WELCOME TO YOUR BLOG...!!!.YOU ARE N°

Para no sentirse solo

La ciudad ahogada en sus crímenes de lesa arquitectura, sin tomar en cuenta el violado silencio del patrimonio visual de las calles, casas y esquinas que nos vieron crecer.‏


Para no sentirse solo
por Vicente Montañés
Diario Las Últimas Noticias
Sábado 31 de julio de 2015

«Estoy pensando», dije a media voz, sin mirarla.

Había nadado contra la corriente -en todo sentido-
a lo largo del día para alcanzar, por fin, este islote de silencio.

Y ahora mi no muy dilecta prima Raquel
pretendía  tomarlo por asalto.

«Te iba a comentar algo», manifestó ella.
«No me cabe duda», respondí.

Las flores del verano crepitaban en el jardín,  secándose una a una.
No sé si con resignación o placer.  

Yo seguía con los ojos bajos, tan inmóvil
como -imagino- hay que permanecere
ante una serpiente que ni siquiera es del paraíso.

Aun así, creo que no soy una mala persona, no del todo.

¿Flores que se secan ante la realidad de las cosas?

Recordé unos versos mal conocidos: 
«Ella no va a venir»,
exclama el amante solitario, 
acosado por los paisajes de la desolación: 
«Las flores del papel mural», musita luego 
«crecerán como maleza en mi corazón».

¿Quién escribió este poema?
Ah, ya me acuerdo.  Pobre hombre.

El silencio es uno 
de los patrimonios de la humanidad
y está en peligro de extinción.

¿Sonará esto convincente?

El mejor silencio es no pensar, obvio, de gran obviedad.
Pero a la vez es una mentira fría como el otro mundo.

Raquel, mi prima, abría sus fauces
para verbalizar sus pareceres
-lo supe más tarde-
sobre una muchachita de teleserie
llamada Fatmaõul.

Turca es, y terca,
pero tiene sus motivos traumáticos.

Los malos son otros,
y ejercen -entre otras cosas-
el indeclinable poder del dinero.

A mí el que me conmueve es Mustafá,
gran personaje trágico: no tiene 
otra salida que el suicidio, en mi opinión.

Con lo del silencio no pensado
me contradecía a gran velocidad.

Las mencionadas flores del jardín,
mientras tanto, resistían apenas
su evaporación conceptual.

Lo único de veras tangible era mi prima,
dama ya madura, frutal a su manera,
mas yo no quería tocarla,
no con resignación ni con placer.

Vaya, el varón es un ser
tanto más complicado que la mujer.

Allá fuera la ciudad se ahogaba
en sus crímenes de lesa arquitectura.

Quiero creer que existe aún,
más acá del violado silencio,
otro tesoro que nadie toma en cuenta:
el patrimonio visual 
de las calles, casas y esquinas
que nos vieron crecer.

También lo destruye 
la desregulada dinamita financiera.

Bueno, es obvio.

Pero el ciudadano tiene -o debería tener- derecho 
a la conservación de sus paisajes existenciales.

¿Tenemos derecho a no ver brotar edificios uniformes
donde hubo casas con balcones y patios misteriosos?

Pienso que sí.  Pero estoy solo.

Dirán: hay presión demográfica,

Ok, levanten otras ciudades 
(conurbadas, por qué no)
sin destruir ésta.

¿Quién es, en todo caso,
ese ciudadano de Santiago?

En buena medida,
un idiota plural 
que adora los altos edificios
de plomizo color vidriado,
las aparcaciones explanadas de cemento,
la demolición de antiguas casas
que llamaban a la intimidad del barrio.

Adáptate, no lo pases tan mal, me aconsejé.

No con voz dolida de la mente,
sino en un wasap enviado a mí mismo.

Sirve para no sentirse solo,
pues incluye foto interlocutora
de alguien que conocemos más o menos bien.

Raquel se había ido a cocinar unos panqueques estivales.

Me contesté por la misma vía:
«No puedo, amigo. Y esta ciudad está condenada».

No hay comentarios:

Publicar un comentario

COMENTE SIN RESTRICCIONES PERO ATÉNGASE A SUS CONSECUENCIAS