La Noche en Casa Ajena
por Roberto Merino
Diario Las Últimas Noticias, lunes 7 de mayo de 2012
Es asombrosa la facilidad
con que los niños de hoy
se quedan a dormir en casas ajenas.
La invitación con alojamiento,
que hace cuarenta años
despuntaba como moda
en cierto tipo de familias,
es ahora una costumbre generalizada,
una forma de socialización.
Yo diría que comenzó a darse
junto a la tendencia "infanto-juvenil"
de decirles tíos a los padres de los amigos.
Lo sé bien porque
me quedé fuera de ambas prácticas,
pero las vi de cerca en su origen.
Nunca pude llamar tío a nadie
que no cumpliera
cabalmente esa condición:
la de la relación familiar.
Incluso me parece incómodo
hablar del "tío Roberto"
para referirse a Roberto Parra,
como lo hace todo el mundo
con naturalidad.
O sea, tío será, pero de otros.
La palabra tío, por lo demás,
adquiere con facilidad
una connotación de lascivia
cuando se le saca del reducto familiar.
El viejo verde,
de dedos reumáticos,
engalanados con anillos,
se hará llamar tío
por su joven protegida
llegada de la provincia,
de la que obtiene compañía
y alguno que otro arrumaco sexual
a cambio de manutención.
"Una sobrina que tengo por ahí",
dirá con cinismo, dejando abierto
el campo a la interpretación lúbrica
mientras deja ver tras la sonrisa
unos dientes mochos tapados de nicotina.
En el rubro de la prostitución al viejo estilo,
tía era la forma de referirse a la cabrona.
La expresión "la tía Carlina"
tuvo para mi generación
un efecto entre libidinal y humorístico,
casi como conjuro:
bastaba que alguien la enunciara
para generar risillas, miradas cómplices
e imaginaciones sórdidas.
Pero estaba en otro asunto:
quedarse a alojar afuera
produce, para los niños,
en primera instancia,
un innegable atractivo;
pero otra cosa es
esa realidad ominosa
que proyectan
los interiores ajenos
para el huésped
que no puede conciliar el sueño.
Las escaleras, las balaustradas,
los espejos y los cuadros,
iluminados por la luz de la calle,
adquieren personalidades siniestras,
y los pasillos dan la impresión
de que encubrieran a un enemigo.
Cuando uno vive solo
estos problemas se acentúan.
De alguna forma la soledad
sabe criar sus lealtades en el corazón
de quien termina junto a ella.
El hombre solo
no quiere dormir en la casa
de los que no están solos:
no quiere adormecerse lánguidamente
en esa intimidad prestada,
ilusoria en su caso.
Tampoco quiere, por lo demás,
someterse a un orden desconocido,
al régimen de baños, toallas
y pijamas de los demás.
La soledad, que comienza siendo
una condición existencial,
al cabo de un tiempo no es más
que una colección de hábitos.
Uno regresa a su departamento
por las noches con el dejo
de un animal que ha pasado el día
merodeando por su subsistencia.
El lugar propio tiene algo de covacha
o de guarida de mamífero, y en ella
opera literalmente la idea
de "echar los huesos"
o caer como bulto, sepultarse,
suspenderse y desaparecer.
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