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Capturar el modelo por Jorge Edwards



Diario La Segunda, Viernes 17 de Febrero de 2012   

Lucho para escribir, esto es, para no dejar de escribir, y estoy todos los días a punto de tirar la esponja. Tirar la toalla, dicen en jerga de box, y me parece que los mexicanos hablan de botar el arpa. Pues bien, no tiro la esponja ni boto el arpa. Luchar para escribir es equivalente, a estas alturas, a luchar para sobrevivir, para seguir siendo lo que uno siempre ha sido. Salgo de mañana, un sábado, a visitar una exposición de dibujos de Augusto Rodin: “La captura del modelo, Rodin, 300 dibujos, 1890-1917”. Llego hasta el Museo Rodin en una mañana gélida, de nieve y dos o tres grados bajo cero, en compañía de Ximena. Si ustedes no saben quién es Ximena, les propongo la tarea de averiguarlo. El recinto permanente, el antiguo Hotel Biron, que se levanta al costado izquierdo de Los Inválidos, está en obras, pero hay unas galerías cerca de la entrada. Son galerías en penumbra, de materiales provisorios, llenas de vueltas y revueltas, de espacios medio escondidos, de puertas falsas. Hay dibujos en blanco y negro, tenues, que exigen una mirada atenta, un esfuerzo de interpretación, junto a dibujos estampados, coloreados, sobrepuestos. Todo está organizado por secciones, acompañado de leyendas: 1) dibujos del natural, 2) el dibujo instantáneo, 3) sintetizar, 4) recortar y juntar, 5) declinar, 11) las figuras de la indecencia, 12), las bailarinas cambodianas. Podríamos añadir, como suele decirse, un largo etcétera. Cada una de las secciones merece una explicación detallada, compleja, aguda. Al Rodin de finales de siglo, ya célebre, buscado en todas partes, contratado por millonarios argentinos y norteamericanos, encargado por gobiernos de esculpir a sus héroes y a sus mitos nacionales, le gustaba rodearse de bailarinas y bailarines, en las amplias salas de su hotel particular, frente a ventanales que daban sobre un maravilloso jardín, y dibujar el instante, capturar un movimiento en su expansión, en su intención, en su vuelo, a veces, y otras veces en un gesto, en la actitud de una mujer desnuda, vista de espaldas, al inclinarse para meter un pie en un estanque de agua fría.
Alcancé a escribir una página, al atardecer, en la soledad de mi oficina, y sonó el teléfono. Tuve la debilidad, o cometí el error, si quieren ustedes, de levantar el auricular y contestar. Casi nadie, cuando llama desde Chile, se detiene a pensar en la diferencia horaria. Se puede llamar, por ejemplo, a las seis de la tarde, y aquí, según la temporada, son las diez o las doce de la noche. Un señor me dice que me ha visto no sé en qué parte, me explica en detalle una visita próxima, y me ruega que lo reciba en la embajada. Por supuesto, le digo, no faltaba más. El señor continúa con su explicación. Su visita, para él, sin la menor duda, es de una enorme importancia. Tomo las notas correspondientes, me despido con toda la amabilidad que puedo reunir, en ese final de jornada, vuelvo a mi pantalla, y descubro que mi trabajo de casi dos horas ha desaparecido. Lo busco por todos lados, con todos los métodos, las teclas, los recursos, los traslados y cambios que puedo ensayar, en mi ignorancia computacional. El documento aparece en las listas que corresponden, pero enteramente vacío. Mientras lo busco, me crecen las ojeras, se me disparan los pocos pelos que todavía me quedan, me sudan y tiemblan las manos. Tengo la sensación de haber llegado, sin darme cuenta, a la antesala misma de mi último suspiro. Pero me salva un proyecto in extremis. Salgo a la carrera a ver la película de Meryl Streep sobre Margaret Thatcher, La dama de hierro, y me salvo. En otras palabras, el arte de Meryl Streep y la historia de la señora Thatcher han tenido la fuerza necesaria para calmar mi angustia, para cambiar mi frustración de autor por una sensación diferente.
Creo que mi primera divagación sobre la muestra de dibujos de Rodin era mejor que ésta, pero se perdió entre galaxias electrónicas que no consigo dominar. Leo, entonces, que a Rodin le gustaba el método del difuminado, el de atenuar los colores y hacer que interpusieran, entre el modelo y el espectador, algo así como una distancia, una bruma, un velo. Si trabajaba contra la luz del invierno, bajo magníficos ventanales, frente a grandes encinas desvaídas por la niebla, lo entiendo muy bien. Una de sus modelos predilectas se llamaba Alda Moreno. Era, además de bailarina, una consumada contorsionista y acróbata. Me la imagino dando saltos inverosímiles entre El Pensador o alguno de los burgueses de Calais. No lejos de la Puerta del Infierno, en la antesaladel paseo del Dante guiado por Virgilio: lasciate ogni speranza / voi qu’entrate. Mi ignorancia del italiano es casi comparable a la de la computación, de manera que pido disculpas. Las posturas que proponía Alda Moreno eran de una variedad y una fluidez completamente asombrosas. Y cuando el rey de Cambodia visitó París, en 1906, Rodin, fascinado por las bailarinas de su séquito, siguió al cortejo oriental hasta el puerto de Marsella. Estoy seguro de que en el mundo globalizado y digitalizado de hoy, en el de los métodos numéricos, los desplazamientos de un artista como Rodin serían inconcebibles. La prensa probablemente los interpretaría mal. Pero el trabajo de Meryl Streep en La dama de hierro, su intensidad, su complejidad, su dramatismo, podrían ayudar a salvar a nuestro amenazado siglo XXI, con sus apariciones y sus desapariciones.

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