3:24 de la madrugada
del 27 de febrero de 2010
En uno de los pabellones
una mujer de 50 años
era operada de una enfermedad
diverticular al cólon.
Estaba anestesiada
y con el cuerpo abierto
cuando comenzó el terremoto.
Cayó el estuco del techo,
todo se fue a negro
y una nube de polvo y gases
inundó el lugar.
"La cubrimos con un paño estéril
y nos paramos todos
en el umbral de la puerta",
recuerda el doctor Antonio Díaz,
segundo cirujano a cargo.
Le pusieron los puntos a la paciente
sin haber terminado la cirugía.
Ella no supo que la anestesista
la había desentubado rápidamente
y la desconectó del ventilador automático.
Tampoco advirtió que los tres cirujanos
tomaron el colchón con ella arriba
entre sus manos y salieron al pasillo,
caminando por un segundo piso
cubierto de vidrios
y agua de las cañerías rotas.
"Salimos por la vía de evacuación
que tenía las escaleras resquebrajadas
y dejamos a la mujer en una cuneta,
cubierta con una frazada.
Entre tres o cuatro hombres
volvimos a buscar a todos los hospitalizados
hasta dejarlos a salvo", relata Díaz.
La operación terminó cuando salió el sol.
Hoy la mujer está sana y no recuerda nada.
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