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Bolaño, sobreviviente


Considerar a Bolaño un genio suena excesivo. Era un gran escritor. Y era un sobreviviente del anonimato y la indiferencia del medio literario.

por Alvaro Matus - 

ESTE DOMINGO 14 de julio se cumplen 10 años de la muerte de Roberto Bolaño y, aunque suene paradójico, estos son también los 10 años en que ha estado más presente que nunca. Y en esto hay más de literatura que de marketing y moda.

Para empezar, lo innegable: el autor chileno escribió un puñado de novelas breves excepcionales (Estrella distante, Nocturno de Chile, Amuleto) y dos cimas de la literatura en nuestra lengua: Los detectives salvajes y 2666. La primera es un torrente de juventud y la segunda, de crueldad. Con esa prosa rápida pero que sabe dilatarse y dejar al lector suspendido en microhistorias que parecieran no tener nada que ver con el nudo central de la novela, el autor nos hace testigos de la pasión de un grupo de jóvenes por la poesía vista como un modo de vida, una variante del coraje y la libertad. Luego, en 2666, la vocación literaria es atravesada por el horror de la historia del siglo XX europeo y, sobre todo, por los sistemáticos asesinatos de mujeres perpetrados en Ciudad Juárez, lugar donde para Bolaño se condensaba el mal en estado puro.

Como cuentista, bastaría con decir que Ultimos atardeceres en la tierra califica en cualquier antología del género, sin importar la lengua, la época, el tema. En esas páginas está, sencillamente, todo.

Dicho lo anterior, ya es momento de reconocer que Bolaño fue un poeta discreto y que La pista de hielo, Una novelita lumpen y Amberes son novelas menores. Otros libros aparecidos en forma póstuma tampoco ayudan a acrecentar su prestigio, aunque de eso al autor no le cabe ninguna responsabilidad. 

Buena parte de la euforia global que ha suscitado se debe al impacto que produjo en EEUU, donde llegó en calidad de mito: poeta revolucionario, vagabundo, preso en 1973, consumidor de heroína, que produce una obra sobre las dictaduras y que, como broche, muere en el momento en que ha logrado torcerle la mano al destino. Un estudio de Sarah Pollack publicado en la revista Comparative Literature plantea que la figura de Bolaño responde a lo que el lector gringo espera de la literatura latinoamericana hoy, considerando que el realismo mágico estaba totalmente agotado: una mezcla de James Dean, Rimbaud y Che Guevara.

Considerar a Bolaño un genio suena excesivo. Era un gran escritor. Y era un sobreviviente, no de las guerras políticas ni de las drogas, sino del anonimato y la indiferencia del medio literario. Su despegue comenzó cuando tenía 43 años, pero las cantidades de páginas acumuladas demuestran la entrega absoluta a su vocación. En los últimos siete años desplegó un talento especial para arremeter contra las vacas sagradas y recomendó a sus contemporáneos con una generosidad poco frecuente: como quien abre las ventanas de una habitación enrarecida, planeó por toda la literatura continental y dijo lean a Rey Rosa, lean a Castellanos Moya, lean a Aira, lean a Fogwill.

El escepticismo que le producían el éxito, la fatuidad y el poder lo convirtieron en un escritor cercano y querible. Veía la escritura como un combate en el que el creador tiene todas las de perder. La inmortalidad no existe, repetía una y otra vez. A la hora de erigirse en punta de lanza de una generación, esa actitud vale tanto como su talento narrativo.

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