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De movimientos sociales a novedades culturales‏



Novedades culturales: De "paquitas" y de "canutos"

por Fernando Villegas 
Publicado en La Tercera, 20 de septiembre del 2012

Vivimos una era quizás no tanto de “movimientos sociales” como de novedades culturales. Semana por medio salta al escenario un nuevo elenco de indignados o empoderados a bailar su frenético ricachá. A veces son grupos, grupúsculos, sensibilidades o pobladores de cuya identidad o localidad no teníamos idea, a veces los conocíamos, pero no esperábamos de ellos nada sino sumisión y silencio, a veces no les teníamos respeto ninguno. No hay quien no pretenda hacer valer su voz y ser reconocido en sus derechos; de ahí que se grite “exigimos a las autoridades”, se enarbole el puño, se anuncien querellas o funas y se amenace a los descreídos. Idos están los paradisíacos tiempos, propios de la infancia de este cronista, cuando sólo la elite y los hombres adultos sacaban la voz, mientras el resto -niños, mujeres, trabajadores humildes, campesinos y rotos varios- se prosternaba y aguantaba con paciencia la tiranía del dueño de casa y/o la de los poderosos, el negro peso de la noche en todos sus sabores. Ambas categorías, ricos en particular y hombres en general, disfrutaban una monopólica ocupación del espacio doméstico, político, público, escénico y económico.

Eso ya no sucede o cada vez menos. Por lo mismo, porque el cuadro ha cambiado casi completamente, se necesitan fechas conmemorativas especiales, como lo son las Fiestas Patrias, para que lo que ya es banal y corriente se exhiba como espectáculo y así pueda notarse su condición de cosa novedosa y poderosa. Véase el caso de quienes aun algunos siguen llamando “canutos”. Con esa denominación se identificaba, en el pasado, a quienquiera fuese cristiano, pero no católico y predicara al aire libre, a veces con un bombo, a veces con uniforme, a veces con señoras de sombrerito y a menudo en los parques, lo cual hacían en calurosas, polvorientas e inertes tardes de domingo frente a una concurrencia de curados, chiquillos, dueñas de casa, rotos burlones y curiosos varios. Y nadie se creía obligado a respetarlos.

Hoy ya no es así. Hasta el más despistado habla de “los evangélicos”, porque siente que la vieja denominación es algo irrespetuosa y hasta desdeñosa. Detrás de eso, como por lo general ocurre con todo respeto recién nacido, hay una cuestión de poder recién parido. El hecho es que las iglesias evangélicas han crecido -vean el censo- enormemente en poder y prestancia: su militancia es muy numerosa, tienen feligreses en poblaciones y presidios, las autoridades asisten a sus servicios, sus ministros influyen un sensible caudal de votos y por esos motivos y muchos más no es ya cosa de tomarlos para la chacota. Sin embargo, han de llegar las Fiestas Patrias y con ellas el tedeum evangélico para que ese colosal cambio se haga notar. Es en este escenario donde se manifiesta que se han convertido en actores y dejaron de ser comparsas exóticas con quienes se hacían chistes. Y en estas ocasiones, a las que no falta ningún mandatario, tampoco faltan duros juicios y fuertes opiniones. Esta vez, el 2012, hicieron hincapié en los defectos de la Reforma Procesal Penal, que habría instalado un modelo de justicia donde algunos jueces, dijeron, “garantizan con mayor dedicación los derechos de los inculpados que de las víctimas, lo cual produce en la ciudadanía temor y desconfianza... y finalmente sensación de inseguridad”. Pero también lo hacen en radios y en asambleas celebradas en el recinto de rotativos dados de baja y ahora dedicados al Señor. El mundo evangélico cuenta con más de un millón de votos y el modo como se incline esa masa electoral puede determinar el resultado. Es lo que advirtió este año, tras sus palabras piadosas, el mundo evangélico. Este nuevo poder está presente todo el año, pero se nota más los 19 de septiembre.

Las “paquitas”

Pero así como los evangélicos ya no son “canutos” y hoy roncan fuerte, las damas incorporadas a los instituciones militares ya no son simplemente “las paquitas”. Ese diminutivo expresaba la creencia de que las damas de uniforme sólo servían para desfilar el 19 de septiembre y hacer posible una bonita foto de portada en los diarios, amén del cliché de siempre, el infaltable título “se lucieron las paquitas”; así era como se proyectaba y mantenía la actitud machista de siempre, pero envuelta en una postura de simpatía y buena onda. Eso, hoy, es impensable. Ya no hay “paquitas”, sino experimentadas generales y coroneles, cadetes navales cuya belleza no las exime de manejar sistemas de armas, pilotos de la fuerza aérea, oficiales de Ejército a las que se saluda de taconazo. Las militares que sólo desfilan en una elipse son las que desfilan en el ya obsoleto imaginario que de ellas nos hicimos hace 20 o más años. Hoy no desfilan, sino ocupan: ocupan  dormitorios y baños en la Escuela Militar, ocupan parte del buque escuela Esmeralda, su arboladura y sus entrepuentes, pilotan aviones de combate, controlan sistemas informáticos, se hacen cargo de mandos logísticos. La discusión, la extrañeza, la incomodidad, los prejuicios, los temores de los altos mandos, todo eso pasó ya hace rato. Como los “canutos”, las “paquitas” ya no existen. Son, nuestras mujeres de hoy, amadas pero también armadas. Como ya lo dije, “idos están los paradisíacos tiempos…”.

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