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Las Alturas de Cantillana

 
A una hora de Santiago, la reserva Altos de Cantillana protege la última gran concentración de bosque esclerófilo del planeta. Un sitio considerado hotspot de la biodiversidad mundial, que hace sólo un año abrió al turismo y donde existe uno de los senderos más desconocidos y sorprendentes de la capital.   

Por Sebastián Montalva Wainer, desde Altos de Cantillana. 
Diario El  Mercurio, Revista del Domingo 7 de Octubre de 2012

A veces conviene mantener la boca cerrada. Sobre todo si uno anda en primavera por los (aún) poco conocidos senderos de la Reserva Natural  Privada  Altos de Cantillana, una hora al sur de Santiago. En esta época es posible encontrarse con unos revoltosos mosquitos chupasangre llamados jerjeles. Nada muy terrible en realidad, pero sin duda no son un amigo en tu camino.
Los jerjeles -que podrían competirles en insistencia a tábanos y telefonistas ofreciendo créditos y planes de celular- mueren desintegrados al primer palmazo, y tienen una extraña predilección por orejas, nariz, mejillas y -ya está dicho- la boca.
Puedo decirlo con propiedad: a medio camino del muy recomendable sendero que conduce al sector de Las Canchas, mientras iba jadeando en la subida, cometí un craso error: me puse a respirar por la boca. Entonces, un jerjel kamikaze se lanzó en picada y antes de darme cuenta ya lo tenía en la garganta. Por más que tosí, el insecto no quiso salir y tuvo que enfrentar su terrible destino.
En Altos de Cantillana, insisto, conviene mantener la boca cerrada, y dedicarse simplemente a admirar las particularidades de un paisaje natural que sorprende.
Parte de la Cordillera de la Costa, a un costado de laguna Aculeo, esta Reserva se extiende a través de 12 mil hectáreas entre las comunas de Melipilla, Alhué y Paine, y protege un ecosistema donde viven especies de flora endémica en peligro de extinción y vulnerables como el roble de Santiago, la avellanita y la palma chilena, entre otras; y fauna única como el lagarto Gruñidor de Valeria, además de zorros culpeos, chillas y cóndores. Una de las características principales es su alta pluviosidad, con 605 milímetros de lluvia promedio anual (casi el doble que en Santiago), lo que ayuda a mantener una vegetación verde y densa.
Altos de Cantillana, además, está considerado por la Organización Internacional para la Conservación como uno de los 34 hotspots del planeta por su alta diversidad de especies y las amenazas que enfrenta; y en abril de 2010 fue nombrado Santuario de la Naturaleza por el Gobierno de Chile. Sin embargo, sólo se abrió al turismo en enero del año pasado, y eso luego de que en 2007 los principales propietarios del lugar -cuatro familias dueñas de fundos en los alrededores: los Solo de Zaldívar, los Letelier, los Noé y los Murialdo- decidieran crear una corporación y una reserva natural que protegiera todo este sector en el que por siglos habían transitado sus familiares, arrieros y los vecinos de Pintué, Rangue y Villa Alhué, donde hoy se ven tantos huasos a caballo como jeeps con motos acuáticas.
En enero de 2011 se inauguró el centro de información ecológica a la entrada del parque, donde comienzan las principales excursiones por la zona. "Nuestra idea es que la reserva sea como un museo vivo", dice Fernanda Romero, una de las coordinadoras del proyecto y dueñas de la empresa Altos de Cantillana Expediciones, que tiene algo así como la concesión para operar las actividades en la reserva. "Queremos que los visitantes no vengan sólo por hacer deporte, sino para aprender del lugar y tomar conciencia de su protección".
El parque, de hecho, apoya varios estudios científicos, como uno que actualmente se hace sobre microbosques (hongos y líquenes) y otro sobre el impacto de animales domésticos en los carnívoros de la reserva, como zorros, quiques y gatos colocolo.
En Altos de Cantillana se pueden hacer rutas desde trekking y cabalgata de cuatro horas hasta expediciones de cinco días por las montañas. El sendero principal, que toma unas ocho horas ida y vuelta, es el que va al sector de Las Canchas (también conocido como Los Pozones, por sus pozas de agua), un antiguo punto de arreo de ganado donde aún se ven corrales de piedra. Una ruta de exigencia media (son cuatro horas de subida), que atraviesa solitarios bosques de pataguas, boldos y quillayes, y que, en varios sectores, regala estupendas vistas panorámicas de la laguna Aculeo -con paisajes que en esta época, de verde profundo, parecen sacados de Escocia- y, fundamentalmente, hacia la Cordillera de los Andes, que se ve como una auténtica muralla de picos nevados al fondo.
Caminando con la boca cerrada, además, se pueden escuchar claramente las curiosas historias del lugar. Historias que cuenta Ximena Romero, hermana de Fernanda, graduada de Ecoturismo en la U. Andrés Bello, guía de Altos de Cantillana Expediciones y eximia conocedora de la reserva: sus abuelos y papás son del pueblo de Los Hornos y, desde que ella era chica, la llevaban a subir estos cerros.
"Cuando era niña la sufría, porque como tenía las piernas más cortas, avanzaba muy lento", recuerda Ximena ahora, mientras avanzamos por un sendero bastante visible -y que está señalizado cada cierto tiempo por unos troncos de madera pintados de rojo-, y que progresivamente se va haciendo más duro: en varios tramos está roto por el paso de caballos, así que debemos caminar entre socavones y piedras sueltas.
La ruta comienza en el sector conocido como Los Hornos. Se llama así porque -dice Ximena Romero, quien escuchó esto de su abuelita- hacia 1800, sus tatarabuelos y otros vecinos solían venir desde Catemu -en la provincia de San Felipe, Región de Valparaíso- con sendos trozos de cobre. Y resulta que los viejos sabían que la madera del boldo -árbol que abunda en Altos de Cantillana- era un excelente combustible, capaz de generar tanto calor que lograba fundir el mineral. Justamente esto lo hacían en unos hornos cavados en el suelo, y que todavía se ven en la reserva.
Desde Los Hornos hay que continuar por el frondoso Bosque del Patagual, zona donde se realiza una de las rutas autoguiadas más sencillas. Tras atravesarlo, se sigue -en suave subida- hacia los sectores de El Gallo y Los Maquis, donde corre un pequeño estero que sirve para abastecerse de agua y que, por cierto, también tiene su historia.
"Mi abuelita nos contaba que en la época de la 'peste negra' (N. de la R.: en rigor, peste bubónica), a comienzos de 1900, mucha gente de aquí creía que el agüita corriente sanaba", dice Ximena, quien junto a sus amigos se ha dedicado a entrevistar a los vecinos más viejos del pueblo para recolectar estas historias. El asunto es que desde Pintué, Rangue o Los Hornos traían a los enfermos en carreta hasta este lugar, precisamente para que bebieran esta agüita corriente. Muchos murieron es cierto, pero otros sanaron. De ahí la leyenda.
Desde Los Maquis el sendero comienza a empinarse y, a nuestras espaldas, la laguna Aculeo se asoma cada vez más. El siguiente hito es un sector conocido como Portezuelo Delgado, donde ya se aprecia el valle en su totalidad y algo de la cuesta de Rangue, que se encarama sobre unas montañas. En unos minutos más aparece una explanada conocida como Plazoleta Ño Alejo, "porque hace como 70 años un señor llamado Alejo se quebró la pierna tras caer de su caballo, y estuvo tirado aquí hasta que lo encontraron, varios días después", cuenta Ximena.
Y un poco más arriba llegamos a otra explanada, el Portezuelo de La Fineza -no hay historia particular aquí-, desde donde se tiene una espectacular panorámica de todo el cajón de montañas. Al fondo se ven unas cascadas, que marcan el sector donde están Las Canchas (o Los Pozones): la meta, a unos 1.200 metros de altitud.
Desde aquí resta una última subida corta en zigzag y, luego, un pasadizo o traverse casi plano en la ladera del cerro que conduce a la Puerta del Espino, donde de jueves a domingo vive -más solo que Kung Fu- Luis Castillo, el asoleado guardaparque de la reserva y encargado de controlar el acceso a Las Canchas.
Luis Castillo viene de Rancagua y, por ahora, mientras se planea la construcción de un refugio, pasa sus solitarias noches instalado en una pequeña carpa que armó sobre una roca y que, nos cuenta, ayer se le voló y tuvo que ir a buscarla no se cuántos metros más abajo.
Pero Luis Castillo dice estar contento aquí. Si esto es pura tranquilidad. Salvo por los jerjeles.
Desde La Puerta del Espino son cinco minutos de marcha hasta Los Pozones, una serie de acumulaciones de agua perfectas para refrescarse tras la caminata, y donde puede verse el desamparo en que estuvo este sector hasta la creación de la reserva: hay varios grafitis en las rocas.
Aunque la idea original era meterse al agua, al llegar a Los Pozones el cielo se nubla repentinamente y comienza a correr un viento helado que obliga a abrigarse. Así que sacamos sándwiches, frutas, galletas y chocolates y, sólo con el ruido de la cascada de fondo, coronamos la ruta con un picnic al aire libre.
Al regreso bajamos en silencio por el mismo sendero, que al final resulta largo y monótono. Además, ya no hay mucho de qué hablar en verdad, y el cansancio hace pensar sólo en una cosa: llegar lo más pronto posible.
¿Los jerjeles? Creo que siguen allí, pero ya parecen inofensivos: yo, al menos, ahora sí voy con la boca cerrada.
 Datos prácticos
Llegar. Por la 5 Sur, pasar Buin y Paine y tomar la salida que dice Champa-Aculeo. Allí se paga un peaje de $500. Continuar por unos 20 kilómetros sin desviarse nunca. Pasado el pueblo de Pintué y el condominio Alto Laguna verá, a la izquierda, el portón de acceso a la reserva. Calcule una hora de viaje desde Santiago.
CAMINAR. El trekking descrito al sector de Las Canchas dura, con calma, ocho horas ida y vuelta. Debe hacerse con guías, lo que es muy recomendable no sólo por la información de flora, fauna e historia del lugar que se obtiene, sino porque el sendero -sobre todo en la parte alta- tiene algunas bifurcaciones donde es fácil perderse. La entrada a la reserva cuesta 3.000 pesos. Contacto al cel. (09) 9829 2901; www.altosdecantillana.com

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