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Tom Jones: “Hoy, si no haces acrobacias vocales, no eres moderno”

Artículo
Diario El Mercurio, Wikén, Viernes 01 de Junio de 2012



Sarah Vine
The Times, Londres
Una lluviosa mañana en Londres, estoy en el bar del Hotel Charlotte Street, esperando encontrarme con Tom Jones. Para matar el tiempo, les pregunto a los seguidores del Times en Twitter qué les gustaría que le preguntara al señor de la canción, al rey del hip–flick, al galés vivo más importante del mundo. Y llega la respuesta: “¿Qué hizo con los calzones de todas esas mujeres?”. Diablos. Y yo pensaba que éste era un diario serio.
Se lo transmito a su publicista. “Oh no, por el amor de Dios no le preguntes eso”, dice, horrorizado. “Se volverá loco”. Y entonces aparece, chaqueta negra, pantalones negros, pelo gris, barba blanca, bronceado, entrando por la puerta giratoria del hotel, acompañado de su mánager (su hijo Mark), y los calzones pasan al olvido. Un escalofrío recorre a los asiduos del café del hotel: incluso a sus 71, el carisma del hombre es evidente.
Estamos aquí supuestamente para hablar sobre su nuevo álbum, “Spirit in the Room”, la continuación del aclamado por la crítica “Praise & Blame”. Es una introspectiva, una conmovedora colección de blues, desde Tom Waits hasta Paul McCartney. Pero también estamos aquí por el fenómeno que es Tom Jones, este galés de nariz torcida (demasiadas peleas cuando niño) y caderas de serpiente que ha sobrevivido cinco décadas en el negocio de la música para terminar atrayendo a 11 millones de televidente, en una noche, a "The Voice", el programa estelar de la BBC.
Pero parece que ni siquiera eso es suficiente. Esta semana hizo su primera incursión como actor desde que en 1996 apareciera representándose a sí mismo en la película de Tim Burton “Marcianos al Ataque”, junto a Alison Steadman en “King of the Teds”, de Sky Arts. En estricto rigor, nuevamente se está interpretando a sí mismo –o una versión de sí mismo–, algo así como lo que él hubiera sido si la fama no le hubiera llegado a sus veinte años.
“Esto le dije a Jim Cartwright (director de ‘King of the Teds’)”, dice Jones. “Le dije: ‘Tú debes haber leído de dónde vengo, dónde he estado y dónde crecí y todo eso, porque soy yo, yo si no hubiera tenido éxito. Yo era un Teddy en Pontypridd, cantando de bar en bar. Igual que este personaje. Pero él fracasó. Él no tuvo éxito como cantante, porque ella se embaraza y se casan, y él trabaja en una fábrica y eso lo destruye”.
La melancolía Galesa
A estas alturas, estamos sentados en una habitación acolchada y sin ventanas, reclinados en incómodos sillones. Algo decepcionante, sir Tom está tomando agua y café. Tal vez es por este espectro dramático de su propio fracaso, tal vez es por su edad, pero parece estar bastante serio. Quiere hablar sobre su álbum. Yo, sobre calzones. Pero aunque trato, no logro encontrar una entrada. Es todo muy melancólico y... bueno, galés. Él se ríe: “Es divertido, porque cuando estoy discutiendo con Steadman en la película ella dice ‘Oooh, ya te pusiste melancólico de nuevo, estás extrañando Inglaterra’, y yo le digo ‘Bueno, soy galés, ¿qué esperas?”’.
En la película, el personaje de Jones es torturado por el pensamiento de qué hubiera pasado si en lugar de quedarse por hacer lo correcto, se hubiera ido para realizar su sueño. En su propia vida, Jones nunca ha mirado atrás. “Cuando partí por primera vez a vivir a Estados Unidos”, dice, “alguien me preguntó ‘¿Qué crees que pensarán los muchachos galeses de que te hayas mudado a América?’ Y yo respondí ‘¿A qué te refieres?’ Ellos estaban enojados cuando me mudé a Londres. Para ellos Londres o Los Angeles, es lo mismo. ¿Cuál es la diferencia? No es Gales. Así son ellos”.
Hoy en día apenas le quedan motivos para visitar sus raíces. Él y su esposa Linda todavía viven principalmente en Los Angeles, mientras su hijo y su nuera están en Henley. Tiene una nieta en Cambridge, estudiando Arquitectura, y un nieto que “finalmente se puso serio”, y está dando sus exámenes de contabilidad. ¿Y nadie ha heredado esa famosa voz? “Oh sí, mi hijo canta maravillosamente. Y mi nieto. Él mide 1,85 m., tiene buena pinta, parece un modelo y tiene la voz de un ángel. Yo le digo: ‘Alexander, canta algunas canciones. Es mucho más fácil que estudiar tanto’. La escuela solía darme tiritones. Soy disléxico, ya sabes”.
La vida a la sombra de Jones no ha sido fácil, al menos no para su mujer, quien ha tenido que soportar todos esos lanzamientos de ropa interior y mucho más. Evadir las preguntas sobre su vida privada es algo que Jones ha transformado en arte. En mi caso, él adopta una suerte de sordera selectiva. Me conformo con preguntar si Jones ha sentido alguna vez que su movedizo estilo de vida tuvo efectos adversos en su mujer o su hijo, Mark (sin mencionar a Jonathan Jones Barkery, de 22 años –producto de un romance con una modelo estadounidense– y a quien se niega a conocer).
“Sí, claro”, reconoce. “Mark pasó por una mala racha. Se volvió alcohólico. Pero gracias a Dios no ha bebido en 13 o 14 años. Él puede ordenar el vino. Puede olerlo, pero no puede beberlo, no puede tocarlo. Me alegra que trabaje para mí, y mi nuera también. Me alegra que se haya casado con alguien que se preocupa, no con una cabeza hueca. Yo tuve suerte. Sólo me enamoré de una chica, nos casamos y resultó”.
Hay algo de dureza en Jones que no cuadra con su imagen de donjuán despreocupado y encantador. Si alguna vez fue ingenuo, ahora no queda rastro de ello. Está en este negocio porque ahí es precisamente donde quiere estar, y hará lo que sea necesario para estar en la cima. Hoy en día, hay que estar en los programas de talentos. En los ochenta, el dinero estaba en lo country y western (“durante algunos años estuve cavando mi propia tumba”). Después Las Vegas, los duetos del tipo de Stereophonics. En los sesenta, eran los programas de televisión con mujeres gritando y bailes.
Me da la sensación de que en la familia Jones no puede haber habido mucho espacio para la introspección ni para la pérdida de tiempo. Aunque suene cursi, la vida en el negocio del espectáculo siempre iba a ser mejor que una carrera en la marina mercante o en las minas. “Yo quería ser cantante profesional para no tener que hacer otra cosa”, dice. “Pensaba, si sólo pudiera cantar, entonces estaría listo. ¡Si me quejo de eso, alguien tendría que agarrarme a patadas! ¿Entiendes a qué me refiero? Porque si tienes éxito en lo que realmente amas, no hay nada mejor. No puede haber”.
Ésta debe ser la razón de por qué, en una etapa de la vida en que la mayoría de los hombres están empezando a bajar el ritmo, Jones se está reinventando en múltiples plataformas. En el negocio de la música pop, por ejemplo, él es muy claro: primero tiene que estar el talento. Todo lo demás es arreglable, pero tienes que ser capaz de sostener una nota. “No es por criticar a Simon Cowell (el famoso jurado de ‘American Idol’ y ‘The X factor’)”, dice, “pero éste es el asunto. Recuerdo que había una chica en uno de los programas en Estados Unidos, hace un par de años, y ella estaba totalmente perdida. O sea, cantó la canción en tres notas diferentes. Así de mal estaba. Pero a él le gustaba su aspecto y cómo se movía y le dijo: ‘Eres una estrella’. Y Paula Abdul le dijo: ‘Simon, es desafinada’, y él respondió ‘Bueno, ¿qué importa?”’.
Tampoco es muy fanático del estilo vocal moderno. “No lo tomes a mal, creo que hay grandes voces. Pero las compañías disqueras oyen algo y quieren más. Así que ahora si no sudas la gota gorda, si no haces acrobacias vocales, piensan que no eres lo suficientemente moderno. Jackie Wilson lo hizo años atrás, pero cuando lo hizo, calzó con lo que era. Hoy en día, como piensan que está de moda, lo hacen porque sí. Es muy ingenioso, pero tienes que tener un vibrato rápido para hacerlo. Hay un chico en el programa ‘The Voice’ que estuvo con Amy Winehouse y cantó ‘(Sittin’on) the dock of the bay’ para su audición ciega. Cuando Otis Redding la cantó, lo hizo de forma muy simple. Si te pasas de listo con la canción, le quitas todo el significado”.
El “chico” en cuestión es, por supuesto, Tyler James, el protegido de Will.i.am, amigo cercano de Winehouse. “Pobre Amy Winehouse”, dice. “Al menos alguien como Whitney Houston dejó un legado de grandes cosas pero pobre Amy, apenas estaba calentando motores. Me hubiera encantado trabajar con Houston, pero nunca llegué a hacerlo”.
¿Piensa él que el mundo de la música es especialmente duro para las mujeres por la presión de verse bien? Aretha Franklin, por ejemplo, ¿habría pasado las audiciones de "Factor X"? Si estuviera comenzando hoy en día, ¿obtendría un contrato? “Yo creo que sí. Ella luchaba con su figura porque le gustaba comer. Se estaba matando de hambre con el fin de tratar de encajar en el molde. Pero la voz... Una vez hice un show con ella y yo estaba como ‘Hola amor, ¿cómo te va?'(pone voz sexy). El volumen que salía de esa mujer era tremendo”, dice.
El mismo Jones disfruta el trago, aunque las drogas nunca han sido lo suyo. Siempre se ha mantenido en forma, primero a través del trabajo, luego corriendo, hoy en día en el siempre presente gimnasio del hotel. También tiene suerte de que su famosa voz apenas ha cambiado, tal vez sólo volviéndose un poco más baja.
El nuevo material también es un poco más indulgente que los exitazos con los que se hizo famoso. Son más tipo blues, más roncos, se espera que sean un poco menos prolijos. “Con estas canciones no estoy persiguiendo las cifras. Si llega, llega. Cuando se lanzó ‘Praise & Blame’, llegó al número 2. Si no hubiera sido por el maldito Eminem hubiera sido número 1”.
¿Qué tal un dúo con Eminem? Se ríe. “Bueno, yo puedo cantar y él puede rapear, eso estaría bien”. 

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