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Nombres e Historias‏


  • El talento para nombrar

es algo que no es suficientemente apreciado,
aunque tiene su importancia, más que relativa,
ya que el nombre es muchas veces
más que una etiqueta o un rótulo
que tiene un rol meramente 
funcional y circunstancial,
intercambiable con cualquier otro.

Sin desconocer que muchas veces
lo que prima es que sea útil,
hasta la expresión de esta característic
requiere de un nombre adecuado 
que refleje la función o espíritu
de lo nombrado
y que sea fácil de recordar.

En ciencia se da mucho
lo de nombres poco 
imaginativos, diríase no adecuados,
al que se recurrió en un momento de apuro, 
una vez establecido un nuevo concepto,
una nueva partícula, etc., teniendo
que cargar con un nombre
que no representa a nadie
por generaciones.

Wheeler contaba que a la hora
de poner un nombre,
iban a la biblioteca
y dedicaban incluso
una mañana hasta dar 
con el nombre adecuado
de un nuevo concepto y objeto.

El término colapso gravitacional continuo
fue utilizado por mucho tiempo,
hasta que en una conferencia de Wheeler
a mediados de los sesenta,
alguien en la audiencia
mencionó la palabra black hole
(agujero negro), término que
el oído de Wheeler acogió inmediatamente
introduciéndolo formalmente por escrito
y de una forma que pareciera natural, poco después.

En una ocasión, hablando de la jerga 
asociada a los términos utilizados
para denominar al zoológico de nuevas
partículas predichas por las teorías supersimétricas:
en que se antepone en algunos casos una "s"
al partner supersimétrico, por ejemplo
del electrón, llamándolo selectrón,
o se agrega a la manera de la invención de Fermi
que definió como neutrino (neutroncito)
para denominar la nueva partícula
predicha en los años treinta 
y encontrada un par de décadas después
para distinguirla del neutrón.

Es así como en supersimetría
hay un gravitino, además del gravitón,
un fotino, además de un fotón.

Para designar esta jerga,
Steven Weinberg sugirió languino (Language-ino),
pero Murray Gell-Mann, que inventó los quarks
y que el lenguaje es un componente fundamental
de sus múltiples saberes, rápidamente sugirió 
algo que pareciera el nombre más natural: «slang».

Todo estas disquisiciones surgen
al volver de reciclar basura
y encontrarme con una caja de fósforos
vacía, con una cubierta sencilla
pero evocadora de otra época
que a la mágica palabra: TALISMÁN,
indica que se trata de Fósforos de Seguridad.

Uno se imagina que cualquier día,
en horario nocturno, de improviso
se corta la luz y se recurre a una 
caja como ésta para encender unas velas.

El sólo mirar el logo y leer la palabra
bajo la luz de un fósforo o una vela
inmediatamente la palabra
tiene resonancias a Las Mil y Una Noches
y predispone a contar historias
en ese ambiente que remite
a historias ancestrales bajo las estrellas
alrededor de algún fuego.

Un nombre:  Talismán…
de los moros a la lengua castellana
en la península ibérica y después a América.

Una marca de fósforos…

Al principio, en Egipto, 3.500 a.C.,
eran palitos de pino
impreganados de azufre
que se encendían
al contacto de una chispa.

En China se utilizaban cerillas
desde al menos el siglo X d.C.
(se cree probable que un viajero
los llevase consigo a Europa
en tiempos de Marco Polo).

Un alquimista de Hamburgo,
Hennig Brandt, aisló el elemento
fósforo en 1669.

Robert Boyle, unos veinte años después
se le ocurrió revestir de fósforo
un pequeño pedazo de papel
y poner azufre en la punta
de una astilla de madera,
que al ser frotada contra el papel,
se encendía.

El primer fósforo moderno autocombustible 
lo inventó en 1805, K. Chancel, 
ayudante del profesor Louis Jacques Thénard, de París. 

La cabeza del fósforo era una mezcla 
de clorato de potasio, azufre, azúcar y goma. 

Se encendía sumergiendo el extremo 
con esta mezcla en un recipiente con ácido sulfúrico. 
Nunca llegó a popularizarse por su alto costo y peligrosidad.

En el año 1817, un químico francés 
demostró ante sus colegas de la universidad 
las propiedades de su “cerilla etérea”, 
que consistía en una tira de papel 
tratada con un compuesto de fósforo, 
que ardía al ser expuesta al aire. 

El papel combustible 
se encerraba herméticamente 
en un tubo de cristal al vacío. 

Para encenderla, se rompía el cristal 
y, apresuradamente, se aprovechaba el fuego, 
puesto que la tira de papel sólo ardía unos instantes.

Un día del año 1827 John Walker 
se encontraba en su laboratorio 
intentando crear un nuevo explosivo. 

Al remover una mezcla de productos químicos 
con un palito, observó que en el extremo de éste 
se había secado una gota en forma de lágrima. 

Para eliminarla, la frotó 
contra el suelo del laboratorio, 
provocando que se encendiera. 

Así fue inventada la cerilla de fricción. 

Walker escribió luego 
que la gota en el extremo del palito 
contenía sulfuro de antimonio, 
clorato de potasio, goma y almidón. 

Las vendió bajo el nombre "congreves", 
en alusión al cohete congreve, 
pero el invento fue patentado por Samuel Jones, 
y comercializado con el nombre de "lucifers". 

Estos fósforos presentaban una serie de problemas: 
el olor era desagradable, la llama era inestable 
y la reacción inicial era sorprendentemente violenta, 
casi explosiva, en ocasiones 
lanzando chispas a considerable distancia.

En 1830, el químico francés Charles Sauria 
añadió fósforo blanco para quitar el mal olor. 

En cada caja de cerillas, 
que debía ser hermética, 
había suficiente fósforo blanco 
como para matar a una persona, 
y los obreros involucrados en su fabricación 
sufrieron necrosis de los huesos 
de la mandíbula (fosfonecrosis) 
y otras enfermedades óseas 
debidas a la inhalación 
de los vapores del fósforo blanco, 
lo que provocó una campaña 
para prohibir su fabricación.

En 1836, el estudiante de química húngaro 
János Irinyi sustituyó el clorato de potasio 
por dióxido de plomo. 

Las cerillas así fabricadas 
ardían uniformemente; 
se las llamó cerillas silentes. 

Irinyi vendió su descubrimiento 
a István Rómer, húngaro radicado en Viena, 
quien se hizo rico con la fabricación 
de estas nuevas cerillas.

Años después, debido 
a la toxicidad del fósforo blanco, 
se prohibió por ley el uso de éste 
en la fabricación de cerillas. 

Los fósforos de seguridad 
fueron un invento
del sueco Gustaf Erik Pasch en 1844 
y fueron mejorados por John Edvard Lundström 
una década después. 

La seguridad viene dada 
por la sustitución del fósforo blanco 
por fósforo rojo, y por la separación 
de los ingredientes: la cabeza de la cerilla 
se compone de sulfuro de antimonio 
y clorato potásico, mientras que 
la superficie sobre la que se frota 
es de vidrio en polvo, cola y fósforo rojo. 

Las superficies de raspado 
suelen estar compuestas principalmente 
por sulfuro de fósforo, perclorato potásico, azufre y cola. 

En el momento de frotar ambas, 
debido al calor de la fricción 
parte del fósforo rojo 
se convierte en fósforo blanco, 
éste se prende, y comienza 
la combustión de la cerilla.

Dos químicos franceses, Savene y Cahen, 
patentaron en 1898 una cerilla a base 
de sesquisulfuro de fósforo, 
en lugar de fósforo puro, y clorato de potasio. 

Ésta era capaz de encenderse frotándola 
contra cualquier superficie rugosa 
y no era explosiva ni tóxica. 

En 1899, Albright y Wilson 
desarrollaron un método seguro 
de fabricar cantidades industriales 
de sesquisulfuro de fósforo, 
y empezaron a venderlo a los grandes fabricantes.

Tal vez no está demás decir
que es muy importante 
mantener estos utensilios 
fuera del alcance de los niños, 
ya que éstos por curiosidad 
pueden causar graves accidentes al manipularlos 
(lo que comúnmente se dice "jugar con fósforos").

Todo esta larga divagación a propósito
de encontrarme una caja vacía con la leyenda:
TALISMÁN - Fósforos de Seguridad.

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