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Nuestro ogro filantrópico

JUAN IGNACIO BRITO, DIARIO LA TERCERA, JUEVES 9 DE OCTUBRE DE 2014HTTP://VOCES.LATERCERA.COM/2014/10/09/JUAN-IGNACIO-BRITO/NUESTRO-OGRO-FILANTROPICO/
Ramiro Mendoza



Después de casi ocho años en su puesto, Ramiro Mendoza conoce como pocos al Estado chileno. Por eso, hay que oír con atención las feroces críticas que hizo el lenguaraz contralor al funcionamiento del aparato público.
Es cierto que distrae la manera destemplada en que habló, pero para cualquier país es muy grave que el funcionario encargado de controlar la legalidad de los actos de la administración y de fiscalizar la manera en que se invierten los recursos fiscales acuse que en el último tiempo se ha venido haciendo “un montón de cosas estúpidas”. Sobre todo, porque sus declaraciones develan muchas verdades: ¿Alguien cree que la Alta Dirección Pública ha puesto a los más capaces a cargo? ¿Que la proliferación de registros -barras bravas, ADN de delincuentes, aportes de privados a los partidos- nos da seguridad o confianza en la transparencia de la política? ¿Que gracias a la frondosa dictación de leyes ha mejorado la atención de la burocracia estatal? ¿O que la Conadi ha llevado la paz social a La Araucanía?
Las palabras del contralor subrayan la incapacidad profunda del Estado para desarrollar tareas mínimas que le son exigibles. Si lo que describe Mendoza es cierto -nadie ha salido a desmentir el fondo de sus apreciaciones-, el Estado sufre una enfermedad severa que no está siendo tratada y, por lo tanto, sólo puede empeorar.
En esas condiciones, parece insensato que algunos sectores impulsen un proceso de reformas para entregarle más atribuciones y recursos a un Estado esclerótico. Ello sólo dará pie al desencanto y significará dilapidar fondos que podrían tener destinos más útiles, arriesgando crear el “ogro filantrópico” que describió Octavio Paz hace más de tres décadas. “¿Cómo podremos supervisar y vigilar a un Estado cada vez más fuerte y rico?”, se preguntaba el Nobel mexicano.
En su último libro, el politólogo Francis Fukuyama afirma que el desarrollo de los países depende de su capacidad para dotarse de una estructura institucional sólida y flexible a la vez. Por desgracia, afirma, hoy distintas naciones enfrentan problemas, ya sea debido a que carecen de instituciones adecuadas, porque éstas han sido capturadas por intereses especiales o están sobrerreguladas, o en razón de que no han sabido ajustarse al cambio social. Es obvio que el Estado chileno padece algo de cada uno de estos males.
Quienes consideran al Estado como un enemigo verán en esto motivo de celebración. Pero más vale preocuparse. Como sugirió el historiador Mario Góngora, el Estado ha jugado un rol central en la construcción de nuestra identidad nacional, por lo que su crisis sólo puede provocar pérdida de sentido y desorientación. No parece recomendable reducir al Estado a su mínima expresión, sino contar con uno capaz, vigilante y en forma, que atraiga a su servicio a los mejores, promueva la armonía social, ayude a los postergados, defienda el interés general, provea seguridad y no ahogue la iniciativa con regulaciones. O sea, lo contrario de lo que denuncia el contralor y sufren a diario los habitantes de este país.

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