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Miércoles 15 de agosto de 2012
Sin tener una idea de juegos ni de olímpicos,
me atrevo a reflexionar un poco
sobre lo que apenas he visto,
algo en una fuente de soda
para la apertura majestuosa y azul
con un Paul McCartney con cara de señora,
otro relámpago que me permitió asistir
al rudo triunfo de Bolt en los cien metros,
y algunas tomas de muchachas gimnastas.
Londres lo hizo bien, con gracia y eficiencia.
Unos juegos olímpicos recomponen
la sensibilidad global, el sentimiento planetario.
Cuando veo a esas niñas en sus uniformes elasticados,
tensos sus músculos, nervios y tendones,
a mí lo que me viene es un poco de pena,
y me voy a los rictus de Nadal
con los músculos deformados
porque una pelota cayó un milímetro
más allá de una línea geométrica,
o a la desesperación de un garrochista
que no logró llegar muy arriba,
desplomándose con los palos
sobre esos colchones como globos.
Los chilenos tuvimos
a un gran gimnasta
que salió cuarto.
Lo terminator del deporte
es que consiste en quedar primero,
lo demás da un poco lo mismo,
y en eso remedan los deportistas
a la naturaleza con su frialdad ardiente.
El espermio que llega quinto
tiene, en verdad,
poco interés para la vida,
o en realidad ninguno.
Por eso es que se matan,
y no es broma,
los campeones de Fórmula 1
o de pesos pesados
tratando de ser primeros.
Con todo, no somos espermios
sino personas, y aparte de ganar
podemos también descansar,
compartir, divertirnos,
dormir, crear, tantas cosas
más allá de andar
siendo los primeros.
Hay que ganar, por cierto,
pero a veces, no siempre.
Muchos deportistas, en cambio,
han caído en la trampa de los sponsors,
que son los mismos chacales
de la crisis y del lucro
y del calentamiento global,
y los sponsors sólo auspician
a deportistas que ganan,
no a los que pierden.
El deporte debería tomarse deportivamente.
Correr para obtener, quizás,
un triunfo elástico y elegante,
o para estirar las piernas,
para deslumbrar a alguien especial,
para sentirnos vivos y palpitantes,
eso es siempre bonito.
Cada cual es campeón mundial
de sus propias cosas.
Y aparte de esa maldición,
la de quedar siempre amargados
porque el triunfo es sólo para uno,
están las humillaciones
de llevar uniforme y logos,
estandarizaciones orientadas al negocio.
Habría que organizar los juegos olímpicos
de ganadores ocasionales.
Unos juegos para disfrutar,
para competir,
pero también para reírse,
para conocer gente,
para que los músculos
y el cuerpo y el aire del mundo
mantengan su humanidad.
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