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La trampa socialista



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El socialismo comprendió, en el siglo XX y con mucho dolor mediante, que los seres humanos defienden la libertad y la propiedad como sus bienes más preciados.
Los socialismos reales tuvieron que conculcar la libertad y quitar la vida a millones de personas para imponer a rajatabla su concepto de propiedad colectiva o estatal y, a la larga, tuvieron que desistir de su afán porque no podían sostener más un fracaso económico, político y moral de esa magnitud.
Así, el socialismo se nos presenta ahora con un rostro y un alma más amables. Han dejado de lado la pretensión de expropiar completamente el patrimonio a los ciudadanos para disponer de él a través del aparato del Estado.

Los socialistas abandonaron también, y es lo más valioso que han hecho, la utilización de formas no democráticas de gobierno para imponer su ideario. Sólo persisten un par de muestras museográficas en Corea y Cuba, que nos recuerdan lo insensatas que resultaron ser las prescripciones de Marx. Han dejado de lado también, en su mayoría, el uso de la violencia en política; aunque su persistencia en reivindicar las movilizaciones sociales utilizando formas violentas es, a mi juicio, una asignatura pendiente en el camino de la consolidación del socialismo como una opción política moderna y valiosa para nuestra convivencia democrática.

Pero el aggiornamiento socialista no significa que ellos hayan renunciado a su proyecto. Siguen creyendo en la igualdad como valor supremo, anteponiéndolo a la libertad. Creen en el Estado como principal factor de progreso de la sociedad, en contraposición a quienes pensamos que son las personas, las organizaciones intermedias y las empresas las que son capaces de crear riqueza material y espiritual.
Consecuentes con esta idea, habiendo renunciado a expropiar completamente el patrimonio de las personas para administrarlo desde el Estado, han descubierto otros mecanismos, más civilizados, más democráticos, para obtener sus fines.
Los socialistas ahora pretenden expropiar los flujos que generan los particulares.
Emplean toda su energía y poder de convencimiento, que no es poco, en esta tarea. Las herramientas para lograr este objetivo son los impuestos, subsidios y regulaciones.
Esta nueva forma de socialismo tiene una serie de ventajas políticas en relación a la anterior. En primer lugar, violenta menos a las personas, siempre y cuando la expropiación de los flujos sea prudente y se utilice con fines que, aproximadamente, podamos reconocer como legítimos. En segundo lugar, crea dependencia en la población, en la medida que las personas se hacen clientes del Estado y los políticos. Pueden incluso llegar a vivir sin trabajar, a costa de los demás chilenos.
Pero la nueva forma de socialismo también tiene sus límites. Cuando la exacción de los ingresos a los particulares es excesiva y la población percibe que quienes manejan el aparato del Estado están favoreciendo a sus amigos en lugar de usar los recursos para el bien común, se rebela. Cuando los beneficios que se entregan lesionan los incentivos al trabajo y hacen que el país sea poco competitivo, se reduce el botín a repartir y se entra en crisis. Miren si no los socialismos europeos.
¿Cómo continuar expropiando los flujos ante una ciudadanía más alerta y menos complaciente ante el mal uso de los recursos? Esa es la cuestión principal que tiene que enfrentar el socialismo hoy.
Y aquí en Chile, al menos, parecen haber encontrado una fórmula: privar de legitimidad a los flujos que generan las personas. Recurren para ello a una trampa: siempre hablan de que un porcentaje muy pequeño de la población (1% o 10%) se apropia de un porcentaje muy alto de la riqueza.
Y esa afirmación es una falacia, pues la riqueza no se crea sola. La crean, principalmente, los empresarios con sus ideas e innovaciones que mejoran la calidad de vida de la gente.
Si logras privar de legitimidad a los ingresos, podrás expropiarlos con más facilidad. En eso están los socialistas chilenos hoy día, y hay que decirlo, con bastante éxito.

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