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Porta Fidei - Carta Apostólica de S.S. Benedicto XVI convocando a un «Año de la Fe»‏








CARTA APOSTÓLICA
EN FORMA DE MOTU PROPRIO
PORTA FIDEI
DEL SUMO PONTÍFICE
BENEDICTO XVI
CON LA QUE SE CONVOCA EL AÑO DE LA FE

1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), 
que introduce en la vida de comunión con Dios 
y permite la entrada en su Iglesia, 
está siempre abierta para nosotros. 

Se cruza ese umbral 
cuando la Palabra de Dios se anuncia 
y el corazón se deja plasmar 
por la gracia que transforma. 

Atravesar esa puerta 
supone emprender un camino 
que dura toda la vida. 

Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), 
con el que podemos llamar a Dios 
con el nombre de Padre, 
y se concluye con el paso 
de la muerte a la vida eterna, 
fruto de la resurrección del Señor Jesús 
que, con el don del Espíritu Santo, 
ha querido unir en su misma gloria 
a cuantos creen en él (cf. Jn17, 22). 

Profesar la fe en la Trinidad 
–Padre, Hijo y Espíritu Santo– 
equivale a creer en un solo Dios 
que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): 
el Padre, que en la plenitud de los tiempos 
envió a su Hijo para nuestra salvación; 
Jesucristo, que en el misterio 
de su muerte y resurrección redimió al mundo; 
el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia 
a través de los siglos en la espera 
del retorno glorioso del Señor.

2. Desde el comienzo 
de mi ministerio como Sucesor de Pedro, 
he recordado la exigencia de redescubrir 
el camino de la fe para iluminar 
de manera cada vez más clara 
la alegría y el entusiasmo renovado 
del encuentro con Cristo. 

En la homilía de la santa Misa 
de inicio del Pontificado decía: 
«La Iglesia en su conjunto, 
y en ella sus pastores, 
como Cristo han de ponerse en camino 
para rescatar a los hombres del desierto 
y conducirlos al lugar de la vida, 
hacia la amistad con el Hijo de Dios, 
hacia Aquel que nos da la vida, 
y la vida en plenitud»[1]. 

Sucede hoy con frecuencia 
que los cristianos se preocupan mucho 
por las consecuencias sociales, culturales 
y políticas de su compromiso, 
al mismo tiempo que siguen considerando la fe 
como un presupuesto obvio de la vida común. 

De hecho, este presupuesto 
no sólo no aparece como tal, 
sino que incluso con frecuencia es negado[2]. 

Mientras que en el pasado era posible 
reconocer un tejido cultural unitario, 
ampliamente aceptado en su referencia 
al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, 
hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, 
a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa 
y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). 

Como la samaritana, también el hombre actual 
puede sentir de nuevo la necesidad 
de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, 
que invita a creer en él y a extraer el agua viva 
que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). 

Debemos descubrir de nuevo 
el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, 
transmitida fielmente por la Iglesia, 
y el Pan de la vida, ofrecido como sustento 
a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). 

En efecto, la enseñanza de Jesús 
resuena todavía hoy con la misma fuerza: 

«Trabajad no por el alimento que perece, 
sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). 

La pregunta planteada por los que lo escuchaban 
es también hoy la misma para nosotros: 
«¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). 

Sabemos la respuesta de Jesús: 
«La obra de Dios es ésta: 
que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). 

Creer en Jesucristo es, por tanto, 
el camino para poder llegar 
de modo definitivo a la salvación.

4. A la luz de todo esto, 
he decidido convocar un Año de la fe. 

Comenzará el 11 de octubre de 2012, 
en el cincuenta aniversario 
de la apertura del Concilio Vaticano II, 
y terminará en la solemnidad 
de Jesucristo, Rey del Universo, 
el 24 de noviembre de 2013. 

En la fecha del 11 de octubre de 2012, 
se celebrarán también los veinte años 
de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, 
promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II,[3]
con la intención de ilustrar a todos los fieles 
la fuerza y belleza de la fe. 

Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, 
fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 
como instrumento al servicio de la catequesis[4], 
realizándose mediante la colaboración 
de todo el Episcopado de la Iglesia católica. 

Y precisamente he convocado 
la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, 
en el mes de octubre de 2012, 
sobre el tema de La nueva evangelización 
para la transmisión de la fe cristiana. 

Será una buena ocasión para introducir 
a todo el cuerpo eclesial en un tiempo 
de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. 

No es la primera vez que la Iglesia 
está llamada a celebrar un Año de la fe. 

Mi venerado Predecesor, 
el Siervo de Dios Pablo VI, 
proclamó uno parecido en 1967, 
para conmemorar el martirio 
de los apóstoles Pedro y Pablo 
en el décimo noveno centenario 
de su supremo testimonio. 

Lo concibió como un momento solemne 
para que en toda la Iglesia se diese 
«una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; 
además, quiso que ésta fuera confirmada de manera 
«individual y colectiva, libre y consciente, 
interior y exterior, humilde y franca»[5]. 

Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir 
una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, 
para purificarla, para confirmarla y para confesarla»[6]. 

Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, 
hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. 

Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios[7], 
para testimoniar cómo los contenidos esenciales 
que desde siglos constituyen el patrimonio 
de todos los creyentes tienen necesidad 
de ser confirmados, comprendidos 
y profundizados de manera siempre nueva, 
con el fin de dar un testimonio coherente 
en condiciones históricas distintas a las del pasado.

5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor 
vio ese Año como una «consecuencia y exigencia postconciliar»[8], 
consciente de las graves dificultades del tiempo, 
sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera 
y a su recta interpretación. 

He pensado que iniciar elAño de la fe 
coincidiendo con el cincuentenario 
de la apertura del Concilio Vaticano II 
puede ser una ocasión propicia 
para comprender que los textos 
dejados en herencia por los Padres conciliares, 
según las palabras del beato Juan Pablo II, 
«no pierden su valor ni su esplendor. 

Es necesario leerlos de manera apropiada 
y que sean conocidos y asimilados 
como textos cualificados y normativos 
del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] 

Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio 
como la gran gracia de la que la Iglesia 
se ha beneficiado en el siglo XX. 

Con el Concilio se nos ha ofrecido 
una brújula segura para orientarnos 
en el camino del siglo que comienza»[9]. 

Yo también deseo reafirmar con fuerza 
lo que dije a propósito del Concilio 
pocos meses después de mi elección 
como Sucesor de Pedro: 

«Si lo leemos y acogemos guiados 
por una hermenéutica correcta, 
puede ser y llegar a ser cada vez más 
una gran fuerza para la renovación 
siempre necesaria de la Iglesia»[10].

6. La renovación de la Iglesia 
pasa también a través del testimonio 
ofrecido por la vida de los creyentes: 
con su misma existencia en el mundo, 
los cristianos están llamados efectivamente 
a hacer resplandecer la Palabra de verdad 
que el Señor Jesús nos dejó. 

Precisamente el Concilio, 
en la Constitución dogmática Lumen gentium
afirmaba: «Mientras que Cristo, 
“santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), 
no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), 
sino que vino solamente 
a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), 
la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, 
es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, 
y busca sin cesar la conversión y la renovación. 

La Iglesia continúa su peregrinación 
“en medio de las persecuciones del mundo 
y de los consuelos de Dios”, 
anunciando la cruz y la muerte del Señor 
hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). 

Se siente fortalecida 
con la fuerza del Señor resucitado 
para poder superar con paciencia y amor 
todos los sufrimientos y dificultades, 
tanto interiores como exteriores, 
y revelar en el mundo el misterio de Cristo, 
aunque bajo sombras, sin embargo, 
con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz»[11].

En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación 
a una auténtica y renovada conversión al Señor, 
único Salvador del mundo. 

Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, 
ha revelado en plenitud el Amor que salva 
y llama a los hombres a la conversión de vida 
mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). 

Para el apóstol Pablo, este Amor 
lleva al hombre a una nueva vida: 

«Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, 
para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos 
por la gloria del Padre, así también nosotros 
andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). 

Gracias a la fe, esta vida nueva 
plasma toda la existencia humana 
en la novedad radical de la resurrección. 

En la medida de su disponibilidad libre, 
los pensamientos y los afectos, la mentalidad 
y el comportamiento del hombre se purifican 
y transforman lentamente, en un proceso 
que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. 

La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) 
se convierte en un nuevo criterio de pensamiento 
y de acción que cambia toda la vida del hombre 
(cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).

7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): 
es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones 
y nos impulsa a evangelizar. 

Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo 
para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). 

Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí 
a los hombres de cada generación: 
en todo tiempo, convoca a la Iglesia 
y le confía el anuncio del Evangelio, 
con un mandato que es siempre nuevo. 

Por eso, también hoy es necesario 
un compromiso eclesial más convencido 
en favor de una nueva evangelización 
para redescubrir la alegría de creer 
y volver a encontrar 
el entusiasmo de comunicar la fe. 

El compromiso misionero de los creyentes 
saca fuerza y vigor del descubrimiento 
cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. 

La fe, en efecto, crece cuando se vive 
como experiencia de un amor que se recibe 
y se comunica como experiencia de gracia y gozo. 

Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón 
en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: 
en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan 
para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra 
para ser sus discípulos. 

Como afirma san Agustín, 
los creyentes «se fortalecen creyendo»[12]. 

El santo Obispo de Hipona 
tenía buenos motivos 
para expresarse de esta manera. 

Como sabemos, su vida 
fue una búsqueda continua 
de la belleza de la fe 
hasta que su corazón 
encontró descanso en Dios.[13]

Sus numerosos escritos, 
en los que explica la importancia 
de creer y la verdad de la fe, 
permanecen aún hoy 
como un patrimonio de riqueza sin igual, 
consintiendo todavía a tantas personas 
que buscan a Dios encontrar el sendero justo 
para acceder a la «puerta de la fe».

Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; 
no hay otra posibilidad para poseer la certeza 
sobre la propia vida que abandonarse, 
en un in crescendo continuo, 
en las manos de un amor 
que se experimenta siempre 
como más grande porque tiene su origen en Dios.

8. En esta feliz conmemoración, 
deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe 
a que se unan al Sucesor de Pedro
en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece 
para rememorar el don precioso de la fe. 

Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. 

Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe 
para ayudar a todos los creyentes en Cristo 
a que su adhesión al Evangelio 
sea más consciente y vigorosa, 
sobre todo en un momento de profundo cambio 
como el que la humanidad está viviendo. 

Tendremos la oportunidad de confesar 
la fe en el Señor Resucitado 
en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; 
en nuestras casas y con nuestras familias, 
para que cada uno sienta con fuerza 
la exigencia de conocer y transmitir mejor 
a las generaciones futuras la fe de siempre. 

En este Año, las comunidades religiosas, 
así como las parroquiales, y todas 
las realidades eclesiales antiguas y nuevas, 
encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo.

9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente 
la aspiración a confesar la fe con plenitud 
y renovada convicción, con confianza y esperanza. 

Será también una ocasión propicia 
para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, 
y de modo particular en la Eucaristía, 
que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia 
y también la fuente de donde mana toda su fuerza»[14]. 

Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida 
de los creyentes sea cada vez más creíble. 

Redescubrir los contenidos de la fe 
profesada, celebrada, vivida y rezada[15], 
y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, 
es un compromiso que todo creyente 
debe de hacer propio, sobre todo en este Año.

No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos 
estaban obligados a aprender de memoria el Credo. 

Esto les servía como oración cotidiana 
para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. 

San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, 
cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, 
dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez 
y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras 
en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, 
sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] 

Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre 
en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; 
algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle 
y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, 
incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón»[16].

10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil 
para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe 
sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos 
de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. 

En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree 
y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. 

El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad 
cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). 

El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe 
es don de Dios y acción de la gracia que actúa 
y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.

A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. 

Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, 
fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; 
entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón 
para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). 

El sentido que encierra la expresión es importante. 

San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos 
que se han de creer no es suficiente si después el corazón, 
auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia 
que permite tener ojos para mirar en profundidad 
y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.

Profesar con la boca indica, a su vez, 
que la fe implica un testimonio y un compromiso público. 

El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. 
La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. 

Y este «estar con él» nos lleva a comprender 
las razones por las que se cree. 

La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, 
exige también la responsabilidad social de lo que se cree. 

La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia 
esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. 

Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión 
y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.

La misma profesión de fe es un acto personal 
y al mismo tiempo comunitario. 

En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. 

En la fe de la comunidad cristiana 
cada uno recibe el bautismo, 
signo eficaz de la entrada en el pueblo 
de los creyentes para alcanzar la salvación. 

Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: 
«“Creo”:  Es la fe de la Iglesia profesada personalmente 
por cada creyente, principalmente en su bautismo. 

“Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada 
por los obispos reunidos en Concilio 
o, más generalmente, 
por la asamblea litúrgica de los creyentes. 

“Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, 
que responde a Dios por su fe 
y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”»[17].

Como se puede ver, 
el conocimiento 
de los contenidos de la fe 
es esencial para dar el propio asentimiento, 
es decir, para adherirse plenamente 
con la inteligencia y la voluntad 
a lo que propone la Iglesia. 

El conocimiento de la fe 
introduce en la totalidad 
del misterio salvífico revelado por Dios. 

El asentimiento que se presta implica por tanto 
que, cuando se cree, se acepta libremente 
todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad 
es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor[18].

Por otra parte, no podemos olvidar 
que muchas personas en nuestro contexto cultural, 
aún no reconociendo en ellos el don de la fe, 
buscan con sinceridad el sentido último 
y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. 

Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, 
porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. 

La misma razón del hombre, en efecto, 
lleva inscrita la exigencia 
de «lo que vale y permanece siempre»[19]. 

Esta exigencia constituye una invitación permanente, 
inscrita indeleblemente en el corazón humano, 
a ponerse en camino para encontrar a Aquel 
que no buscaríamos si no hubiera ya venido[20]. 

La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.

11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, 
todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica 
un subsidio precioso e indispensable. 

Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. 

En la Constitución apostólica Fidei depositum
firmada precisamente al cumplirse 
el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, 
el beato Juan Pablo II escribía: 

«Este Catecismo es una contribución importantísima 
a la obra de renovación de la vida eclesial... 

Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe 
y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial»[21].

Precisamente en este horizonte, 
el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime 
para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, 
sintetizados sistemática y orgánicamente 
en el Catecismo de la Iglesia Católica. 

En efecto, en él se pone de manifiesto 
la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, 
custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. 

Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, 
de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, 
el Catecismo ofrece una memoria permanente 
de los diferentes modos en que la Iglesia 
ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, 
para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.

En su misma estructura, 
el Catecismo de la Iglesia Católica 
presenta el desarrollo de la fe 
hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. 

A través de sus páginas se descubre 
que todo lo que se presenta no es una teoría, 
sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. 

A la profesión de fe, de hecho, 
sigue la explicación de la vida sacramental, 
en la que Cristo está presente y actúa, 
y continúa la construcción de su Iglesia. 

Sin la liturgia y los sacramentos, 
la profesión de fe no tendría eficacia, 
pues carecería de la gracia 
que sostiene el testimonio de los cristianos. 

Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo 
sobre la vida moral adquiere su pleno sentido 
cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.

12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica 
podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, 
especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, 
tan importante en nuestro contexto cultural. 

Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe 
a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, 
redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes 
algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera 
más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.

En efecto, la fe está sometida más que en el pasado 
a una serie de interrogantes que provienen 
de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, 
reduce el ámbito de las certezas racionales 
al de los logros científicos y tecnológicos. 

Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar 
cómo entre la fe y la verdadera ciencia 
no puede haber conflicto alguno, porque ambas, 
aunque por caminos distintos, tienden a la verdad [22].

13. A lo largo de este Año, será decisivo 
volver a recorrer la historia de nuestra fe, 
que contempla el misterio insondable 
del entrecruzarse de la santidad y el pecado. 

Mientras lo primero pone de relieve 
la gran contribución que los hombres y las mujeres 
han ofrecido para el crecimiento y desarrollo 
de las comunidades a través del testimonio de su vida, 
lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero 
y constante acto de conversión, con el fin 
de experimentar la misericordia del Padre 
que sale al encuentro de todos.

Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, 
«que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): 
en él encuentra su cumplimiento todo afán 
y todo anhelo del corazón humano. 

La alegría del amor, 
la respuesta al drama 
del sufrimiento y el dolor, 
la fuerza del perdón ante la ofensa recibida 
y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, 
todo tiene su cumplimiento 
en el misterio de su Encarnación, 
de su hacerse hombre, 
de su compartir con nosotros 
la debilidad humana para transformarla 
con el poder de su resurrección. 

En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, 
se iluminan plenamente los ejemplos de fe 
que han marcado los últimos dos mil años 
de nuestra historia de salvación.

Por la fe, María acogió la palabra del Ángel 
y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios 
en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). 

En la visita a Isabel entonó 
su canto de alabanza al Omnipotente 
por las maravillas que hace en quienes 
se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). 

Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, 
manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc2, 6-7). 

Confiada en su esposo José, 
llevó a Jesús a Egipto para salvarlo 
de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). 

Con la misma fe siguió al Señor 
en su predicación 
y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). 

Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús 
y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), 
los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo 
para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).

Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). 

Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, 
que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). 

Vivieron en comunión de vida con Jesús, 
que los instruía con sus enseñanzas, 
dejándoles una nueva regla de vida 
por la que serían reconocidos 
como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). 

Por la fe, fueron por el mundo entero, 
siguiendo el mandato de llevar 
el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) 
y, sin temor alguno, anunciaron a todos 
la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.

Por la fe, los discípulos formaron 
la primera comunidad reunida 
en torno a la enseñanza de los Apóstoles, 
la oración y la celebración de la Eucaristía, 
poniendo en común todos sus bienes 
para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).

Por la fe, los mártires entregaron su vida 
como testimonio de la verdad del Evangelio, 
que los había trasformado y hecho capaces de llegar 
hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.

Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, 
dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, 
la pobreza y la castidad, signos concretos 
de la espera del Señor que no tarda en llegar. 

Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones 
en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, 
que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos 
y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).

Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, 
cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), 
han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús 
allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: 
en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño 
de los carismas y ministerios que se les confiaban.

También nosotros vivimos por la fe: 
para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, 
presente en nuestras vidas y en la historia.

14. El Año de la fe será también una buena oportunidad 
para intensificar el testimonio de la caridad. 

San Pablo nos recuerda: 

«Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. 
Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). 

Con palabras aún más fuertes 
—que siempre atañen a los cristianos—, 
el apóstol Santiago dice: 

«¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, 
decir que tiene fe, si no tiene obras? 
¿Podrá acaso salvarlo esa fe? 

Si un hermano o una hermana 
andan desnudos y faltos de alimento diario 
y alguno de vosotros les dice: 
“Id en paz, abrigaos y saciaos”, 
pero no les da lo necesario para el cuerpo, 
¿de qué sirve? 

Así es también la fe: 
si no se tienen obras, 
está muerta por dentro. 

Pero alguno dirá: 
“Tú tienes fe y yo tengo obras, 
muéstrame esa fe tuya sin las obras, 
y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).

La fe sin la caridad no da fruto, 
y la caridad sin fe sería un sentimiento 
constantemente a merced de la duda. 

La fe y el amor se necesitan mutuamente, 
de modo que una permite a la otra seguir su camino. 

En efecto, muchos cristianos 
dedican sus vidas con amor 
a quien está solo, marginado o excluido, 
como el primero a quien hay que atender 
y el más importante que socorrer, 
porque precisamente en él se refleja 
el rostro mismo de Cristo. 

Gracias a la fe podemos reconocer 
en quienes piden nuestro amor 
el rostro del Señor resucitado. 

«Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, 
mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): 
estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, 
y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. 

Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, 
y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo 
cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. 

Sostenidos por la fe, miramos con esperanza 
a nuestro compromiso en el mundo, 
aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva 
en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).

15. Llegados sus últimos días, 
el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo 
que «buscara la fe» (cf. 2 Tm 2, 22) 
con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15). 

Escuchemos esta invitación 
como dirigida a cada uno de nosotros, 
para que nadie se vuelva perezoso en la fe. 

Ella es compañera de vida 
que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos 
las maravillas que Dios hace por nosotros. 

Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, 
nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo 
de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. 

Lo que el mundo necesita hoy de manera especial 
es el testimonio creíble de los que, 
iluminados en la mente y el corazón 
por la Palabra del Señor, son capaces 
de abrir el corazón y la mente de muchos 
al deseo de Dios y de la vida verdadera, 
ésa que no tiene fin.

«Que la Palabra del Señor 
siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): 
que este Año de la fe haga cada vez 
más fuerte la relación con Cristo, el Señor, 
pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro 
y la garantía de un amor auténtico y duradero. 

Las palabras del apóstol Pedro 
proyectan un último rayo de luz sobre la fe: 

«Por ello os alegráis, 
aunque ahora sea preciso padecer un poco 
en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, 
más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, 
se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor 
en la revelación de Jesucristo; 
sin haberlo visto lo amáis 
y, sin contemplarlo todavía, creéis en él 
y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, 
alcanzando así la meta de vuestra fe; 
la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). 

La vida de los cristianos conoce 
la experiencia de la alegría y el sufrimiento. 

Cuántos santos han experimentado la soledad. 

Cuántos creyentes son probados también en nuestros días 
por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. 

Las pruebas de la vida, 
a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz 
y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), 
son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: 

«Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). 

Nosotros creemos con firme certeza 
que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. 

Con esta segura confianza nos encomendamos a él: 
presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc11, 20), 
y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, 
permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.

Confiemos a la Madre de Dios, proclamada 
«bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), 
este tiempo de gracia.

Dado en Roma, junto a San Pedro, 
el 11 de octubre del año 2011, 
séptimo de mi Pontificado.

BENEDICTO XVI


[1] Homilía en la Misa de inicio de Pontificado (24 abril 2005): AAS 97 (2005), 710.  
[2] Cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa en Terreiro do Paço, Lisboa (11 mayo 2010), 
en L’Osservatore Romano ed. en Leng. española (16 mayo 2010), pag. 8-9.
[3] Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992): AAS 86 (1994), 113-118.
[4] Cf. Relación final del Sínodo Extraordinario de los Obispos (7 diciembre 1985), II, B, a, 4, 
en L’Osservatore Romano ed. en Leng. española (22 diciembre 1985), pag. 12.
[5] Pablo VI, Exhort. ap. Petrum et Paulum Apostolos, en el XIX centenario 
del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo (22 febrero 1967): AAS 59 (1967), 196.
[6] Ibíd., 198.
[7] Pablo VI, Solemne profesión de fe, Homilía para la concelebración en el XIX 
centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo, 
en la conclusión del “Año de la fe” (30 junio 1968): AAS 60 (1968), 433-445.
[8] Id., Audiencia General (14 junio 1967): Insegnamenti V (1967), 801.
[9] Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 57: AAS 93 (2001), 308.
[10] Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 52.
[11] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 8.
[12] De utilitate credendi, 1, 2.
[13] Cf. Agustín de Hipona, Confesiones, I, 1.
[14] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 10.
[15] Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992): AAS 86 (1994), 116.
[16] Sermo215, 1.
[17] Catecismo de la Iglesia Católica, 167.
[18] Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius, sobre la fe católica, cap. III: DS 3008-3009; 
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 5.
[19] Discurso en el Collège des Bernardins, París (12 septiembre 2008): AAS 100 (2008), 722.
[20] Cf. Agustín de Hipona, Confesiones, XIII, 1.
[21] Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992):AAS 86 (1994), 115 y 117.
[22] Cf. Id., Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998) 34.106: AAS 91 (1999), 31-32. 86-87.

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