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MERINO por Rodrigo Fluxa


Diario El Mercurio, Revista Sábado, 
30 de noviembre de 2013

Cuando le preguntan a los escritores 
quién es el mejor cronista chileno vivo, 
el nombre de Roberto Merino siempre aparece. 

Huraño, atípico y políticamente incorrecto, 
dice escribir solo porque necesita la plata 
y que no tiene ninguna intención 
de fomentar la lectura de sus textos. 

Esta es la historia 
del secreto mejor guardado 
de la literatura chilena.   

_________

De cierta manera, en cierto nivel, 
Roberto Merino detesta los libros. 
Y ama los muebles.

-Me gustaría hacer algo más tangible que la literatura. 
Diseñar esta mesa, esta silla, algo concreto en el mundo. 
Los libros son asquerosos.

-¿Por qué?

-Porque tienen implícito una petición de atención. 
¿Has visto esos hue.. que ponen: 
voy a presentar mi libro, por favor vayan todos? 
Y días después: no se vayan a olvidar de ir al lanzamiento, 
es muy importante. Lo detesto.

-¿Por qué?

-No me gusta solicitar atención. 
Para mí, los libros son mensajes en la botella. 
Cuando se quiere fomentar la atención, 
el objeto está desactivo. Tiene una seria cojera.

-¿No te interesa fomentar la lectura de tus libros?

-Ni de mis libros ni de mis columnas. 
No me interesa fomentar la lectura de nada.

Roberto Merino, 51 años, detesta también los eufemismos.

-Terminan encubriendo tramposamente la realidad. 
El ejemplo más gráfico es el cambio de la palabra 
"sirvienta" por "empleada" y, después, por "nana". 
Se cambia su uso, pero la realidad sigue como el forro. 
La otra vez alguien en la tele daban una noticia 
sobre un ciego y la señorita que lo acompañaba 
lo interrumpió, y dijo: ciego no, con capacidades diferentes. 
Yo estuve cojo en el invierno y no tenía ninguna capacidad diferente. 
¡No podía bajar la escalera! El autoritarismo que hay 
detrás de esas cosas, la superioridad moral... Es indignante.

El amor por las palabras de Merino nació, 
con seguridad, en una antigua casa del barrio San Isidro 
que esta mañana de octubre muestra orgulloso 
en su computador: es su protector de pantalla. 
Ahí creció con sus papás, abuelos, tíos abuelos.

-Vivió mucha gente mayor: muchas señoras. 
Todo, puertas adentro. Agradezco esa crianza: 
no existía esta espantosa jornada escolar completa, 
lo que permitía una vida, cierta intimidad. 
Los viejos suelen ser bloqueados, silenciados, 
asumiendo que no tienen valor. A mí no me pasó eso, 
siempre había efectos con lo que me hablaban. 
Todo eso me quedó dando vueltas como imaginario. 

A los siete años, Merino escribió su primer poema: 
hablaba de un grupo de soldados, que tras una parada militar, 
caminaban cabizbajos por el centro de Santiago.

-¿Tu papá qué hacía?

-Esa pregunta fue el gran problema que tuve cuando chico: 
explicar a qué se dedicaba. Él me daba posibles soluciones: 
di que soy un pequeño industrial. Yo pensaba, qué chu... es eso. 
Tenía un taller en el fondo de la casa, donde hacía cosas, 
proyectos industriales que nunca le resultaban. 
Siempre quiso poner una fábrica de algo, 
pero jamás superó el problema principal de su personalidad: 
que para lograrlo había que relacionarse con el resto de la gente. 
Después del terremoto del 85 desarrolló una alarma de temblores, 
un émbolo que avisaba unos minutos antes. 
Un amigo suyo viajó ciudad por ciudad, anunciando a gritos 
que venía otro gran terremoto para vender la idea, 
pero cuando empezaron a llegar compradores a la casa, 
mi papá le dijo: no me hagas conocer gallos nuevos.

-¿Era muy frío?

- Pero tenía gestos. El 70 me llevó 
a las manifestaciones de cierre 
de Alessandri, Tomic y Allende. 
O a ver a Fidel Castro, a quien detestaba. 
Él sabía que esas experiencias iban a ser inolvidables. 

-¿Con qué plata vivían?

-Otro misterio. Vivíamos muy módicamente. 
Y mi mamá era, es, profesora. 
Mi papá de repente le achuntaba. 
Remató una fábrica de antenas de autos, 
la casa se transformó en una feria rarísima. 
Fue un buen momento. 
Incluso anímicamente estaba mejor. Funcionó.

Comenzando los 70, el padre de Merino 
tuvo problemas de salud. "Le dio todo tipo de cosas. 
Hubo una sensación de impotencia, 
de reducción de las posibilidades. 
Por esos años, cuando tenía 14, 
me rayé con un cristiano primitivo, 
muy influenciado por Clotario Blest: 
yo lo iba a ver y me pasaba libros de Kazantzakis. 
Me rayé con San Francisco de Asís, 
con los franciscanos en general. 
Quería plantear mi vida 
desde la obediencia, pobreza y castidad.

-¿Cuánto duró?

-Poco. A los 15 era otro.

Cursaba, en esos años, 
la enseñanza media en el Instituto Nacional. 

-Lo tengo asociado a malas experiencias personales. 
Me sentía distinto al resto de todas las maneras posibles. 
Mi problema no era la competencia en el Instituto, era el aburrimiento. 
Ahí uno era un idiota hasta que probara lo contrario. 
El perro Guzmán era el profesor de Física, 
el mismo que le dijo a Claudio Teitelboim (hoy Bunster) 
que era una retrasado mental. [La reacción de espanto
del Perro Guzmán frente a Claudio, ocurrió cuando 
este último le contó que se había inscrito en Física
de la Facultad de Ciencias, en lugar de Ingeniería.]

Él llevaba un régimen del terror, con interrogaciones diarias 
y se refería a los alumnos por un número, no por su nombre, 
aunque siempre anteponía un don. Decía: Don 26, respóndame esto. 

A veces agregaba insultos. Decía: ya, ahora el tarado que sigue. 
Era un viejo genial. Tuvo tanto impacto, que compañeros 
me han contado que dejaron de tener pesadillas con él 
recién cuando murió. Bueno, una vez en tercero medio 
una pregunta había dado ya tres veces la vuelta 
al curso y yo, después de eso, se la respondí bien. 
Fue un gran triunfo, un gol agónico.

-¿Realmente no aprendiste nada en el colegio? 

-Probablemente aprendí mucho en términos 
de vincularse con gente distinta. 
Pero las cosas mínimamente importantes, 
como leer o las matemáticas, las aprendí en mi casa. 
Si empiezo a acordarme de materias, no aprendí nada. 
Hasta hoy te pasan las materias desvinculadas de la vida, 
es espantoso. No es un discurso; es solo la constatación de un hecho. 
Mis hijos van a un colegio, asumo que tienen que estar ahí. 
No me creo tan especial como para proponer 
un sistema distinto al del resto de la humanidad. 

Si hubiera que hacer una lista de las cosas que Roberto Merino
detesta,  las discusiones estarían muy arriba.

-Detesto al tipo que sabe "cómo son las cosas" 
y en realidad no sabe nada: 
solo habla más fuerte, dice la última palabra. 
Yo prefiero quedarme callado y decir una que otra estupidez. 
Me gusta el lugar de las minas en las discusiones. 
La otra vez le preguntaron a una en una comida: 
Oye, ¿cómo se llama el Presidente de Italia? 
Y la otra le abre los ojos de vuelta 
y le responde: ¿Me estái molestando? 
Esa sinceridad de no saber nada de nada me gusta mucho. 
Yo, cuando comienzan los énfasis, me empiezo a ir. 
Que la guerra del Golfo, que Afganistán, 
que lo que tenía que hacer Bush, que se equivocó. 
O sea, ¿cómo vai a saber vos en qué se equivocó Bush? 
¡Por Dios! Cómo tú, sentado en una mesa, 
vas a saber cómo se lleva un ejército 
de un continente a otro si no puedes solventar ni tu propia vida. 
Ahí empiezo a imaginar una colina con un arbolito arriba. 
Por suerte hace rato se me pasaron esos fantasmas.

-¿Qué fantasmas?

-El miedo de parecer tonto: un día descubrí 
que uno puede decir cualquier cosa y da un poquito lo mismo. 
Fue una gran liberación. Porque esa vergüenza de no conocer 
un autor, ese tipo de fantasmas, eran muy pelotudos. Y la sufrí. 

-¿Cuándo?

-En la universidad.

Merino entró en 1979 al Pedagógico. 

-Pude ejercitar la irresponsabilidad ilustrada. 
Leía, pero siempre me iba a dormir al pasto después. 
Me uní al grupo de marihuaneros, algunos auxiliares nos vendían. 
Había una diversidad total de gente, todos eran pájaros raros.

-Dicen que siempre te has sentido atraído por los locos.

-Es un mito. Al revés, a mí me han ligado siempre a los locos. 
Se me vienen encima: sobre todo cuando era más joven. 
Se me pegaban como imán. Me entretenían también. 
Ahora ya tengo otro tipo de precauciones: 
no quiero escuchar más hue... 
En ese tiempo quizás sí necesitaba: 
me podían tener clavado una hora hablándome delirios. 
Literalmente, uno me decía que lo hería la mirada 
de la virgen, que ella lo miraba y le dolían los ojos.

-En dictadura era una facultad muy política. 

-El grupo al que yo me vinculaba era antirrégimen, 
pero tácitamente nos reservábamos un lugar de no participación, 
siempre con notas estridentes. Yo siempre fui refractario. 
No me animaba a las causas comunes. 
Por ejemplo, todos estaban con una obsesión con Neruda: 
mostraban grabaciones, imágenes, era un poco exasperante. 
Había gente que leía eso con falso temblor, como religión impostada. 
Yo no, en parte era el placer de fregar la pita.

Merino había conocido años antes, durante un recital, 
a Rodrigo Lira, figura de culto de la poesía chilena, 
diagnosticado con esquizofrenia. 
En la universidad estrecharon lazos. 
La Noche Buena de 1981 Lira fue a la casa de San Isidro 
y se quedó hasta muy tarde, sentado en el escritorio de Merino.

-Estaba muy mal. Me manifestó su intención explícita de morir. 
Yo en ese tiempo todavía creía que se podía convencer a alguien 
de no hacerlo. Le mostré argumentos bien febles, del tipo: 
si uno está parado acá es por algo o no tenemos la facultad 
para impedir esto. Él me dijo que iba a esperar hasta el martes 
para suicidarse, porque su mamá le había tomado una hora 
con Marco Antonio de la Parra. Además, el sábado era su cumpleaños. 
Lo íbamos ir a ver.

Ese 26 de diciembre Lira se mató en su departamento. 

-Fue abismante. Yo creí que iba a esperar hasta el martes. 
Me apegué a esa posibilidad. Con el tiempo me queda la sensación 
de no haber leído bien los signos que él me dio esa noche. 
Hablaba en pasado de él mismo, pero yo confié en la idea falaz 
de que alguien que se quiere suicidar no se lo anuncia al resto, 
que era solo un aviso. Me equivoqué.

-¿Te cambió la idea que la pena es deseable en los poetas?

-Totalmente. Yo pensaba que el sufrimiento te validaba 
con ese narcisismo de creer que te marca como una estrella. 
Pero entendí que la tristeza podía acarrear cosas como esas.

El 83 Merino terminó la universidad. Estuvo tres años 
viviendo donde sus padres, haciendo nada, literalmente.

-Básicamente especulaba sobre cosas que podía hacer, 
pero finalmente no las hacía. Tuve algunas pegas chicas: 
trabajé de mozo en los cócteles y estuve en Puerto Montt 
lavando merluzas. Al principio estaba muy bien porque 
el agua estaba helada, pero a las tres de la tarde 
ya era una sopa asquerosa; los brazos 
me quedaban impregnados a pescado.

El 87 publicó su primer libro de poesía, 
Transmigración, la mayoría escritos que tenían ya cinco años. 
Alejandro Zambra era un estudiante esos años: 
"Merino era una figura fantasmal, todos hablaban de él, 
pero nadie lo veía nunca. Se sabía de sus amistades 
con Enrique Lihn y con Lira, pero cuando leí ese libro 
me impactó mucho. Era muy distinto a todo lo que se hacía, 
tenía un tono menor, pero era muy crítico con todo. 
Después como que desapareció de nuevo".

-Odiaba cualquier cosa complaciente -dice Merino-. 
Ese libro tienes ciertas pretensiones vanguardistas. 
No tenía cómo venderlo.

-¿No te preocupaba cómo ibas a ganar plata?

-No, y tenía algunas respuestas ensayadas. 
Decía: hay mucho trabajo, en las Naciones Unidas, por ejemplo. 
Era un irresponsable. Siempre pensé que algo iba a llegar.

-¿Que alguien te iba a encontrar genial 
y te iba a venir a buscar por lo bueno que eras?

-Sí, y más o menos es lo que me ha pasado.

Roberto Merino detestaba al lector; al lector como concepto.

-Para mí, el lector no existía. Lo que existía era el texto. 
Pensaba que había un uso valioso del lenguaje, que era lo literario 
y que se degradaba en la comunicación periodística.

Así y todo, empujado por la cesantía, cayó al periodismo, 
primero en Apsi y luego en Hoy. Comenzó ahí a escribir crónicas, 
varias sobre Santiago, con un estilo único de asociación libre: 
puede partir describiendo la expresión de un vendedor 
en una micro y terminar con Baudelaire.

-Juan Luis Martínez (poeta y artista visual) se enojó mucho. 
Me dijo: te vas al lugar del lenguaje vacío, de las palabras vacías. 
Yo le dije, con un poco de vergüenza, que tenía que vivir de algo. 
Hoy me ha solucionado mucho la vida. La escuela periodística 
es muy útil para los escritores, se nota mucho cuando alguien 
no ha pasado por ahí. El periodismo da una gama de soluciones, 
no es algo que te vaya a cercenar la creatividad.

Sus círculos siguieron siendo intelectuales. 
Frecuentaba a la que fuera su pareja, la pintora Natalia Bavarovic, 
a Germán Marín, Matías Rivas y Rafael Gumucio. 

Su impronta era la de un ermitaño: barba, ropa antigua, 
modos toscos, la caricatura de un escritor. 
"Puede parecer pose", dice Gumucio. "Pero no lo era. 
Merino era el original, fue así siempre. 
Por 20 años otros le han copiado, robado cositas. 
Otros que han ganado más notoriedad que él".

En los 90, Merino aterrizó en Don Balón, 
revista de fútbol. Ahí su cuerpo colapsó. 

-Me di cuenta por la falta de energía, 
que yo confundí con depresión.

-¿Habías tenido antes?

-La depresión es una descripción más actual. 
Cuando chico me pasaban cosas, 
pero no se describían como tal; estaba triste, melancólico. 
Incluso se usaba la expresión "muy nervioso", 
era un niño "muy nervioso". ¿Qué significaba eso? 
Ahora son todos casos clínicos que antes pasaban colados. 
Reconozco que pude haber tenido episodios depresivos, 
pero no había estructura para tratarlo. 
Me hubiesen dicho: ya, sale a jugar, ponte a estudiar.

Lo que tenía Merino era una pielonefritis, sin síntomas 
y, por consecuencia, sin tratamiento oportuno. 
Derivó en un trasplante a fines del 94.

-Estuve dos meses hospitalizado. 
Me enchufaron el riñón de una señora. 
Era gracioso, circulaba por acá otro caballero 
que también tenía un riñón de mujer y nos decían: 
ya están en condiciones de formar un club de señoras. 
Me ofrecieron la posibilidad de saber quién era ella, 
pero no quise y me equivoqué, debería haber 
hablado con la familia. Tuve un escrúpulo. 
Hay un diario de ese tiempo en el hospital. 
Me entretenía haciéndolo. Cuando llegaban los viejos, 
los médicos le hacían una entrevista larga sobre su vida, 
les preguntaban de todo, y yo iba anotando. 
Tengo que encontrarlo, quizás lo perdí a propósito.

Merino, tras estar al borde de la muerte, 
se recuperó y tomó decisiones inesperadas 
para su entorno: se casó y tuvo dos hijos.

-¿Te sirvió eso para combatir 
ese vacío existencial 
del que hablas en tus columnas?

-Esa sensación general de la vida me ha acompañado siempre. 
Pero no utilicé a mis hijos para llenar eso. 
Llega un momento en que uno se cansa de uno. 
No tenía nada que proteger, ninguna libertad, 
ninguna individualidad que cuidar. 
La gente que no quiere casarse o tener hijos 
está protegiendo la libertad de movimiento, su hedonismo.

-¿Cómo evolucionó tu salud mental en familia?

-Nunca ha sido muy buena. Pero con los hijos 
uno tiene que tomar decisiones metodológicas, 
dejar fuera ciertas cosas fantasmales. 
Hubo un tiempo en que yo defendía el tiempo de la escritura, 
la necesidad de transformarme en un ogro, encerrarme, 
que nadie me molestara para poder funcionar.

-¿Era una cosa de identidad?

-Sí, pero eran todos fantasmas; 
cuando tenía tiempo me dedicaba a ver tele. 
Pero estaba convencido de que sin ese espacio iba a quedar volando. 
Son mentiras que uno se cuenta a sí mismo, 
con las cuales vas armando un castillo y no dejas entrar a nadie, 
es muy hostil. Ahora tengo una relación profesional con la escritura. 

-Tener hijos y esas cuentas médicas 
también obligan a verlo como un trabajo. 

-Lo tengo claro. 

-¿Ya no tienes derecho de irte a la cresta?

-Ya no.

-¿Y lo echas de menos, la posibilidad?

-No. Porque ya no quiero irme a la cresta. 
Mi papá se fue la cresta 
y tengo una sensación de abandono vinculado a eso. 
A lo que más le tengo terror es a esa idea, abandonarse. 

-¿Te viste en ese camino?

-Sí, en un momento, cuando me enfermé, pensé: 
me voy a dejar caer, no tengo los huevos. 
Y no tenía hijos en ese momento. 
Después dije: estoy vivo y no puedo actuar de enfermo. 
Apliqué una voluntad de no hacerlo. 
Por eso tengo bloqueado el tema de la enfermedad, 
no quiero hablar de ella.

Roberto Merino detesta los lanzamientos de libros.

-Una vez escribí en una columna: 
Yo no voy a lanzamientos ni como presentador, 
ni como presentado, ni como público. 
Con eso calculé que no me iban a invitar más. 
¡Y me han invitado más que nunca! 
Eso es lo peor, la vida gremial del escritor: 
congresos, mesas redondas. No quiero ir a ninguna más. 
Los escritores parecen esos sapos que simulan 
varias veces su tamaño. Yo no quiero inflarme como sapo.

Roberto Merino ha publicado ocho libros. 
El más celebrado, probablemente, 
es En busca del loro atrofiado (2006), 
recientemente reeditado en Argentina. 
Escribirlo no fue idea de él. 
No tenía intención de hacerlo. 
"Un día le dije: Roberto, ya está terminado. 
Me respondió: ahhh. Se le había olvidado 
que se iba a hacer", dice Andrés Braithwaite, el editor. 

El libro es un compendio de columnas 
que publicó en Las Últimas Noticias entre 2001 y 2003. 
En el prólogo dice que fueron escritas 
en una época oscura de su vida "tan oscura 
como puede llegar a ser la noche más oscura del alma". 
Biográficamente coincide con la separación 
con su mujer, la periodista Carmen Vergara.

-Es un evento con el que no tengo una relación armónica. 
Cometí muchos errores que no me gustaría haber cometido. 

-No deja de llamar la atención 
que los textos más celebrados vengan de ese periodo.

-El sujeto que habla no es el que escribe 
y el que escribe no es el que vive, hay un tercero. 
Hay momentos de bajón y depresión 
en que los textos son completamente optimistas y divertidos. 
No podría hacer un libro de mi separación, 
no podría decir: esta es mi experiencia y espero que ayude. 
Mis columnas tienen mensajes codificados y privados, 
tirándole mierda a una persona específica o tratando 
de seducir a otra, pero es para que puedan entenderlo 
yo y el aludido, nadie más.

-Pero en alguien que escribe lo que ve, hay mucho de vida personal.

-Utilizo elementos de mi propia experiencia. 
Mantenía el pudor de usar el yo, pero ya lo perdí: 
me di cuenta de que es más humilde 
hablar de uno mismo que pontificar. 
¿Qué se cree esa gente que trata de decir cómo es el mundo? 
Yo no tengo idea, no podría hacer discurso 
de hacia dónde va la sociedad chilena, 
básicamente porque no tengo idea a dónde va.

-Muchos textos son sobre observación de gente común y corriente. 
¿Todo el mundo tiene historias que contar?

-Hay gente que no tiene nada que contar. 
O te puede contar las cosas de tal manera 
que te mata toda seducción; es más importante 
la idea que me hago yo de esa gente, 
que la gente en particular. Me conformo 
con el puro impulso. A veces bastan las conjeturas.

Las columnas de Merino, 
las que se transforman en sus libros, 
nacen, en su mayoría, en menos de una hora: 
no prepara ni piensa nada de antemano, 
cree en la rapidez y en lo automático del proceso. 
Pese a eso, Zambra dice: 
"Es el mejor prosista chileno vivo, no es una exageración. 
Es uno de los pocos que tiene un estilo discernible. 
Una vez leía la contratapa de un libro 
y supe que la había escrito él, sin haber visto la firma. 
Eso es poco común. Llevaba mucho tiempo 
siendo un secreto a voces. Me parece justa toda 
la atención que está teniendo. Justa y natural". 

Gumucio agrega: 
"Tiene una manera muy especial de decir las cosas. 
Si uno está aproblemado, y le pide consejo te dice: 
hazlo mal, trata de hacerlo pésimo. Y funciona. 
Sin querer se ha hecho de especie de maestro 
de muchos de los escritores de nuestra generación".

Juan Cristóbal Guarello es su amigo. 
Todos los sábados se juntan a tomar café al mediodía. 
"El día que se transforme en un rockstar va a empezar a perder. 
Su gracia es que se ha mantenido incontaminado 
de la efervescencia literaria, del mundillo. 
Le debe molestar estar ahora en esos márgenes, 
porque le irrita el discurso, el fanatismo. 
Su discurso es no tener discurso. 
No quiere transformarse en mascarón de proa de nada. 
Y bueno, por su salud también es difícil: 
no puede hacer viajes largos, eso le resta movilidad".

"No se toma en serio. Carece del sentido de obra. 
Ahora último, recién, le ha entrado un tema 
de que puede morirse y ha empezado 
a pensar en eso", dice otro cercano. 

Merino recibió un adelanto hace años de Random House, 
para lo que sería su primera novela: un texto 
largamente esperado en los círculos literarios. Pero no avanza. 
En el verano, cuando logró acumular material, 
le robaron el computador. Tampoco lo mortifica.

-Tengo la sensación de no tener tiempo, 
aún cuando lo tenga; entonces, 
cuando tengo tiempo,necesito no hacer nada. 

-Es raro no tener esa necesidad de escribir, 
pese a lo celebrado que eres, a las expectativas. 

-Yo lo identificaría con una tara mía, 
con una cierta tendencia 
al aplazamiento permanente, que no se justifica. 
A veces es más fácil vivir con la ilusión 
de que uno va a hacer algo, 
reservar eso de la juventud 
de que las cosas están un poco más adelante.

-Se podría confundir con falta de ambición.

-Puede ser que peque de falta de ambición. 
Todos los libros son ideas ajenas, no quería hacerlos. 
Solo escribo porque lo tengo incorporado a mi economía. 
Si las columnas no fueran pagadas, no las haría ni ca... 
Si me ganara una herencia, no escribiría más.

Roberto Merino detesta los feriados.

-Para el tipo que vive solo es el vacío. Es otro domingo más. 
Y esto de que sea irrenunciable, es tan fascista. 
Es un feriado islámico, está todo cerrado ¡Islámico!

Merino lleva 10 años separado. 
Su espacio vital, salvo los viajes al centro 
para hacer clases en la UDP, 
transcurre en una cuadra de Providencia, 
en Andrés de Fuenzalida. 
Camina cada vez menos. 
Su vida social se reduce al patio de la universidad, 
donde se instala con unos audífonos grandes 
para evitar que mucha gente se le acerque. 
Ve seguido a sus dos hijos adolescentes, 
ha pensado hacer una banda de rock con uno de ellos. 
Se dializa tres veces por semana. 
Tiene que trasplantarse de nuevo para mejorar su calidad de vida. 
En octubre fue a un recital de rock. En el público 
solo había una persona mayor que él: Jorge Sampaoli.

Hace tres semanas escribió 
una columna titulada "Caballero solo". 
Decía: El asunto es que yo llevo tantos años viviendo solo 
que ya podría ir ingresando a una categoría semejante (...) 
No estoy haciendo aspavientos dramáticos. 
Simplemente me extraña el hecho de llevar solo 
un tiempo tan prolongado sin haberme dado demasiada cuenta. 
Claro, hay indicios, la tendencia al monólogo 
ya sin vergüenza incluso en lugares concurridos, 
la lealtad neurótica a las rutinas diarias, 
la fobia a las invitaciones a alojar.

-¿Te asusta envejecer?

-Lo que no me gusta es que sigo teniendo 
una cabeza de 25 años en relación a las minas, 
y así puedes caer en conductas indecorosas. 
Me he visto sancionado socialmente, 
miradas que dicen "qué vergüenza". 
No me siento viejo en absoluto.

-Pero más allá de...

-Me angustia la vida de la gente de mi edad, 
los mismos con los que compartí ya no están para eso. 
La otra vez me cambié de casa y no podía decirle a nadie 
que me viniera a acompañar, porque tienen familias, 
hijos, son demandados, sin tiempo. 
Llevo mucho tiempo solo y me di cuenta 
a través de la ausencia de la televisión en la mudanza, 
por la falta de ruido. Usaba la televisión para diluir eso. 
No para darle un contenido dramático a la soledad.

-¿En qué notas tu edad mental de 25 años?

-Me enamoro igual que a los 25, 
me siguen gustando las mismas minas. 
La misma sensación, esa inseguridad adolescente. 
Tengo relaciones libidinales, no me refiero al sexo, 
si no en términos de que hay una llamita de deseo 
con otras personas, eso no se me ha apagado. 
Lo peor son las situaciones 0,0 libido, 
esas reuniones de puros hombres 
donde sabes que no va a salir nada.

-¿Tienes miedo de estar viejo y solo?

-Hay una especie de sombra por ahí. 
Una angustia universal. Confío en que no, 
confío en la estrella, en que algo va a pasar 
y me va a liberar de ese destinto tan cruel.

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