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La madre de todos los vicios


 

por Francisco Javier Olea
Diario El Mercurio, martes 8 de mayo de 2012
http://diario.elmecurio.om/2012/05/08/ya/revista_ya/n-a276-4fed-922b-68839a77c0f6.htm


Freud se ensañó con las mamás. Las cargó de responsabilidades afectivas, físicas e incluso sobre la futura sexualidad de los hijos. La figura materna se convirtió en el fin y el origen de todo. Hoy las mamás están confundidas. Dicen que, hagan lo que hagan, se van a equivocar. En estas siete tipologías, más allá de un homenaje, hay esbozadas algunas respuestas para esas madres y las madres de esas madres, y así por los siglos de los siglos, amén.

Mamá escudo

Es la versión galvanizada de la madre sobreprotectora. Es una tipología materna que arrastra desde su infancia el fantasma de la privación. Las 2 horas sin comer antes de ir a misa, las 4 sin echarse bocado antes de meterse en una piscina. Sufrió para mantener, bajo amenaza de castigos, su vestido impecable mientras saltaba la cuerda y qué decir de lo que le costó mantenerlo sin mácula hasta llegar al sagrado matrimonio. La madre escudo construyó un blindaje emotivo en torno a su frágil mundo, sin riesgos y con una cancha rayada tan pequeña como la que se usa para jugar rayuela. En este hermético y esterilizado feudo introduce al hijo, transmitiéndole de las formas más diversas su descubrimiento: que el mundo es una jungla, un ejército de monstruos hambrientos que no lo atacarán mientras se parapete en sus faldas. Más adelante, esa madre abrirá un poco la guardia y dejará entrar a alguna pareja, algo de tecnología y ese hijo podrá construir su propio escudo.
 
Mamá ¿y ahora qué?

Este tipo de madre es producto de la paranoia pura y dura. Seguramente fue la hermana del medio, entre dos hombres que le hicieron la vida imposible en los albores del bullying. Lo más probable es que se haya clavado un chinche ubicado estratégicamente en la silla al sentarse. Que se haya encontrado una lagartija en el zapato o le hayan hecho sabanitas cortas. Seguramente creció y se enamoró de un hombre que la amó, la dejó y, además, la estafó. Este tipo de madre está siempre alerta, atenta, con la guardia bien arriba para amortiguar los golpes. El hijo, entonces, asoma como una amenaza constante. Un total desconocido de comportamiento impredecible que en cualquier momento puede sorprenderla y dejarla inerme. Cada acercamiento es como abrir una puerta y entrar a una habitación completamente oscura, donde el hijo puede dejar en evidencia la precariedad de sus estructuras. Están seguras de que sus hijitos se van a mandar embarrada tras embarrada, porque no confían en nadie. Pobrecitas.

Mamá terapia 

La madre terapia creció en un seno intelectual, de cuestionamientos profundos. Lo más probable es que sus padres hayan sido muy autoritarios, y esa contradicción entre un mundo que se llena de preguntas y otro que no las acepta, puede que haya incubado en ella la duda eterna, la insatisfacción y la controversia constante. Al crecer, rompió con todo y agarró sus maletas y se fugó con una grupo de hippies o una secta Osho. Conoció las drogas y la meditación trascendental. Practicó el amor libre y a la larga su mundo se desinfló entre humos densos y gurús charlatanes. Se dio la vuelta de carnero y se casó de blanco. Y como nadie le enseñó a ser mamá, replicó los vicios autoritarios de sus padres sin darse cuenta y entró en profundas crisis existenciales. "No soy de aquí ni soy de allá". Entonces, cayó en crisis con la pareja porque no la entiende, crisis con los hijos que la encuentran neurótica e inconsecuente. Es cuando esta madre comienza su periplo terapéutico que no terminará jamás.

Mamá delegadora

Esta madre es producto de una niñez exigente, donde los resultados y las soluciones tienen que ser significativamente más grandes que los problemas. Es muy probable que sus padres hayan tenido algún boliche y que ella, además de la ausencia de ellos por las obligaciones propias de manejar una Pyme, haya percibido los golpeteos de las teclas de la caja registradora que se grabaron en su memoria como pequeños triunfos sonoros. Trató de ser una buena estudiante y seguramente recibió premios como el espíritu del colegio, pero nunca la mejor compañera. Estudió en la universidad alguna carrera con tintes masculinos y se trató de integrar al mundo, aprovechando la caída de la muralla de testosterona. Este tipo de mamá, se ufana de sus logros laborales, de su manejo de equipos y destreza en la toma de decisiones, y lo prolonga a la crianza. Celulares para todos, monitoreo constante. Equipo de apoyo y de contingencia compuesto por nanas, abuelos y suegros. Sus hijos son sus subalternos.

Mamá payaso

Esta tipología materna tiene un antecedente en la fantasía más brutal. Fue producto de padres que le hicieron creer toda la vida que era una princesa y que los árboles eran de algodón. Vivió la vida entre vestidos de raso y calderos plagados de monedas de oro al final del arcoíris, arcoíris que partía en sus ojos y terminaba en los de sus padres. Nunca supo qué era una pena. Siempre pensó que se llamaban "ruiditos en el corazón". Y todo este universo rosado, plagado de unicornios y bastones de dulce, de pronto se enfrenta a la crianza con el único objetivo de evitar el sufrimiento. Evitar a toda costa el olor a pavimento que se siente después de darse un golpazo en el suelo. La pena no existe. Prácticamente la realidad, como todos la conocemos, no existe. Entonces esta mamá decora y maquilla todo con algo que ella llama felicidad y payasea y cree que en la tristeza habita el lobo, que la adversidad es un bosque plagado de ellos dispuestos a quitarte tus manzanas y tus monedas de oro.
 
Mamá supra-orgullosa

Seguramente este tipo de madre fue una de las tantas hijas de una familia tradicional numerosa. Esas niñitas que pululan por las casonas como sonámbulas, chasconas, con los tobillos llenos de piñén, en un mundo propio. Seguramente al verla su papá y llamarla por su nombre no acertaba y la llamaba por el nombre de su hermana dos años mayor. Esa sensación de espectro, de ocupar un espacio en el mundo tan irremplazable como el de una piedra, se convierte en su sombra y está tan consciente de eso que promete no repetir el error. Entonces es madre, de uno o dos, no de diez porque necesita prestarles toda su atención, decirles lo maravillosos y especiales que son. Y esta pobre madre, que quiere reconstruir su vida en la de sus hijos, empieza a encontrar que su niño obeso no es gordo, que su niño que le pega con la cuchara a la mesa hasta doblarla es un músico y gran percusionista, que su hijo que escupe al resto es un payasín. 
 
Mamá científica

Si de algún lugar provienen estas madres es de unos padres permisivos, sin estatutos. Defensores acérrimos de la autorregulación. De una familia donde el nivel intelectual justifica este comportamiento y es suficiente como para confiar que la criatura, mientras vaya creciendo no se va a mandar ninguna embarrada. Esta futura madre, que crece con esa estructura endeble mezcla de ensayo y errores, desarrolla una personalidad empírica que la hace buscar teorías y justificar científicamente las acciones de su crianza. Es la típica consumidora de libros de portadas coloridas que hablan de cómo hacer dormir a un niño o cómo enfrentarlo y reducirlo en caso de una pataleta. Son madres que siempre manejan el dato, el autor, el artículo de revistas que no venden en ninguna parte. Convierten a sus pobres hijos en conejillos de indias aplicándoles gotas, música oriental, comida alternativa, aromaterapia, extraños lenguajes, porque, como todas, no quieren cometer los mismos errores.

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