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Fotos



por Gustavo Santander
Diario El Mercurio, Revista Ya, Martes 08 de Mayo de 2012

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Al ver la imagen no puedo distinguir bien su estado de ánimo. Es una mujer guapa, de unos treinta años. Tiene el cabello claro sin llegar a ser rubio, la mirada verde y la piel blanca como el agua de arroz. No lleva demasiado maquillaje, aunque la forma en que se ha pintado el contorno de los ojos enfatiza el esplendor de su mirada. Aparece de pie junto a dos mujeres y un hombre, todos -excepto ella- miran a la cámara y sonríen excesivamente. Diría que ella ni siquiera mira al fotógrafo. Su mirada está ligeramente tornada hacia la derecha, como si algo fuera del recuadro llamara su atención, como si de pronto hubiese visto pasar a alguien. Alguien. Un niño, un hombre. La fotografía conserva esos colores tan característicos del revelado de los ochenta y, en el extremo inferior derecho, figura una fecha: 24 de mayo de 1980. Ese día ella estaba de cumpleaños. Sin embargo, a pesar de que asumo que están en una celebración, ella no se ve contenta, no parece estar enteramente involucrada en el festejo. Su festejo. Por la vestimenta imagino que aquella tarde hizo frío, el frío de mayo santiaguino, pero no lleva colores grises ni oscuros, al revés, viste de un verde especial y lleva una pañoleta azul enrollada al cuello. El hombre de la foto la abraza ligeramente -tibiamente, sería el adjetivo correcto- pero ella no se da por enterada, sus manos no lo tocan, no lo buscan. Es como si se tratara de una pose decorativa. De un guión visual planteado por las convenciones. El hombre de la foto tiene una mirada cautivadora y, a pesar de la sonrisa falsa, mira a la cámara con cierto encanto. Las otras mujeres deben ser invitadas, amigos que se fueron perdiendo con los años y los cambios de barrio. Casi colándose por el encuadre aparece un pedazo de mesa con bocaditos, una distracción que el fotógrafo no detectó o a la que simplemente no le dio importancia. Probablemente a ella le dijeron también que sonriera y no quiso hacerlo o quizás lo hizo, pero al momento de disparar la foto algo la hizo cambiar de actitud. El hecho es que su rostro es más bien nostálgico, perdido en otro lugar, levantando ligeramente los labios sin llegar a dibujar una sonrisa. La fotografía está pegada en un álbum antiguo, un poco decolorado, que ella ha dejado sobre su cama abierto justamente en esa página. Treinta y dos años después ha recordado ese momento y se ha detenido en él, quién sabe porqué. En la cama aún puedo ver la forma de su cuerpo, los pliegues y surcos en el plumón que prueban que estuvo buen rato ahí viendo cómo fue pasando su vida. Me pregunto por qué el hombre la abraza tibiamente. Por qué ella no sostiene su mano. Probablemente se trató de una pelea doméstica, un olvido en el supermercado, un comentario desafortunado. O quizás no. El hombre de la foto, que es mi padre, parece no darle mucha importancia al asunto y se ve feliz.
Mamá aparece en el umbral de la puerta y me sorprende viendo sus fotografías. "Tantas fotos que guarda uno ¿no?" me dice, como justificando su arranque de nostalgia. Los años han desvanecido la firmeza de su rostro, agregándole arrugas, pero sus ojos siguen siendo tan vivos como antes. "¿Vamos a caminar un rato?" le pregunto, y ella sonríe como una niña que ha sido sacada a bailar. "Vamos" responde mientras se acomoda el cabello, y ahueca el brazo para que pase el mío por ahí, y ríe coquetamente, recordando quizás cuando salía a caminar con mi padre, cuando esas fotos que se tomaban ni siquiera se proyectaban como futuros recuerdos.

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