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Cristián Labbé, el malo de la película


Cristián Labbé, el malo de la película

por Fernando Villegas, Diario La Tercera, 28 de septiembre del 2011

Todo movimiento social en gran escala necesita su "Hall of Fame", un nutrido elenco de estrellas esplendorosas y de siniestros villanos, estos últimos para hacer de antenas receptoras de las iras y rencores que genera a borbotones cada movimiento que jamás haya existido. En el caso del movimiento estudiantil, varios son los villanos en stock, pero el último y más sonado es Cristián Labbé, el alcalde de Providencia. Labbé, quien nunca ha sido bienquisto en los ambientes del progresismo, izquierdismo y concertacionismo, ahora también es figura malévola para los escolares debido a su cierre, por decreto y en estilo de bando, de los colegios de su comuna.

¿Es justo el tratamiento que está recibiendo? ¿Merece los insultos, los ataques, las críticas, el basureo y ninguneo desde casi todos los sectores, incluyendo el gobierno? Pregunta equivocada: en situaciones como esta, cuando las pasiones andan circulando en estado de efervescencia y vociferación, la interrogante acerca de la justicia o injusticia carece de sentido. Sencillamente, la gente es catalogada según si esté -o se cree está- a favor o en contra del asunto. Se es amigo o enemigo, se sirve o no a la causa, se somete uno o no al estado de ánimo prevaleciente, a las ideas de moda, al parloteo en uso, a las consignas del momento. 

Hay que reconocerle a Labbé que su disposición a enfrentar la tremenda presión que ejerce un movimiento con tan aplastante apoyo ciudadano es muestra de considerables cojones. No deja de ser un mérito en una sociedad donde, al contrario, el paisaje humano está repleto de hipócritas. Pocos son los que, como Labbé, manifiestan abiertamente su lealtad al fenecido comandante Pinochet y su gobierno. En la llamada "derecha dura" no hay sino gente reblandecida, temerosa de Dios y de los hombres, del revoltijo, las funas, los procesos, los insultos y las persecuciones. Muchos prohombres de ese sector incluso aparecen ahora reciclados, "refurbished" como liberales de cabellera suelta, tez asoleada y camisa sin corbata. 

Labbé, además, es cuero duro. No serán cien colegiales ni los abundantes periodistas con vocación de inquisidores al servicio de la humanidad los que le hagan perder la compostura. Cuero duro a la antigua, con paralelo desprecio por el chivateo, las algaradas y los rebeldes. Es hombre criado en cuartel, en patios donde se marcha y no se juega, en espacio de órdenes y obediencias. Odia visceralmente el despelote y está convencido que aun las revoluciones deben hacerse desde arriba, por órdenes superiores y "conforme a la ley".
 
Esas mismas características suelen asociarse, como en su caso sucede, con cierta inflexibilidad en la aplicación de la ley y/o los reglamentos. Para Labbé, la idea de que en ciertas situaciones el apego irrestricto a la letra no sirve de mucho y más bien empeora las cosas, es anatema. Su lema interior debe ser el de los antiguos romanos: "Dura Lex, Sed Lex". Pero, por sobre todas las cosas, Labbé sigue siendo militar. Esto entraña una inclinación a privilegiar el aspecto operativo y funcional de la vida, la eficacia derivada de un comando al que se obedece sin chistar. Esto del asambleísmo permanente, los debates a gritos, la democracia como discusión eterna e inconclusiva no es, para tipos como Labbé, virtud ninguna, sino más bien un pecado mortal.

Todo eso, aunque limitante en muchos sentidos, lo convierte por lo mismo en blanco ilimitado del talante que hoy impera y domina, enemigo instintivo de todo lo que suene o huela a milico, a uniforme, a pinochetismo, a represión, a jerarquías, a límites, reglamentos y medidas definitivas. Quienquiera participe siquiera parcialmente de eso es imputado instantáneamente de "facho". Pero Labbé, más que "facho", es un fósil. Un hombre fósil caminando. Pertenece a una especie o variedad antropológica en vías de extinción. Aun en el medio castrense comienzan a predominar espíritus alegremente flexibles y dueños del resbaladizo y políticamente correcto léxico a la moda. Ni en la Atenas de Pericles se había pronunciado tanto la palabra democracia como en los cuarteles y comandancias de ahora.     

Todo esto hace de Labbé hombre muy productivo y ejecutivo en las esferas más bien acotadas de un ducado comunal, donde reina sin contrapeso. Ahí, en el suyo, el tema más peliagudo es la mantención de las áreas verdes y organizar eventos para la tercera edad en el Club de Providencia. En eso Labbé ha brillado. En esferas más amplias, las nacionales por ejemplo, su estilo tiende a chocar con las sutilezas del poder, el cual, para imperar, necesita a veces transigir  más allá de lo que un hombre de su temperamento considera admisible. 

Labbé, entonces, es menos un monstruo al que se cuelgan toda clase de desaguisados -que nunca se han probado- que hombre perteneciente a otra era histórica, una donde la virilidad se probaba a mano empuñada y no con bufetes de abogados. Antes virtud, eso es hoy defecto grave.  

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