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Leer a pie por Leonardo Sanhueza



Diario Las Últimas Noticias, martes 3 de julio de 2012

Cuando uno lee caminando 
provoca reacciones extrañas 
en los demás peatones.

Todos creen que uno va distraído,
que chocará con ellos
o que pronto será tragado
por un hoyo de alcantarillado
o cablerío telefónico,
pero lo cierto es que uno 
va extremadamente atento
a las posibles amenazas del itinerario;
es más, uno llega a aprenderse 
el camino de memoria,
bache por bache,
a pesar de mirarlo desenfocado,
siempre en segundo plano,
como un marco de realidad nebulosa
alrededor y detrás del libro.

En general, 
son los otros transeúntes,
los no lectores, quienes 
no se fijan por donde caminan,
así que uno tiene que andar esquivándolos,
como un slalom de palitroques vivos.

Por lo mismo quizás,
por esa difuminada concentración,
al lector caminante 
le suceden las cosas más raras
que a los caminantes rasos.

Ejemplo:  cruzando la Costanera Sur
a la altura del puente del Arzobispo,
me he encontrado cuatro veces
con el fotógrafo Álvaro Hoppe,
quien, por cierto, ha sacado
su camarita para inmortalizarme.

Estos encuentros con Hoppe
ya parecen un chiste:
la casualidad llevada
al punto de lo inverosímil.

A veces la realidad se mezcla así,
por partida doble, con la literatura,
de modo que el monótono espacio urbano
se convierte en una especie de campo minado
y, en cada esquina o en cada vuelta de página,
puede estallar un motivo de asombro.

Ahora mismo, mientras caminaba
hacia esta sala de redacción,
la Plaza Italia se empezaba 
a llenar de banderas azules
e hinchas extraordinariamente felices,
entre quienes tuve que pasar como un ninja.

Iba leyendo Catálogo de juguetes,
de Sandra Petrigrani,
la parte dedicada a las tapitas.

Como lo avisa su título,
el libro es una pormenorizada
colección de recuerdos
de juguetes de hace cincuenta años.

Inevitablemente cada juguete mencionado
lo induce a uno a revisar su propia memoria,
a ver qué hay allí de semejante o distinto.

La parte de las tapitas 
es elocuente sobre eso:
dice la escritora italiana 
que en su infancia
envolvían las tapitas de bebidas
con el papel metálico
de los caramelos o chocolatines
y las guardaban en una caja de zapatos,
como si fuera un cofre con doblones.
Qué delicadeza.

Nosotros éramos más brutos:
las usábamos de pelota
y jugábamos al hoyito patada
en los largos y resbaladizos
pasillos de la escuela.

El hoyito patada
era un juego muy sencillo:
era parecido al fútbol,
con la diferencia 
de que el objetivo
no era hacer goles,
sino evitar a toda costa
que la tapita pasara
"de hoyito" entre las piernas,
caso en el que uno 
se hacía acreedor
de una inenarrable pateadura.

Crucé el puente Pío Nono
pensando esas cosas:
lo brutos, lo bestias que éramos.

Las banderas de Los de Abajo
ya menguaban cuando 
dejé un momento la lectura
del Catálogo de juguetes,
interrumpida ahora
en la parte del trencito eléctrico,
para contemplar el contraste absoluto:
dos parejas de bailarines
ejecutaban sus pasos de ballet
mientras duraba el semáforo en rojo.

Sus mallas ajustadísimas,
sus falditas vaporosas,
su belleza, su perfección:
nada en ellos calzaba
con la realidad circundante.

El duro pavimento
que azotaba sus ligerísimos pies,
los automovilistas feos
que se quedaban pasmados
por aquella sonrisa de ángel,
el torpe semáforo que,
parpadeando, anunciaba
el abrupto final 
de ese instante de gracia.

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