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Corrientes y contracorrientes


“El golpe fue una consecuencia difícil de evitar, no una iniciativa perversa”.
Diario La Segunda, 10/10/2014

Por Jorge Edwards
Me han dicho dos o tres veces que el momento chileno actual tiene algo en común con las vísperas y los primeros meses de la Unidad Popular. Y también me ha dicho un amigo, socialista y optimista, que Salvador Allende, como el Cid Campeador, está ganando batallas después de muerto. Aunque las cosas no sean tan simples, creo que el asunto merece un poco de reflexión. A mí me tocó vivir el período de la Unidad Popular, en años de plena madurez, con los sentidos enormemente alertas, desde dos puntos de observación interesantes y contradictorios: la Cuba de comienzos de los años setenta y la Francia del postgaullismo y de Georges Pompidou, con el añadido de que la presencia de Pablo Neruda en la embajada chilena en París, donde yo oficiaba de ministro consejero suyo, era un foco de atracción, de paso de gente interesante desde todos los rincones del mundo, de conversaciones informadas y a menudo apasionantes, brillantes.
Miro ese período desde mi experiencia de ahora y llego a una conclusión casi evidente: en el gobierno de Allende había una visión atrasada, algo ingenua, excesivamente ideológica, del mundo de esos años. El allendismo no comprendía y no comprendió nunca que el socialismo real ya había entrado en un proceso de crisis y descomposición interna. El guevarismo existía en los símbolos de nuestra extrema izquierda, pero en la práctica había sido desplazado y derrotado. La idea de los estímulos morales en la economía, en lugar de los estímulos materiales (equivalentes al lucro de que hablamos ahora), había tenido una vida corta en Cuba y no se había podido llevar a su aplicación práctica. Y la triste aventura del Che Guevara en Bolivia estaba llena de lecciones que había que comprender, de las que había que sacar conclusiones.
El gobierno de Chile pensó que su experiencia revolucionaria podría tener el respaldo económico de la Unión Soviética, el Hermano Mayor, como llegó a llamarla con ingenuidad, sin haber leído a Orwell, Salvador Allende, pero en la realidad no hubo el menor apoyo efectivo, aparte de fórmulas de simpatía y de cortesía exteriores. El bloque soviético desconfió en forma clara, decidida, y llegó a decir, en reserva, en conversaciones privadas, que hacíamos nuestros cambios sociales demasiado rápido. Tampoco los chinos salieron adelante para ayudarnos, como suponían algunos que ocurriría. Ese simplismo de la mirada internacional coincidió con cierto infantilismo interno. En ese ambiente, que se enrareció con vertiginosa rapidez, el golpe de Estado fue una consecuencia difícil de evitar, no una iniciativa enteramente aislada y perversa.
En esos días se intentó refundar el país, transformarlo desde sus raíces, a partir de una mayoría sólo relativa en las elecciones presidenciales. En los días actuales se intenta el cambio radical, la refundación amplia y profunda, desde un fenómeno que llamamos Nueva Mayoría, a pesar de que podría ser una mayoría transitoria, como todas las de nuestra historia política. Conviene preguntarse si las circunstancias internacionales son verdaderamente favorables a esta nueva corriente, a este curioso espíritu fundacional. La conclusión mía en esta materia es bastante escéptica, y las de muchos otros, a juzgar por las opiniones que empiezan a manifestarse en los más diversos medios, van en el mismo sentido. Chile propone hoy un crecimiento del aparato del Estado, una multiplicación de las prohibiciones y las reglamentaciones, un freno de las ganancias no sólo ilegales, excesivas, sino también legales, legítimas, razonables, que va enteramente en contra de la gran tendencia contemporánea, desde China, el Japón, la India, hasta los principales países de Europa y de América. Hace ya largos años que Alemania, bajo un gobierno socialdemócrata, hizo reformas orientadas a conseguir una mayor flexibilidad laboral y económica, flexibilidad que le ha permitido defender su economía y asumir un notable liderazgo en plena crisis europea. Desde la llegada de Manuel Valls al cargo de Primer Ministro, Francia introduce reformas que tienen una orientación de fondo muy similar. Y ahora sabemos que el gobierno italiano de Matteo Renzi, que proviene de la centroizquierda, promueve una legislación destinada a “desregular” el mercado laboral.
El panorama latinoamericano no es demasiado diferente. Observemos lo que sucede en México, en Colombia, en Perú. En la campaña electoral brasileña se manifiesta un deseo de cambio parecido. No sólo se pide limitar el poder autoritario y burocrático del Estado, sino que se propone prohibir la reelección presidencial después de un período de cinco años. A esto se agrega una sorpresa que ya, al menos para mí, no es tan sorprendente. Parece que Evo Morales ha conseguido establecer vínculos importantes con los empresarios agrícolas de la región de Santa Cruz, que eran sus archienemigos hace pocos años, y que esto le permitirá ganar las próximas elecciones por amplia mayoría. No es una sorpresa para mí, digo, porque escuché al Presidente Morales en París, hace alrededor de un año, y me interesó mucho su visión inteligente, práctica, no ideologizada, de los problemas económicos y sociales bolivianos. Sus palabras revelaban una búsqueda de consensos, sin prejuicios políticos, sin querer a toda costa la polarización de las posiciones internas.
Encuentro, entonces, algo en común entre la mirada internacional sesgada, algo anacrónica, de los comienzos del allendismo, y la de ahora, que parece atraída a destiempo, a contracorriente, por los alardes del Ogro Filantrópico que definía Octavio Paz hace dos o más décadas y que alguien ha citado en estos días. Nos hacemos estatistas cuando los desafíos reales del mundo de hoy son diferentes: controlar los excesos o las corrupciones de la economía de mercado, pero sin necesidad de recurrir a la inflación burocrática, a las exigencias del Ogro, a las rigideces y prohibiciones de todo orden.

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