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Viejos esplendores por Roberto Merino



Diario Las Últimas Noticias
Lunes 31 de diciembre de 2012

Pensando en los Viejos Años Nuevos,
en los Años Nuevos dejados atrás hace tiempo,
lamento no detectar elementos nostálgicos
asociados al recuerdo de esta celebración.

Lo lamento porque sería agradable poder alardear
ante los jóvenes acerca de antiguos y desaparecidos esplendores,
cubrir la realidad -en su esfera improbable: el pasado-
con una mano de subliminidad y otra de magia.

Yo crecí escuchando cuentos fantásticos
sobre la época del Centenario.

Los viejos rememoraban 
esa franja temporal con énfasis retóricos: 
con la mirada cifrada en un punto del horizonte
hablaban de grandes fiestas, de impotentes banquetes,
de elegancias extremas, de suntuosos decorados.

En un segundo nuestra imaginación
de escuchas infantiles se proyectaba
por desconocidos jardines
con lámparas orientales en los árboles,
donde el mántrico sonido de las fuentes
era avasallado, al menos en el curso
de ciertas noches de verano,
por la justificada estridencia de una orquesta.

Fueran verdades, mentiras o exageraciones
en las tintas de la memoria, aquellos relatos
no hacían sino reproducir el mito de la edad de oro,
que no es, en mi opinión, una simple pamplina,
sino una forma de sobrevivir en un presente
que siempre es más duro de lo que se quisiera.

La lógica es ésta: si en algún momento la vida 
se manifestó ante los otros con encanto y misterio,
es presumible que una experiencia semejante
también me toque a mí; tarde o temprano,
a la vuelta de cualquier distracción,
constataré que la chata y descolorada cotidianeidad
se revela en sus significados profundos
y por tanto cualquiera de sus imágenes
-gente en una fuente de soda, 
el brillo del sol en los parabrisas de los autos,
el agua de una manguera con que mojan la vereda
-será atesorable, casi histórica.

Pero se da el caso de que nuestra generación
no tuvo al parecer una edad de oro.

Incluso diría que la vida 
es hoy más entretenida 
que antes en muchos aspectos.

Nos criamos en la escasez
y en supersticiones sociales
bastante impositivas,
con pobreza por todos lados
y un exceso de ideales políticos
traducidos en sus correspondientes
porciones de cháchara.

De los Años Nuevos
de illo tempore
no se puede agregar gran cosa:
que había más guatapiques
y más petardos, y voladores y estrellitas,
pero esto se debe a que los fuegos artificiales
no estaban entonces prohibidos,
o si lo estaban, nadie hacía caso.

Extraña emoción la de pasar de un año a otro.

Por más que me convenzo de que la realidad
también está compuesta de sus ordenaciones numéricas,
no puedo sentir en estas circunstancias una alegría verdadera.

Las cuentas regresivas, 
los descorches de botellas de champagne,
los pavos trinchados, la gritadera y los abrazos
siempre tienen que ver con iniciativas ajenas.

Participo, por cierto, 
pero levantando mi copa
con la sonrisa falsa de un pelele.

Lo mejor de todo esto sin duda
es el instante en que uno vuelve a su casa
y se echa a dormir acompasado por la música
de las fiestas que se prolongan en los edificios cercanos.

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