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Lluvia de piedras

Lluvia de piedras
por Roberto Merino
Diario Las Últimas Noticias
Lunes 10 de Octubre de 2011

Me tocó hace poco quedar en medio
de uno de los desórdenes en la Alameda
y pude experimentar esa especie de irrealidad
que corona siempre las batallas.

Fue un momento no más, 
una tregua expectante,
la calle empapada,
cubierta de cascotes,
postes doblados,
cartones prendidos,
humo blanco de lacrimógenas.

Los grupos de manifestantes
permanecían en las veredas
en un acampanado silencio,
de alguna parte se proyectó 
una risa, silbidos, imprecaciones.

Me acordé de las iluminaciones
de los soldados de antes,
cuando veían insinuarse en el cielo
la figura de la Virgen
o los fuegos de San Telmo.

El hecho es que súbitamente
apareció el zorrillo por una esquina
pelando forros y comenzó el apedreo.

Los jóvenes se organizaron 
espontáneamente en un flujo de acción: 
en la medida en que el vehículo policial 
avanzaba iba enfrentando nuevos atacantes 
que se le venían encima lanzando camotazos.

El choque de las piedras
en el acero blindado como el granizo.

Mucha gente no se explica por qué
los jóvenes se involucran
en estos enfrentamientos.

Los motivos políticos no bastan.

Ese día creí entender algo:
la cuestión es extremadamente entretenida.

Parece que a nuestra vida corriente,
más o menos estable
a pesar de los problemas de siempre,
le falta por momentos
una inyección de adrenalina.

Es cierto que la expresión icónica
de las protestas es la rabia,
pero esa vez yo vi bastante alegría,
la alegría de la chacota, 
del malón, del chivateo.

Cuando se viene 
la sanción pública de los desmanes 
predominan dos tipos de reacción:
algunos sólo logran apreciar
el destrozo del mobiliario urbano
y se conduelen de ello,
justificando tácitamente los apaleos;
otros sólo tienen ojos para registrar
con sus celulares los abusos de carabineros.

Los primeros suelen ser 
conservadores de cualquier cuño
y los segundos denunciólogos escarnecidos.

Ambos bandos se dirigen acusaciones cruzadas
y no existe acuerdo sobre quién es el culpable,
el responsable o el provocador.

No tengo idea de cuál será
la solución de todo esto.

Los carabineros son expertos
en el manejo callejero de las masas,
pero en ocasiones lo he visto
pasivos ante un puñado de encapuchados
que destrozan vidrieras 
con todo el tiempo del mundo,
como en cámara lenta.

He llegado a pensar 
que la policía montada
debiera ser entrenada
en el uso de lazos o boleadoras:
sería un modo infalible de detener 
las iniciativas recalcitrantes 
de los pasados para la punta.

Se trata de un escenario irracional
en el que priman los instintos.

La palabra educación
suena en el fondo,
como un pretexto o un cliché.

Se exclama ¡educación!
ante cualquier auditorio
y se sacan aplausos.

Todo el mundo está
a favor de la educación
y en contra de la violencia
"venga de donde venga",
pero aquí seguimos, 
agarrados del moño,
avivando cuecas irreconciliables
en medio de lluvias
periódicas de peñascazos.

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