La ciudad permanece sumergida
en la espesura de una bruma intangible.
La tarde parece detenerse
y el sol, apenas suspendido por
sobre el perfil del conjunto de elevaciones
que conforman el cordón del cerro Manquehue,
difunde su tenue luz por todo el valle de San Damián.
Las hojas traslucen el otoño
iluminadas como con desgano
por esta linterna sideral, la que es
interceptada por un conglomerado
de trozos de tela vegetal
conformando la riquísima
paleta de verdes, rojos y amarillos
que parecieran necesitar captar
las últimas gotas de luz y calor
que la estación regala,
antes de recogerse
a la larga noche invernal.
La vasta gama de variaciones intermedias
se fragmentan y multiplican caleidoscópicamente
distrayendo la mirada de un observador más bien melancólico
que se deja llevar por este especie de sopor original.
La quietud del atardecer es una invención del silencio;
no se necesita más, ya está compuesta la sonata otoñal...
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