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Pequeñas alegrías

Pequeñas alegrías
Columna Hombre soltero busca
por Gustavo Santander
Diario El Mercurio, Revista Ya, Martes 20 de Septiembre de 2011

Este viernes Kazumi llegó como a las ocho de la noche a mi
departamento. Al principio, pensé en tomar el libro de cocina peruana
que compré en Lima hace poco y esperarla con una cena de tres tiempos,
acompañada de un par de los vinos que hace poco me recomendó un amigo
que escribe de gastronomía. Tratar de deslumbrarla con sabores
exóticos o preparaciones confusas y hablarle de libros rebuscados o
películas de cine arte para que vea que soy un hombre interesante.
Intentar superar mi inseguridad dejándole en claro que soy inteligente
y crítico, que nada me complace fácilmente y que soy capaz de darme
cuenta de detalles intrascendentes haciéndolos parecer cruciales.
Tratar de convencerla de que una mirada grave y complicada de la vida
encierra mayores secretos que una visión simple y relajada. Enfrentar
mis miedos y frustraciones buscando demostrar que soy mejor que el
resto, validándome a través del otro. Pensé que quizás en ese
rebuscamiento estaría la clave para que me recordara por un buen
tiempo, cuando ya haya vuelto a su querido San Francisco y yo esté
aquí, extrañándola, a miles de kilómetros al sur, en este país que se
cae del mapa.

Pero lo cierto es que todo eso me hubiese parecido muy falso y que la
inminencia de su partida me impide desperdiciar una noche tratando de
reafirmar mi ego. Que la verdad es que no creo en el rebuscamiento ni
en las miradas graves, que prefiero mil veces ser intuitivo a
racional, que me costaría mucho reemplazar por otra cosa el enorme
placer que me da desayunar una marraqueta tostada con palta o esperar
un asado tomando vino con frutilla; que las críticas de libros me
inspiran menos confianza que los políticos parlanchines, y que pasar
un par de horas tirado en la terraza sin pensar en absolutamente nada
es uno de mis mayores lujos. Decidí aceptar que enamorarme me había
regresado veinte años en el tiempo. Que durante estos días se había
vuelto habitual descubrirme sonriendo solo, mirando mi celular cada
treinta segundos para ver si me llegó un mensaje o escribiendo y
borrando el mismo mail veinte veces pensando en agradarla o evitando
decir frases desubicadas. Que varias veces al día entro a su Facebook
solo para ver sus fotos, sus gustos, sus amigos o sus nuevos estados.
Y que aunque sé que se trata de una actitud tonta e infantil, puedo
asegurar que lo que menos me interesa en este momento es la seriedad.

Quizás por eso al llegar la he tomado del brazo para salir a pasear
por la ciudad, recalando primero en la barra de la Fuente Alemana para
devorar dos lomitos completos, ensuciándonos las manos con grasa y
burlándonos del otro porque es casi imposible morder ese sándwich sin
parecer un troglodita; diciéndole que este lugar y estos lomitos son
parte importante de nuestra identidad o, por lo menos, de mi
identidad, porque aquí me traía mi padre cuando yo era un niño. No hay
nada que me guste más en una mujer que verla reír y ella se ríe mucho,
más aún cuando me pregunta por qué los completos se llaman así y yo
intento darle una respuesta a algo que nunca en mi vida me había
preguntado. "Se llaman completos porque así se llaman nomás" le digo,
mientras una señora vestida de blanco nos da nuestra cuenta y yo le
dejo la propina en esos casilleritos que tan pulcramente tienen para
recibir el agradecimiento por su amabilidad. Luego nos vamos a la
Plaza Ñuñoa y le cuento que aquí pasé muchas veladas universitarias,
que en este bar de la esquina conversé con mis más grandes amigos,
bebí más cervezas de las que era capaz de resistir y disfruté varias
de las mejores noches de mi vida en las tocatas de La Batuta. Me
acuerdo que hace varios años, en el bar Bahamondes, cerca de acá,
planifiqué mi primer viaje a Machu Picchu con mi mejor amigo, que
resultó ser una aventura inolvidable y el inicio de una obsesión por
conocer otros lugares. Entonces ella se entusiasma y me hace prometer
que iré a visitarla, que también me quiere contar parte de su vida a
través de sus sitios favoritos, y aunque la invitación me alegra,
también evidencia lo real de su partida, y me doy cuenta de que estoy
viviendo esta relación con la intensidad de quien sabe que está en una
cuenta regresiva, como un vampiro que espera el amanecer.

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