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3 oraciones


Oración universal para después de la Comunión 
(Atribuida al Papa Clemente XI)

Creo, Señor, fortalece mi fe; 
espero, Señor, asegura mi esperanza; 
amo, Señor, inflama mi amor; 
pésame, Señor, aumenta mi arrepentimiento.
      
Te adoro como a primer principio, 
te deseo como a último fin, 
te alabo como a bienhechor perpetuo, 
te invoco como a defensor propicio.

Dirígeme con tu sabiduría, 
contenme con tu justicia, 
consuélame con tu clemencia, 
protégeme con tu poder.

Te ofrezco, Señor, 
mis pensamientos para pensar en Ti, 
mis palabras para hablar de Ti, 
mis obras para obrar conforme a Ti
y mis sufrimientos para padecerlos por Ti.

Quiero lo que Tú quieres, 
lo quiero porque lo Tú quieres, 
lo quiero como Tú lo quieres, 
lo quiero en cuanto Tú lo quieres.

Te ruego Señor, 
que alumbres mi entendimiento, 
abrases mi voluntad, 
purifiques mi corazón, 
santifiques mi alma.

No me infecte la soberbia, 
no me altere la adulación, 
no me engañe el mundo, 
no me prenda en sus redes el demonio.

Concédeme la gracia 
de depurar la memoria, 
refrenar la lengua, 
recoger la vista, 
mortificar los sentidos.

Que llore las iniquidades pasadas, 
rechace las tentaciones futuras, 
corrija las inclinaciones viciosas, 
cultive las virtudes necesarias.
      
Concédeme, buen Dios, 
amor a Ti, 
olvido de mí, 
celo del prójimo, 
desprecio del mundo.

Procure 
obedecer a los superiores, 
atender a los que están a mi cargo, 
proteger y ayudar a los amigos, 
perdonar y orar por los enemigos.

Venza el deleite con la mortificación, 
la avaricia con la generosidad, 
la ira con la mansedumbre, 
la tibieza con el fervor.

Hazme prudente en los consejos, 
constante en los peligros, 
paciente en las adversidades, 
humilde en las prosperidades.

Haz, Señor, 
que sea en la oración, atento; 
en al comida, sobrio; 
en los deberes, diligente; 
en los propósitos, constante.

Que procure tener inocencia interior, 
modestia exterior, 
conversación edificante, vida recta.
      
Que me aplique con diligencia 
a domar mi naturaleza, 
a corresponder a la gracia, 
a guardar tu Ley, 
a merecer la salvación.

Que consiga la santidad 
con la confesión sincera de mis pecados, 
con la participación devota del Cuerpo de Cristo, 
con el continuo recogimiento del espíritu, 
con la pura intención del corazón.

Aprenda de Ti 
qué frágil es lo terreno, 
qué grande lo divino, 
qué breve lo temporal, 
qué duradero lo eterno.

Concédeme 
que me prepare a la muerte, 
que tema el juicio, 
que evite el infierno, 
que obtenga el paraíso.

      Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Oración de San Buenaventura

Traspasa, dulcísimo Jesús y Señor mío, 
la médula de mi alma con el suavísimo 
y saludabilísimo dardo de tu amor 
con la verdadera, pura y santísma caridad apostólica, 
a fin de que mi alma desfallezca y se derrita siempre
sólo en amarte y en deseo de poseerte. 

Que ansíe por Ti, que desfallezca en tus atrios, 
y que no aspire más que a verse libre para unirse contigo. 

Haz que mi alma tenga hambre de Ti, 
oh Pan de los Ángeles, alimento de almas santas, 
pan nuestro cotidiano, lleno de fortaleza, 
de dulzura, de suavidad, que a cuantos con él 
se nutren hace sentir las delicias de su sabor. 

¡Oh Jesús a quien los Ángeles 
desean siempre contemplar, 
haz que mi corazón sin cesar 
tenga hambre de Ti, se alimente de Ti, 
y lo más profundo de mi alma 
sea regalado con la dulzura de tus delicias. 

Que mi corazón tenga siempre sed de Ti, 
oh fuente de vida, manantial de sabiduría y de ciencia, 
río de luz eterna, torrente de delicias, abundancia de la casa de Dios. 

Que no ambicione otra cosa sino poseerte, 
que te busque y te encuentre, 
que a Ti me dirija y a Ti llegue, 
en Ti piense, de Ti hable 
y toda mis acciones encamine
a honra y gloria de tu nombre, 
con humildad y discreción, 
con amor y deleite, 
con facilidad y afecto, 
con perseverancia hasta el fin.

Que Tú sólo seas siempre mi esperanza, 
toda mi confianza, mi riqueza, mi deleite, 
mi contento, mi gozo, mi descanso y mi tranquilidad, 
mi paz, mi suavidad, mi olor, mi dulcedumbre, 
mi alimento, mi comida, mi refugio, mi auxilio, 
mi sabiduría, mi heredad, mi posesión, mi tesoro, 
en el cual esté siempre fija, firme y hondamente 
arraigada mi alma y mi corazón. 

Amén.

Oración de Santo Tomás de Aquino

Gracias de doy, Señor Santo, Padre todopoderoso, 
Dios eterno, porque a mí, pecador, indigno siervo tuyo, 
sin mérito alguno de mi parte, sino por pura concesión 
de tu infinita misericordia, te has dignado alimentarme 
con el precioso Cuerpo y Sangre de tu Unigénito Hijo mi Señor Jesucristo. 

Suplícote, que esta Sagrada Comunión no me sea ocasión de castigo, 
sino intercesión saludable para el perdón; sea armadura de mi fe, 
escudo de mi voluntad, muerte de todos mis vicios, 
exterminio de todos mis carnales apetitos, 
y aumento de caridad, paciencia y verdadera humildad, 
y de todas las virtudes: sea perfecto sosiego de mi cuerpo 
y de mi espíritu, firme defensa contra todos mis enemigos 
visibles e invisibles, perpetua unión contigo, único y verdadero Dios,
y sello de mi muerte dichosa. 

Ruégote, que tengas por bien llevar a este pecador 
a aquel convite inefable, donde Tú, con tu Hijo y el Espíritu Santo, 
eres para tus santos luz verdadera, satisfacción cumplida, 
gozo perdurable, dicha consumada y felicidad perfecta. 

Por el mismo Cristo Nuestro Señor. Amén.

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