Es verdad que asignarle un nombre a algo
no significa que entendamos de lo que estamos hablando;
aunque los nombres, muchas veces,
por sí solos, sí resulten significativos
para quien los pronuncia.
Al nombrar ciertas palabras
pueden darse resonancias afectivas y entrañables,
o el vocablo alberga quizá una sonoridad bella y sugerente.
El término Chucao,
con su característico llamado,
resuena en la mente
como el eco por excelencia
del bosque nativo
de la región centro-sur de Chile.
No es lo mismo contemplar las cumbres nevadas
como bellezas innombradas de la cordillera de los Andes,
que responder a su majestuosidad diciendo:
Nevados Ojos del Salado, Aconcagua,
Tinguiririca, Nevados de Longaví,
Descabezado Grande y Chico, Antuco,
Lonquimay, Copahue, Choshuenco, Hornopirén...,
así como no es equivalente pasearse
por la maravilla de un bosque nativo
y disfrutarlo sin distinguir un peumo de un quillay,
un canelo de un arrayán, un bollén de un frangel
o un bosque de ñirres y coigües que de uno de lengas.
El rol del lenguaje como un tipo de andamiaje
que sostiene y estructura lo que recordamos
sea tal vez una de las causas por la cual
conservamos tan pocos de los recuerdos
de la más temprana infancia.
Enriquece saber que tras el nombre de los árboles,
existen asociaciones vegetales y también planta-animal.
El reconocer los volcanes por su nombre,
puede que nos lleve a conocer su historia
y lo que causa sus erupciones
y comprender algo más acerca
de la dinámica de la orogenia local
y de la geología de la Tierra en general.
El nombre puede ser el comienzo
de una hebra que nos conduzca
a nuevos descubrimientos
cuyo otro extremo tal vez
nunca lleguemos a conocer,
pero que, como el horizonte,
nos impulsará a aproximarnos a éste,
para ver qué hay más allá...
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