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Pájaros de cuneta *



por Roberto Merino

Pájaros de cuneta
UNO
La relación entre los escritores y las calles rinde para mí, en primera instancia, un espectro imaginario. Esto vale principalmente para los escritores que me ha tocado conocer, de cerca o de lejos: no puedo dejar de situarlos en el plano de la ciudad, de vincularlos biográficamente a zonas específicas, al margen de lo que se manifieste en sus textos. Supongo que se podrían trazar las coordenadas de los espacios áuricos de cada cual.

DOS
Siempre me ha interesado indagar, en las conversaciones informales, en las entrevistas a escritores, en los textos autobiográficos, la presencia de calles, de plazas, de comunas. Muchas veces he buscado también los lugares físicos, no para realizar visitas exhaustivas sino tan solo para mirar a mediana distancia. Recuerdo haberme internado hace años Mapocho abajo para encontrar la vieja casona de Pedro Prado. Parado en la vereda del frente, me daba la impresión de estar accediendo en parte o reconstituyendo fantasiosamente la atmósfera existencial que el poeta se armó conforme a sus sueños y sus posibilidades. El parque circundante tiene que haber sido el paisaje cotidiano que Prado vislumbraba desde las misteriosas ventanas del segundo piso, que condensaban la última luz de la tarde. El atávico ombú, plantado por él mismo, se imponía como una especie de tótem lleno de pájaros. Había escuchado tantas historias en relación a esa casa, algunas anecdóticas, otras indeterminadas, como cierta incursión de Neruda a comienzos de los años veinte, un momento en el cual esa zona de la ciudad se disgregaba en chacras y caminos rurales. La verdad es que no sé nada sobre la visita de Neruda, solo que tuvo problemas para regresar a Santiago en la noche dada la falta de locomoción. Eso basta para imaginar la densidad del aire campestre, saturado del olor azumagado de las acequias, y la oscuridad general, de tanto en tanto hilvanada por una luz exánime.

Prado era un hombre de centro, expresión que en su época tenía un efecto más bien solemne. No parecía poeta, dicen los testigos, sino hombre de negocios. Es decir, se trataba de un pájaro diurno, habitante de las zonas del orden, cercanas al Banco de Chile. 

Hubo un lugar, al final, me parece, de Independencia, que se llamaba Hornillas, del que no tengo más que la sonoridad del nombre y la presunción de que estaba cruzado de barriales. Había ahí unas cantinas y unas casas de tolerancia, y se supone que Neruda era un poco asiduo a aventurarse por esas perdiciones. Son imágenes no documentadas que sobreviven casi en la línea del olvido, y aún así producen una emoción: la emoción de lo que alguna vez relumbró en el mapa temporal. 

TRES
Pero no quiero que estas reflexiones me lleven a inclinar la balanza hacia el pasado. Si bien la ciudad está todo el tiempo convirtiendo los hechos en historia –la mayor parte de ellos en pequeña historia–, hay un interés intrínseco en el registro de primera mano de los poetas, proclives, según se entiende, a manifestar una sensibilidad de lo externo distinta a la del resto de los oficios. De un poeta uno puede esperar una actitud sensible hacia el mundo aparente levemente distinta a la del resto de los oficios. Parte del trabajo poético consiste en una disposición a calibrar la realidad siempre abierta, ya esté signada por la distracción o atenazada por la vigilancia. No se trata, por supuesto, de que en este empeño vivan experiencias irreductibles, del todo ajenas a las personas no dotadas de talento poético. Más bien su arte es el de hacer visible a los demás lo que hasta el día de ayer parecía inexistente. Averiguar datos sobre la forma que tiene tal o cual poeta de observar el mundo concreto corresponde a una curiosidad totalmente legítima, dejando fuera para ello las divisiones drásticas entre el individuo biográfico y el creador literario.

Recuerdo, en este sentido, una mañana de primavera de 1980 en que circulábamos con Rodrigo Lira por las inmediaciones del Mercado Central. Nos dirigíamos a la casa de nuestro amigo Antonio de la Fuente, que por entonces vivía en Maruri, acaso la calle más reconocible de la poesía chilena. El hecho es que en un momento Lira me llamó la atención sobre una persona que, en compañía de un desconocido, merodeaba festivamente por los negocios de frutos del país: era Adolfo Couve. Lira me instó a que lo siguiéramos. Couve y su partner caminaban rápido de tienda en tienda, y al parecer los sacos con clavos de olor, los atados de charqui, la pimienta a destajo, los descarozados, el té a granel, los porotos bayos y el café de malta les producían mucha risa. Sin duda estaban viviendo una mañana de júbilo o, al menos, de entretención.

CUATRO
Conocí a Couve años después y olvidé referirle el encuentro, de modo que procesé mis interpretaciones a mi arbitrio. Mi conclusión es que la risa de Couve respondía a su frecuencia literaria. La aglomeración aromática de un boliche de frutos del país entraba en su sistema de recomposición de la vida. Estaban todos los elementos, por así decirlo, de un bodegón cuya realidad arrancaba de una gradación lumínica, desde la sombra del fondo al resplandor matinal en las vidrieras a la calle. Y por cierto, cada uno de estos negocios rendían escenas inmóviles –un cajero pensativo, una veterana sentada al sol leyendo el diario-, cifras también de ignoradas historias individuales.

Claro, Couve era capaz, por otro de lado, de reírse de los árboles o de los cerros. Se había pasado la vida especulando con las formas visibles y por tanto éstas eran un poco su dominio. Una de las anécdotas que le causaba hilaridad, tantas veces contada, la protagonizó un amigo suyo, quien, contemplando el mar de Cartagena largo rato, salió súbitamente del silencio para decir: “¡Qué fea esa ola!”.

CINCO
Una cuestión distinta es la imagen de la ciudad que se desprende de las obras mismas. Hay poetas que borran sus huellas escamoteando las referencias a lugares. De Residencia en la Tierra, por ejemplo, uno podría inferir escenas y situaciones urbanas, retazos sombríos, un cierto ulular de la amanecida sobre los techos grises, pero el mundo exhumado paso a paso por Neruda es demasiado abierto. Entendemos que su experiencia crucial ha sido barrida por el flujo de los sueños y se extiende a una materialidad mayor donde campean el óxido salobre, los bosques petrificados, los desiertos y las cumbres.

Infinitamente más reducido en los alcances de su programa literario es Jorge Teillier. Ya sabemos cuál es el mundo que Teillier necesita invocar por medio de la palabra escrita: el mundo irrecuperable de los años liminares, el primero que se conoció y que por lo demás no queda en ninguna parte. Teillier echa mano con este recurso a un tipo de experiencia muy nítida para toda la gente, da en el clavo de una constatación que para la mayoría de las personas es pura inminencia: la certeza de haber perdido algo en el curso de la vida, un pedazo de algo importante, algo que solo podemos nombrar a través de los nombres de las cosas. En medio de sus paraísos láricos encontrados y perdidos, Teillier desliza a veces algún verso que da cuenta de que este hombre de sus poemas vive desarraigado en el tiempo y en el espacio: “El tintineo de las botellas de leche/ que hiere el alma del trasnochador arrepentido”, escribe en una página de Muertes y maravillas

Lamentablemente no todos conocen ya esa cristalina música de la madrugada, tan frecuente hasta entrados los años setenta, momento en el cual comenzó a reemplazarse la leche en botellas de vidrio por la “larga vida” en envases de plástico primero y de “tetra-brik” posteriormente. La prolongada duración de la vida útil del nuevo producto hizo innecesaria su distribución mañanera de todos los días.

Entonces, la ciudad no tendría para Teillier otra función que la del telón donde se proyectan las pantomimas de una realidad rural ya extinguida. La ciudad opera como la cortina en cuyos pliegues el poeta se esconde para dejar pasar el tiempo, inerte y sin novedades.
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*: A propósito del título, 'Pájaros de cuneta', volviendo a la casa, caminando por la calle en que vivo, ya oscuro, alcanzo a distinguir apenas a un volantón junto a la cuneta, un zorzalito que saltó o cayó de su nido, pudiendo planear aparentemente hasta el suelo sin dañarse, pero sin capacidad para volver a su nido, probablemente muy alto en un lugar que no alcanzo a distinguir.  No me atrevo a llevarlo a la casa, porque no sé cómo podría alimentarlo, pero me produce desazón su desamparo y mi impotencia para protegerlo del peligro inminente en que se encuentra.
Las aves silvestres (así como las aves citadinas) no son mascotas, permanentemente viven expuestas a todo tipo de peligros. Es la ley de la vida.  El problema es cómo evitarles, al menos, que estén expuestos a la crueldad o una temprana muerte por no poder lidiar con las amenazas que se ciernen sobre ellas en el entorno urbano.

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