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Veto

07 / Ago

Por Sebastián Pavlovic

Sebastián Pavlovic

 

La semana pasada debería haber impartido una clase sobre la llamada ley de derechos del paciente, en el marco de un Diplomado Alta Dirección y Gestión Clínica para Hospitales de Mayor Complejidad de los Servicios de Salud, a la cual había sido invitado algunos días antes. Sin embargo el lunes anterior me llamaron los organizadores, algo apesadumbrados, para decirme que mi nombre había sido vetado desde el Ministerio de Salud y que, pese a haber sido chequeado con anterioridad con su contraparte ministerial, alguien, de alguna parte y con poder suficiente, había bloqueado mi participación.
 
Sin desconocer que una alternativa perfectamente viable es que mis pergaminos hayan sido considerados insuficientes para la calidad del curso, debo reconocer que, puesto en contexto y recordando situaciones que han afectado a ex funcionarios del Ministerio de Salud y críticos de la actual gestión (cuyos jefes o autoridades superiores en clínicas y universidades privadas y semi privadas recibieron llamados desde el Ministerio insinuando/exigiendo/solicitando/sugiriendo sus despidos), tengo la impresión de que aunque no sea un esquema persecutorio diseñado desde las más altas autoridades ministeriales (dudo que tengan tiempo para tamañas pequeñeces, máxime si aún quedan funcionarios ligados a la Concertación desempeñándose profesionalmente con ellos), al menos parece tolerado que funcionarios intermedios tomen ese tipo de acciones. Me imagino a estos operadores (clase tan vapuleada en su momento por los que hoy nos gobiernan) con ese sensación de poder que da tener oficina privada en la Administración Pública, con la conciencia de ello y la voluntad de ejercerlo a la primera oportunidad.
 
Mi reacción inicial fue más bien al estilo del chavo del ocho… “al cabo que ni quería”, pues me libraba del esfuerzo extra que significa preparar una clase -tomando en cuenta que no soy un académico habitual-. Pero con el correr de las horas, me invadió una sensación algo amarga, más que vinculada al veto personal, vinculada a ciertas formas y actitudes que por repetirse nos comienzan a parecer normales, pero que en el mediano o largo plazo se transforman en costumbres corrosivas (un poco como la idea de que los malos hábitos de tanto repetirse derivan en vicios).
 
El Estado, las leyes y las políticas públicas no son un botín de unos pocos, y si se piensa que se puede construir patria excluyendo y evitando el debate, persiguiendo y vetando nombres, el camino es pedregoso y no tiene final feliz.
 
En el libro “It´s Even Worse Than It Looks” (Es aun peor de lo que parece), de Thomas E. Mann y Norman J. Ornstein, que traduce reflexiones sobre el intríngulis institucional en que se encuentra Estados Unidos según sus autores, se plantea una tesis que a primera vista me pareció contradecía la idea que yo tenía sobre procesos de polarización política, pues asumía que para que un fenómeno así se diera se necesita que dos polos comiencen a girar y a vaciar el centro (al modelo de la crisis política e institucional que permitió el Golpe de Estado del ´73 y la posterior dictadura militar). Bueno, en el libro en cuestión se afirma, grosso modo, que los Estados Unidos están viviendo un fenómeno de polarización fundamentalmente vinculado al giro a la extrema derecha del Partido Republicano, y que si bien el Partido Demócrata también ha caído en algunos vicios y malas prácticas institucionales (como el llamado filibusterismo), son los miembros del Tea Party y antiguos neo con, los que han llevado al sistema institucional norteamericano al borde de la crisis (recuérdese el conflicto sobre el límite del techo de la deuda).
 
Es decir, no basta que siga habiendo moderados a un lado, con razón se dice que para bailar el tango se necesitan dos. Si nos acostumbramos a que los intolerantes y fanáticos marquen la agenda, definan los límites y apliquen los vetos, la polarización está a la vuelta de la esquina. Así, se relativiza la importancia de los acuerdos (veamos como ahora la palabra consenso es despreciada sistemáticamente) y se ensalza la intransigencia como un valor que revelaría integridad y consecuencia.
 
Traigo a colación esas reflexiones a propósito de lo que comento en este post, pues veo con preocupación que en algunos años más nos estemos recriminando más quién fue el que disparó primero antes que comprendiendo qué fue lo que todos hicimos mal. Lo digo en sentido figurativo, no afirmo, ni creo, ni quiero que la crisis de nuestro sistema institucional se termine violentamente, me refiero a que no estamos cuidando mínimos aspectos de amistad cívica, anteponiendo los “tejados de vidrio” ajenos antes de tratar de comprender las posiciones y argumentaciones contrarias.
 
Nuestra democracia está lejos de ser ejemplar, como tampoco lo era la que existía antes de 1973, pero es lo que tenemos y sobre lo cual debemos saber construir, despreciarla como se despreció aquella nos hará perder mucho más de lo que nos dará un hipotético nuevo amanecer romántico y revolucionario.
 
 
 
Foto Sudhamshu Flickr © creative commons
 

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