Pico Iyer
"Soy un turista en un mundo de viajeros"
Al mundo nunca le faltarán historias:
habrá piezas originales y sorprendentes
que escribir todo el tiempo,
mientras haya viajeros originales
y sorprendentes que las registren...
Por Sebastián Montalva Wainer
Diario El Mercurio, Revista del Domingo, 16 de septiembre de 2012
Es uno de los escritores de viaje vivos más respetados del mundo. Sus
textos aparecen en medios como Time, The New York Times y National
Geographic, entre otros, y sus libros se han traducido a 14 idiomas.
De origen indio, nacido en Inglaterra, criado en California y radicado
en Japón, Pico Iyer ha sido definido como el legítimo heredero de
íconos como Jan Morris y Paul Theroux. Aquí explica por qué, pese a
toda su experiencia, aún no se considera un viajero sino sólo un
turista más en un mundo globalizado y aún lleno de historias por
contar.
Para explicar de dónde viene su pasión por los viajes, o por qué en
varias oportunidades se ha definido como un alma global, Pico Iyer
parte contando la historia de su infancia. No es una historia triste,
ni sufrida. Sí es, por decirlo de algún modo, curiosa.
Pico Iyer nació en Oxford, Inglaterra, pero a los ocho años se mudó a
California con sus padres de origen indio -él, un filósofo y
teosofista de Oxford; ella, una erudita religiosa-, quienes nunca
quisieron cambiarlo de colegio. Así, desde los 9 años -y por más de
una década-, el futuro gran novelista, ensayista y escritor de viajes,
volaría -solo- seis veces al año desde Estados Unidos a Inglaterra. Y
todo para terminar sus estudios en Eton College y Oxford.
-Viviendo mi vida fue como realmente aprendí a viajar y a observar lo
extranjero -cuenta ahora Siddarth Pico Raghavan Iyer (su nombre
completo) desde Santa Bárbara, California, donde vive sólo una parte
del año. Y cuando llega a esta casa, no siempre se queda: cerca de
allí, en la región costera de Big Sur, hay una ermita benedictina a la
que el escritor lleva dos décadas yendo para hacer retiro y meditar.
En todo caso, la residencia "oficial" de Pico Iyer está muy lejos: en
una zona rural de Kioto, donde vive hace 25 años. ¿Cómo llegó a Japón?
La historia fue más o menos así. Tras volver de Inglaterra, Iyer se
graduó en Harvard y comenzó a trabajar para la guía Let's Go, que
nació en esa universidad. Así recorrió varios países de Europa en
busca de datos viajeros y terminó convirtiéndose en un experto, lo que
finalmente lo llevó a la revista Time, donde lo contrataron en la
sección de Asuntos Mundiales. Sin embargo, se trataba de un tedioso
trabajo de oficina: debía escribir sobre temas como la guerrilla del
Sendero Luminoso en Perú o las revueltas en Sudáfrica sin moverse de
su escritorio en Manhattan. Fue entonces cuando Pico Iyer decidió
convertirse en escritor de viajes, para poder ir físicamente a cada
uno de estos lugares. Un día, después de rodar el mundo, llegó a Kioto
y su vida cambió para siempre: conoció a quien sería su esposa, la
japonesa Hiroko Takeuchi, y además descubrió un inexplicable vínculo
emocional que lo hizo sentirse en su verdadero hogar.
-Yo sólo confío en mi pasión por Japón porque no puedo explicarla
-dice Iyer ahora-. Me encanta la mezcla de tranquilidad y energía que
hay allí. La gente es muy tranquila, pero siempre va a alguna parte a
hacer algo. Me encanta el ciclo de las estaciones, lo que me enseña
sobre la inmutabilidad y el cambio. Me encanta el don natural para
escuchar que encuentro en los japoneses, la gracia natural con la que
siempre hay que prestar más atención a los demás que a sí mismos. Pero
puedo decir todo esto y aún no creerlo: casi no hablo japonés, no me
gusta mucho la comida japonesa, nunca me pongo ropa japonesa... Pero
en algún nivel mucho más profundo, Japón se siente más como mi casa
que ningún otro lugar. Una de las bellezas de nuestra nueva era del
movimiento global es que a veces podemos vivir en estos hogares
secretos que nos hacen más sentido que cualquier lugar al que estamos
oficialmente conectados. Para algunos es la India, para otros Egipto,
o China. Para mí, Japón es el hogar que nunca podré explicar.
En 1993, en una reseña sobre su libro Falling off the map: Some lonely
places of the world, el periódico Los Angeles Times definió a Pico
Iyer como "el legítimo heredero de Jan Morris, Paul Theroux y
compañía". Un par de años más tarde, la influyente revista alternativa
estadounidense The Utne Reader lo eligió como uno de los "100
visionarios del mundo que podrían cambiar tu vida", mientras que The
New Yorker dijo que "como guía hacia lugares lejanos, Pico Iyer
difícilmente puede ser superado".
De hecho, como él mismo cuenta, su vida como escritor de viajes
comenzó precisamente yendo a lugares poco comunes, cuando dejó el
trabajo de oficina en Time.
-Esos sitios que, según el Departamento de Estado de Estados Unidos,
son considerados enemigos: en aquellos días, Cuba, Vietnam, China,
Corea del Norte, más recientemente Yemen y, me estoy temiendo, Irán
-dice-. Me gusta contar las historias humanas y complejas en cuanto a
ambigüedad y matices que a menudo se pierden en nuestros titulares y
nociones del mundo. Actualmente, casi cualquier persona puede obtener
datos e imágenes visuales sobre Birmania, Bután o Timbuktú. Y todos
nosotros creemos que sabemos de Afganistán o Irán. Pero mientras más
escuchamos de ellos, menos los conocemos, pues tendemos a oír sólo
historias extremas (lo que cuentan las noticias) o detalles
geopolíticos. Todo lo humano tiende a perderse en la traducción. Mis
vecinos aquí en California saben todo sobre esos lugares, excepto sus
realidades humanas.
Para Iyer, en esto radica el valor de un cronista de viajes.
-El viajero puede ser un diario no oficial, un portador de información
real, compleja y matizada. Nos puede dar la historia humana para la
que pocos medios de comunicación tienen tiempo y espacio. Y esto lo sé
porque he sido miembro de ellos durante los últimos 30 años -dice.
Aparte del trabajo que tuvo en Time, hasta el día hoy Pico Iyer
escribe para los principales diarios y revistas del mundo como
Harper's Bazaar, The New York Times, National Geographic, Outside y un
centenar de medios en los cinco continentes. Además, sus textos han
sido incluidos tres veces en la reputadísima antología Best American
Travel Writing, de la cual ha sido editor invitado en dos
oportunidades. Y, desde luego, también están sus libros, que han sido
traducidos a 14 idiomas, como Video Night in Katmandu (1988), The Lady
And The Monk (1991), The Global Soul (2000) y The Man Within My Head
(2012), su más reciente obra (ver recuadro).
Pero hoy, con 55 años y varios pasaportes completos, para Pico Iyer la
gran aventura es quedarse en un solo lugar y, curiosamente, viajando
desde su escritorio.
-Hoy ya no hago viajes serios y sustanciales tan a menudo. Ya he visto
tantos lugares que anhelaba ver, me he movido tanto, que obtengo mucho
de la quietud -dice-. Viajo bastante por trabajo, dando conferencias,
visitando a amigos y parientes, cuidando de los negocios, por así
decirlo, pero en cuanto a lugares que no conozco bien, he dejado
tiempo para hacer sólo uno de esos viajes al año. A menudo puedo
persuadir a una revista para que me envíe a algún lugar al que quiero
ir, pero la escritura es una manera difícil de ganarse la vida y no
muchos medios quieren patrocinar viajes, debido al estado de la
economía actual. Así que vivo en un departamento de dos habitaciones
en el Japón rural, pago 800 dólares de alquiler como si fuese un
estudiante, conduzco un Toyota Tercel de 1995 sin aire acondicionado
ni espejo de pasajero, y manejo mis centavos con mucho cuidado. A
menudo les digo a los aspirantes a escritor y viajeros que, en
términos de recompensa interna, esta vida es sin igual. Pero si
quieren riqueza externa, ¡busquen en otro lugar!
-¿Qué tipo de lugares todavía le sorprenden?
-Las ciudades viejas, curtidas y astutas me sorprenden cada vez,
porque tienen una sabiduría y un sentido de estilo que no cambia, aun
cuando la historia y la política mude su superficie. Estoy pensando en
algunas de mis ciudades favoritas: Beirut, La Habana, Hanoi, Kioto.
Cada una de ellas ha pasado por tantos cambios en el nivel público y
sin embargo su carácter nunca se ve realmente alterado, aunque incluso
a veces se esconda. Los mejores lugares son como hombres viejos o
bellezas elegantes, aunque envejecidas, que han visto y saben tanto
que entienden cómo resistir a la historia sin nunca ser presas de
ella. Se mantienen fuera de vista, y tú puedes decir cuando las
conoces que tienen misterios que jamás van a ser penetrados.
-¿Realmente disfruta ir a sitios de los que sabe que tiene que escribir algo?
-Sólo disfruto un lugar del que sé que voy a escribir (aunque sea para
mí mismo). Ocasionalmente voy de vacaciones y trato de mantener mi
libreta guardada en el bolsillo, pero muy pronto me encuentro vagando
por estos lugares como un fantasma, pasivo, sin tomar nada de él y
apenas registrando la belleza o el horror. Al contrario: apenas me
digo a mí mismo que voy a escribir sobre algún lugar, todo en mí cobra
vida, mis sentidos se encienden y ya estoy en la calle haciendo
preguntas sobre el lugar, notando cosas y tomando notas, como si fuese
un fascinante extraño que acabo de conocer. La gente que no viaja
asume que el viaje es una actividad pasiva, como ir al cine o la
ópera. En realidad, éste sólo cobra vida cuando se trata de una
conversación, una actividad, un intercambio entre dos seres que
cambian a cada momento.
Aunque ha recorrido el mundo con su mujer y también con un querido
amigo de la secundaria, Pico Iyer prefiere viajar solo. Así, dice, es
la única forma de entregarse a un lugar, sentirlo y conversar con él.
Cuando se viaja solo, sin nada ni nadie que resulte familiar, es más
probable que la gente se acerque en las calles y que el viajero esté
más abierto a la transformación. Además, al elegir un destino, Pico
Iyer dice seguir su instinto.
-Leo mucho. No diarios o revistas, sino novelas y trabajos de no
ficción. Usualmente imagino que tengo una idea sobre qué lugares me
confundirán, me estimularán y responderán a las preguntas que tengo en
mi cabeza. Todo lo que busco en un lugar es su ambigüedad y la
diferencia frente a lo que conozco.
En uno de sus libros, The Global Soul, Pico Iyer insiste en sentirse
parte del mundo, un alma global que podría pertenecer y estar cómodo
en cualquier rincón del planeta. Sin embargo, aún así tiene sus
destinos favoritos.
-Amo Cuba por su complejidad, es el lugar más triste y más
efervescente del mundo, el más desencantado y el más idealista, el más
brillante y el más ruinoso a la vez. Me encanta el Tíbet porque me
pone en el techo de mi ser, de mi mente y de mi conciencia, como nunca
me ha pasado en otro sitio. Y aparte de Japón, mi hogar, me encanta la
ermita benedictina de Big Sur, California, donde he estado yendo en
los últimos 21 años, porque me muestra algo más real que el mundo
donde habito, y me ofrece un punto de quietud en mi mundo que gira.
Para Iyer, el viaje es una extensión de uno mismo.
-Yo no viajaría si no sintiera que me estoy extendiendo, desafiándome
y enviando de vuelta a casa a una persona diferente, incluso más
triste, pero más sabia -explica-. El viaje te confronta con la
intensidad emocional y moral que es tan fácil pasar por alto, como
sonámbulo, cuando estás en casa, especialmente si viajas a países
empobrecidos o encarcelados, como Haití o Cuba. En casa es fácil pasar
un día tras otro sin hacer frente a cuestiones tan esenciales, como
cuando un niño te extiende su mano en Puerto Príncipe, o una mujer en
las calles de La Habana pide que te cases con ella para salir de lo
que considera una prisión. ¿Qué haces tú? ¿Cómo manejas esa carga de
sueños? Viajar te extiende en todas las direcciones, a menudo como
poderosa terapia de choque, y te recuerda que la forma en que asumes
que conoces el mundo en casa es local, o provisoria, o errada.
Otro de los temas que ha abordado en sus textos es la llamada
"americanización" del mundo. Algo que podría explicarse así: hay
McDonald's y Starbucks en todas partes. Para Iyer eso no significa que
los países pierdan su identidad.
-Todas las culturas del mundo pueden dibujarse con un fondo común de
gran parte de las imágenes de la cultura pop de Estados Unidos, pero
cada país traduce estas imágenes en su propio contexto e historia, y
las hace propias -dice-. La película Avatar en Beijing tiene un
significado totalmente diferente del que tiene en Bagdad, y ni
siquiera se acerca a lo que significa en Los Angeles. En el McDonald's
más cercano a mi casa en Japón sirven hamburguesas moon-viewing en
septiembre, en honor a la clásica fiesta asiática relacionada con la
Luna y la cosecha. Los clientes se visten con Gucci y Dior, y todo,
desde la forma en que hablan o cubren sus manos con la boca al reír,
es tan japonés como en un bar de sushi. En Delhi, la mayor parte de
los artículos en venta en McDonald's son vegetarianos, y se siente
fuerte el olor del té especiado con cardamomo y todo es tan ruidoso,
caótico e intenso como en las calles. Nunca pienso que estoy en Kioto
(o en Los Angeles) allí. Cada uno de esos lugares es una
representación perfecta de su cultura, y sólo tiene un parecido con
Estados Unidos. Los lugares son como las personas: cada uno tiene su
carácter propio, cualquiera que sea su fachada. Sólo alguien sin ojos
o sin una sensibilidad real por los detalles verá homogeneidad en todo
el mundo.
Una de las promesas que se ha hecho Pico Iyer en el último tiempo es
llevar a su madre de viaje cada año. Hoy ella tiene 81, pero así y
todo lo ha acompañado a sitios como Camboya, San Petersburgo, Isla de
Pascua y se ha subido con él en varios cruceros, experiencia que Iyer
reconoce que le encanta. Especialmente cuando se enfrenta a las ideas
facilistas que existen acerca de qué es lo interesante y qué lo
aburrido.
-Yo mismo soy un turista: no puedo pretender ser algo más elevado
-dice-. Parte de la belleza de esa experiencia fue que pensé que esa
manera de viajar era el enemigo de la imaginación y la individualidad.
Pero cuando llevé a mi madre a un crucero por Alaska fui a la
biblioteca y encontré libros de Susan Sontag, Roberto Bolaño y Cormac
McCarthy. Entonces comprendí que no sabía nada de esa experiencia en
absoluto. Ya hemos estado en tres cruceros y he reservado uno para el
próximo año. Un viajero verdadero es alguien para quien nada es
aburrido o debe ser dado de baja. Las epifanías se pueden encontrar
tanto en un crucero por las islas griegas como en un paseo solitario
por el Tíbet. El viaje no está hecho por el lugar sino por el espíritu
con el que te acercas a él.
-¿Hay verdadera diferencia entre un "viajero" y un "turista"?
-Algunas veces he dicho que el turista es alguien que se queja porque
"Todo aquí es diferente de cómo es en casa", y el viajero es el que se
queja porque "Todo aquí es igual que en Goa, Bali, Copacabana e
Ibiza". Pero una parte de mí recibe bien al turista porque en él hay
una inocencia en su autodescripción y una falta de autoconciencia. Yo
siempre voy como turista. No creo que me haya ganado lo que Paul
Bowles entiende por "viajero" cuando acuñó esa distinción. Hace unas
semanas, en Toronto, le dije a un amigo: "Yo soy un turista en el
mundo de los viajeros". Aunque, realmente, creo que el objetivo final
de viajar es ir más allá de todas esas distinciones.
-Mucha gente dice hoy que no quiere ser "sólo un turista", sino vivir
lo mismo que los lugareños y conocer la verdadera esencia de un lugar.
¿Es eso posible?
-Puede ser posible. Y admiro mucho a los que trabajan duro por
aprender una cultura y su lengua para establecerse y darle algo a
ella. Pero yo, por desgracia, no soy como ellos. En un lugar como
Japón, donde paso la mayor parte de mi tiempo, pienso que los
extranjeros que tratan de volverse japoneses son los que sufren las
mayores decepciones. Para mí los grandes escritores sobre lugares
extranjeros -Paul Bowles o Donald Richie o Somerset Maugham o Jan
Morris- son los que nunca intentan convertirse en locales, sino que
encuentran todo su entusiasmo y su tensión en la brecha que existe
entre ellos y el lugar.
Pico Iyer destaca que hoy cada vez más gente esté viajando a lugares
exóticos, que antes parecían ser sólo para viajeros profesionales como
él. Y que el hecho de que estos destinos quizás hoy sean menos
sorprendentes, no ha afectado a la literatura de viajes.
-Al mundo nunca le faltarán historias: habrá piezas originales y
sorprendentes que escribir todo el tiempo, mientras haya viajeros
originales y sorprendentes que las registren -dice-. Un lugar puede
estar increíblemente lleno de gente, como Kioto o Venecia, pero de
allí pueden emerger historias asombrosas todos los días. Ningún sitio
es poco interesante para el ojo interesado. Lo que ha afectado y tal
vez ha transformado la literatura de viajes es la explosión del mundo
virtual, y el hecho de que muchos pueden ver las partes más remotas
del Tíbet, o las cocinas privadas de Albania, sin salir de su cuarto.
El escritor de viajes tiene que encontrar esos lugares en la
experiencia (lugares de silencio, de matices, de memoria y
sentimientos en conflicto) como ninguna cámara de vídeo o teléfono
inteligente podrá captar mejor. Tiene que profundizar su experiencia
personal para ofrecer algo que nunca se verá en YouTube. Los grandes
escritores de viajes, Naipaul, Pamuk, Matthiessen, Morris, todavía no
parecen tener dificultad para hacerlo.
http://diario.elmercurio.com/2012/09/16/revista_del_domingo/grandes_viajeros/noticias/FAEF8397-BDC1-4A9A-A279-4B54E3A9A40E.htm?id={FAEF8397-BDC1-4A9A-A279-4B54E3A9A40E}
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