PS ya comenzó a vociferar y no para nada el PC manejará ahora, a través de sus nominados en ciertas reparticiones, el gran Ministerio del Clientelismo conformado por organismos públicos que atienden a los jóvenes, el Ministerio de la Mujer, la división de organizaciones sociales, el servicio para el adulto mayor, juntas de vecinos, etc., o en otras palabras, todos los dispositivos básicos para el tipo de control y gestión de favores y obligaciones territoriales y sectoriales que requiere un régimen con instintos populistas.
De ahí que la dupla Burgos-Valdés y su distinta semántica y gestualidad no afectará mucho el rumbo de la nación. Ni siquiera ocurriría si lo desearan. No se gobierna con los Andrade, los Navarro y los Quintana sin efectos gravosos; no se envalentona y empodera a ciudadanos comunes y a miles de estudiantes, estos últimos con tiempo de sobra para “hacer los cambios”, sin que tenga conse- cuencias; no se instala la idea de que el lucro es satánico sin que haya repercusiones; no se hace la vista gorda con los atentados en La Araucanía y se evacuan expresiones de apoyo y “comprensión” ante dichos actos sin que pase nada; en breve, no se destapa impunemente la botella que contiene al genio de la revuelta, el desprecio al orden social y el afán de removerlo a toda costa.
Maquillaje
Sumando y restando cabe colegir, entonces, que muy probablemente el cambio de gabinete sólo suavizará los conflictos innecesarios traídos a escena por torpeza e inexperiencia de los antiguos titulares, pero nada más. Puede también esperarse que haya mejor lubricación en los engranajes del poder y la imagen del gobierno mejore… siempre y cuando no se desencadenen nuevas consecuencias judiciales de los hechos ya conocidos. Nada de todo eso modificará la agenda, el programa, la voluntad presidencial, el clamor de los estudiantes, la presión de los comunistas, la expectación de los chilenos más pobres, la de los deseosos de cobrarse venganza, los susurros de los consejeros, etc.
El test del grado de cambio o de porfía del gobierno será el anunciado proceso constitucional. Si es puesto en marcha a todo evento se probará que el cambio de gabinete obedeció exclusivamente a la necesidad de lavar la cara impuesta por la crisis; si el tema se posterga con toda clase de especiosas justificaciones -no se puede cerrar la puerta de golpe-, se probará que la Presidenta experimentó algún cambio y/o que el ejercicio del nuevo gabinete se probaría como suficiente para embotar el filo del radicalismo de izquierda. Está por verse.
2

El clima de alivio -porque fue más eso que satisfacción- que siguió a la designación esta semana del nuevo gabinete no despeja enteramente el horizonte ni tampoco resuelve todas las preguntas sobre lo que este gobierno quiere ser. Todo lo contrario: a las viejas preguntas sobre el liderazgo de la Presidenta de la República, el reciente ajuste ministerial agrega otras nuevas. De partida, no está en absoluto claro el nivel de convicción con que la Mandataria despidió al antiguo equipo político y constituyó uno nuevo. ¿Por qué lo hizo? ¿Porque la economía estaba trancada, porque las encuestas le decían que de seguir así su gobierno iba al despeñadero o porque la hemorragia en el apoyo al gobierno de importantes sectores de la clase media se había vuelto crónica? ¿Acaso la Presidenta vio súbitamente la luz, pasando de la épica refundacional con que majadereaba el antiguo equipo político a un discurso bastante más moderado y pragmático, como el anunciado por sus ministros en la actualidad?
Tampoco es que el nuevo gabinete esté empeñado en girar en U. La idea de las nuevas autoridades, más bien, es reinstalar en La Moneda tres cosas que en honor a la verdad habían sido expurgadas del libreto oficial: el sentido común, la noción de que los cambios no pueden hacerse desde fojas cero, sino a partir de lo que el país ha conseguido y no debe perder y, tercero, la idea de que para llevar a cabo las reformas son preferibles los argumentos a las aplanadoras.
Nunca sabremos cuán cómoda se siente la Presidenta en el nuevo esquema. A lo mejor, efectivamente, advirtió que con la conducción de Peñailillo no sólo se estaba yendo al diablo su gobierno, sino también el país. Y en una decisión que no debe haberle sido fácil, porque hay sentimientos comprometidos y complicidades forjadas a través de varios años, dio un golpe de timón hacia la moderación que la hace romper políticamente con el círculo que la rodeaba y la obliga a olvidarse por un rato de sus aspiraciones más izquierdistas, que fueron las únicas que alcanzó a explicitar en su primer año de gobierno.
Un giro así puede ser visto desde muchos prismas. En lo mínimo, puede ser visto como oportunismo puro y duro. Pero, en lo máximo, puede también ser reconocido como un gesto de grandeza propio de estadistas.
Hay un ejemplo de lo primero que es clásico. Cuando Lenin el año 21 adoptó la Nueva Política Económica, que salvó por unos años a las empresas chicas de los programas soviéticos de colectivización, no lo hizo porque estuviera convencido de las ventajas del sistema capitalista. Lo hizo para que Rusia no acabara por morirse de hambre a raíz de la destrucción de la agricultura por parte de los bolcheviques.Siempre se entendió que lo suyo era apenas un repliegue táctico. Ocho años más tarde, cuando Lenin ya había muerto, Stalin volvió a la ortodoxia y la NEP concluyó. El Kremlin nunca había creído en el plan, pero le sirvió para ganar tiempo.
Suele haber grandeza, en cambio, cuando el estadista toma en función de los intereses del país decisiones que le duelen o que le son a contrapelo. No fue fácil para De Gaulle que Francia renunciara a Argelia. No fue fácil para Mitterrand reprivatizar los bancos que él mismo había nacionalizado en los inicios jacobinos de su administración.
Sin embargo, no es la ruptura con los deseos o las convicciones propias lo que define la naturaleza del estadista. Con mucho mayor frecuencia es la impopularidad, el coraje de tomar una decisión resistida pero necesaria para el interés nacional. En eso la Thatcher, quizás si la figura política más atada a sus convicciones del último medio siglo a escala mundial, dio lecciones soberbias de intransigencia y tozudez. Miradas en retrospectiva, algunas de sus decisiones parecen hoy inverosímiles, como el momento en que resiste doblegarse a la huelga de hambre de los presos del IRA o a la huelga de un año -sí, un año- de los mineros del carbón. Hoy, la Dama de Hierro podría ser el anacrónico símbolo de una noción de la política absolutamente desconectada con la empatía de la gente. Sin embargo, ella conectaba y fue por eso que ganó tres elecciones generales consecutivas.
¿Hay impopularidad en el reciente cambio de gabinete de Bachelet o más bien lo impopular era mantener a Peñailillo y su pandilla? Por cierto que a los manifestantes que salieron a protestar el jueves por la Alameda el cambio de gabinete les gustó poco y sospechan que hay gato encerrado o franca claudicación revolucionaria en los nombramientos. Sin embargo, hace ya mucho tiempo que el país dejó de coincidir con los dirigentes estudiantiles, desde que ellos prefirieron fugarse a un anarquismo antisistémico de muy escaso rating en la ciudadanía.
Al final, la política en el día a día también es un ejercicio de sobrevivencia. El fuego de las convicciones sirve para orientar, pero hay veces en que las realidades son incombustibles y hay veces en que también las circunstancias, por puro pragmatismo, recomiendan apagar las lámparas de la fe. Nada es tan absoluto en estos dominios. Todo es cuestión de grados, de énfasis, de matices, de prudencia. Es difícil saber qué es peor. El puro convencimiento conduce al fundamentalismo. El puro oportunismo hace del político una veleta que siempre estará girando según la dirección de los vientos que soplen en el momento. Bachelet ya cambió una vez: la que volvió el 2014 no es la misma que se fue el 2010. Ahora de nuevo.
Las dos imágenes, en todo caso, son potentes. La de Bachelet negándose a sí misma, abdicando a lo que cree o prefiere, para salvar a su gobierno. Y la de Bachelet sacándose una máscara de izquierdismo trasnochado que quizás nunca le gustó.
De nuevo: a lo mejor nada es tan así. Pero el misterio continúa.
3
El estilo más amigable y dialogante que exhiben los nuevos ministros sin duda ayudará a mejorar el clima económico y político, tan convulsionado en días recientes. Pero lo que el país requiere con urgencia es que la Presidenta Bachelet imprima nuevas prioridades a la acción del Gobierno. El próximo 21 de mayo puede ser la ocasión propicia.

La misión de las nuevas autoridades es reconstruir la confianza. El frenesí reformista desatado el año pasado hundió las expectativas de empresarios y consumidores, frenó la marcha de la economía y echó por tierra la popularidad del Gobierno y su programa. Luego, las revelaciones sobre negociados y financiamiento irregular de actividades políticas desataron una ola de desconfianza. Si el país no recobra la fe en sus instituciones, sus líderes y su futuro económico, las consecuencias las pagaremos todos.

En el terreno político, la preocupación inmediata del nuevo equipo habrá de ser dar garantías que las investigaciones sobre las malas prácticas políticas -aunque involucren a sus partidarios- siguen adelante con rigurosidad e imparcialidad. Las dudas que han dejado las actuaciones del Servicio de Impuestos Internos -vacilantes y sesgadas- deberán ser despejadas con prontitud. Pero lo más determinante para el restablecimiento de la confianza será, en mi opinión, precisar y asegurar que el "proceso constituyente" anunciado por la Presidenta se encauzará por la vía institucional vigente y no dará lugar a un aluvión populista.

La mano del nuevo ministro de Hacienda se probará en la tramitación de la reforma laboral. El desafío será resistir las presiones interesadas de la CUT, encontrar en el Senado cómo moderar los aspectos más críticos del proyecto -que concede a los sindicatos el monopolio de las negociaciones colectivas y endurece mucho las huelgas- y avanzar con más convicción en la adaptabilidad negociada de jornadas y descansos. En seguida habrá de levantar las expectativas de crecimiento con una batería convincente de medidas que destraben las inversiones y estimulen la productividad.

Pero los obstáculos que enfrenta el nuevo equipo son formidables. La retórica de la retroexcavadora caló hondo y sus adherentes están activos. Es fácil confundir el bullicio de las protestas callejeras con las demandas de la mayoría. Es tentador creer que la economía puede volver a crecer tan solo insuflándole más gasto público o expansión monetaria, como si el alza de la inflación no fuese ya una amenaza real. No habrá receta fiscal que funcione si el país no vuelve a creer que sus autoridades son honestas y que su primera prioridad económica es crear más y mejores oportunidades de progreso para todos. Más allá de las diferencias políticas que nos separan, mi deseo es que el nuevo equipo tenga éxito.

Columnistas Relatos salvajes


por Joaquín García Huidobro
Diario El Mercurio, Domingo 17 de mayo de 2015





La disminución de los poderes represivos no siempre trae consigo un aumento de la libertad. En ocasiones, ese vacío de poder es llenado por poderes opresivos; es decir, por el ejercicio de las diversas formas de violencia privada. Es lo que parece haber sucedido en Chile, como se ha visto esta semana.

En efecto, resulta una práctica habitual que algunos estudiantes que participan en las marchas a favor de una mejor educación se sientan con el derecho de destruir la propiedad pública y privada. No se trata, ciertamente, del peor de los delitos, pero son actos que carecen de toda justificación. Por desgracia, en la reciente protesta en Valparaíso, y luego de concluida, dos jóvenes que habían participado en ella fueron asesinados por una persona que, según parece, quiso tomarse la justicia por su propia mano pretendiendo evitar daños en un local comercial familiar. Es un episodio que recuerda a la "guerra de todos contra todos", de Hobbes.

Las consecuencias de este juego trágico son previsibles: los estudiantes ya tienen sus mártires, y este episodio, de fuerte carga simbólica por la palmaria injusticia de esas muertes, dará aún mayor protagonismo a los grupos más radicales. Además, como el cambio de gabinete les hace temer que entren aires de moderación en La Moneda, ya han anunciado que van a intensificar las medidas de presión contra el Gobierno, porque, como se sabe, los líderes estudiantiles solo conciben el diálogo cuando, en la práctica, significa que se accede a todas sus peticiones.

La lógica de la autotutela no se observa solo en episodios como el de Valparaíso. Ya nos hemos acostumbrado a los incidentes de violencia en La Araucanía, y solo nos podría llamar la atención que los agricultores no hayan respondido con la misma moneda, hasta ahora. Sería injusto atribuirle toda la responsabilidad a este gobierno, pero no hay dudas de que la cantidad y entidad de la violencia se han agudizado en el último año.

Para nadie es un misterio que las fuerzas policiales tienen las manos atadas. Los carabineros saben que nadie los va a defender: en cualquier situación medianamente confusa aparecerán ellos como victimarios. Las señales que reciben de la autoridad política son particularmente equívocas, porque las invocaciones a la seguridad ciudadana no han sido acompañadas en los últimos años por actos de respaldo cuando se toman medidas efectivas para garantizar esa seguridad. Tampoco son muy alentadoras las señales que reciben de parte de los jueces, entre quienes el garantismo se ha extendido a niveles que años atrás habrían sido impensables. Las teorías garantistas y los llamados a extirpar cualquier síntoma de represión policial suenan muy bonitos, pero en la práctica producen un grave sentimiento de indefensión en los ciudadanos corrientes.

En este contexto, no nos puede extrañar que, según la última encuesta CEP, la mayor preocupación de los chilenos sea la seguridad ciudadana (46%). La Presidenta, en cambio, pone en primerísimo lugar el proceso de cambio constitucional, que solo quita el sueño a un 5% de nuestros compatriotas. Cabe la posibilidad de que estemos ante una gran estadista, que se preocupa del bien del país y no de gobernar por las encuestas. Pero también es posible que estemos en presencia de un episodio más en la antigua historia de desconexiones entre lo que se ve desde La Moneda y lo que piensa la gente corriente (que, dicho sea de paso, poco tiene que ver con esa curiosa categoría que hoy se llama "la calle").

Por si lo anterior fuera poco, los primeros tres lugares en el ranking de las instituciones que despiertan mayor confianza están ocupados por las FF.AA. (59%), Carabineros (54%) y la PDI (48%), un dato que a más de alguno debe haber hecho rechinar los dientes de pura rabia.

Se ve que los chilenos están pidiendo a gritos un mayor ejercicio de autoridad, una autoridad ordenada, enmarcada en los márgenes legales, pero real. Ahora bien, por más que haya hecho algunos cambios, no parece fácil que este gobierno pueda satisfacer esa legítima demanda. La Presidenta Bachelet se halla en un dilema del que no podrá salir fácilmente: si hace primar la cordura, corre el riesgo de que se le incendie "la calle", pero si continúa con su frenesí reformista, desanimará a los ciudadanos normales y, de paso, pondrá en peligro la continuidad de su gobierno. En ese contexto, su única esperanza podría radicar en que la oposición no perciba que tiene delante una gran oportunidad.

La falta de autoridad no origina mayor libertad, sino la instauración de poderes opresivos. La lógica de la autotutela está presente en el asesinato de dos estudiantes en Valparaíso, pero también en la constante violencia en La Araucanía