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Un mar de zapatos...y algo más‏

Un mar de zapatos
desperdigados por la arena.

No se sabe si llegaron nadando,
o emergieron de un naufragio,
o en una de esas llegaron volando:
un trozo de cielo salado a nuestros pies.

Fue con lo que se encontró el poeta Bertoni,
que los miraba de reojo cuando caminaba por la playa.

Por años haciéndole el quite,
prefiriendo palitos, piedras, hojas,
cualquier cosa natural,
aunque cada vez más admirado
por las inesperadas tonalidades,
el colorido y textura que adquirían
después de ser trabajadas 
incesantemente por la salinidad, 
la humedad y el vaivén marino.

Un náufrago abandonado en la orilla,
uno que ha perdido no sólo a su dueño,
seguro que todos sus sueños
incluyendo a su pareja de toda la vida
y  ahora, asomado a la costa,
no para de preguntar en silencio
no por aquella, que se encuentra 
ya en un universo paralelo
-perdida en la noche 
de los tiempos 
o tal vez hundida
en el fondo del océano-,
sino por el compañero desaparecido:
porque hay un segundo abandono,
el de su partner de tantas aventuras,
el correspondiente calcetín huacho…

El poeta reunió a los solitarios y abandonados
y los llevó a su casa de Concón, para después
impulsarlos a un nueva e inesperada travesía:
con los mil trescientos cuarenta y cuatro tripulantes
miembros de la comunidad de la marina marchante
que navegan sobre nuestras conciencias desoladas.

Primero arribaron al puerto de Valparaíso
junto al molo de la primera bienal,
para continuar, desde Santo Domingo
río arriba hasta desembarcar en
esa nave madre del Museo Nacional de Bellas Artes.

Desde allí continuaron al Hemisferio Norte,
Estados Unidos, Alemania…por la ruta de Marco Polo,
zapatos sin marca, sin cordones, sin utilidad
más que desplegar una belleza
que sólo a un poeta pueda conmover...


P.S. ¿Será necesario que otro poeta descubra
los calcetines huachos de la patria,
escondidos en el fondo de los canastos,
atrapados en los intrincados mecanismos
de las lavadoras u olvidados entre las
telarañas de cajones que nunca más se abrieron...

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