Han pasado exactamente
tres décadas desde que
abandonamos con mi familia,
la casa en que me tocó vivir
desde que nací: Los Leones 73,
en la comuna de Providencia.
Aunque el lugar
es todavía reconocible,
el barrio en que viví
-ciertamente su atmósfera-
han desaparecido por completo.
Hoy se conjugan el deterioro
de lo que ya existía
con las intervenciones radicales
operadas en el entorno,
produciendo una sensación
de incoherencia brutal.
El 'Some Strangeness in the Proportion'
que contemplo allí, no corresponde
a la definición que Bacon dio para la belleza.
Desde esa perspectiva y escala
la antigua iglesia de San Ramón,
hoy Catedral Castrense,
conserva lo único importante:
a Cristo consagrado en el Sagrario;
también el artesonado de sus cielos,
su Cristo crucificado a un costado del acceso,
el piso, aunque no están los antiguos vitrales
que desaparecieron en los años ochenta
cuando la iglesia fue abandonada...
La crisis económica de comienzos
de dicha década impidió que fuese demolida
para levantar la filial chilena
de la tienda española por departamentos:
los famosos 'Almacenes Preciados'.
Tras el altar se instaló,
previa restauración, un hermoso mural
con la pintura del maestro Pedro Lira:
'Cristo sanando a los enfermos'
que se encontraba en avanzado estado
de deterioro en el Hospital Psiquiátrico
de Avenida La Paz.
Frente a las inmensas torres
que se yerguen a poca distancia
no vemos nada parecido a una catedral;
sin ánimo de recurrir a la ironía
-el término Sanhattan es en sí una parodia-
guardando las proporciones
la antigua parroquia vendría a ser
el equivalente de Trinity Church
en el bajo Manhattan, junto a Wall Street.
Estoy parado en la vereda
frente a la reja verde que existió desde siempre,
con uno de los fierros ligeramente combados,
por el cual en algunas ocasiones
hacíamos pasar con mi hermano menor
nuestras cabezas de niño
para arrancarnos a bañarnos a la piscina
de los Gaete a la vuelta de la esquina en Pío X.
Contemplo el porch
de baldosas ajedrezado
bajo la terraza semicircular,
y observo las adaptaciones
que se han operado en la casa
para convertirla
en la sede del Obispado Castrense.
Hay una imagen alba de la Virgen
en el jardín junto a lo que fue la biblioteca.
Las frondosas palmeras de las Canarias
plantadas hace un cuarto de siglo,
todavía no alcanzan la altura
venerable que le espera en la plena madurez
y ocultan, mientras tanto, parcialmente
la fachada que da a la calle.
Las ventanas del primer piso
tienen un tratamiento de espejo
que impide la visión hacia el interior.
En un momento veo mi imagen reflejada allí.
La mitad de mi vida transcurrió
mientras residía en dicha casa
y hoy, alguien que se acerca
a pasos agigantados, a fines del
año entrante, a iniciar mi séptima
década de vida en este planeta,
-si es que estoy vivo para entonces-
es al que veo reflejado en dicha ventana.
Esa persona que pareciera
observarme desde el interior,
resulta en definitiva
una imagen engañosa.
Lo que veo reflejado corresponde
al luminoso exterior y ciertamente
ya no soy el niño ni el joven que fui.
Las personas que vivieron allí,
en esta casa, en este barrio,
se han marchado a otros barrios...
o tal vez, muy probablemente de este mundo,
como mis propios padres y tantos seres queridos
que pasaron por esta casa y por estas calles vecinas.
Tal vez la mayoría, ya partió para siempre,
más allá del espacio y tiempo
que compartimos los que permanecemos
todavía en esa delgada tela, que frágilmente
ocupa una de las capas externas de esta planeta
y en el que bulle gozosa, abúlica, angustiante o dolorosa
ese misterio que llamamos vida...
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