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El parque forestal está que se hunde...!!!

El Parque Forestal está que se hunde
por Roberto Merino
Diario Las Últimas Noticias, lunes 13 de diciembre de 2010
 
A fines de los años 90, se organizaron en el Parque Forestal
ciertas "fiestas de la cultura" que consideraban
la ocupación total de los espacios del parque por parte
de las multitudes que la mente política denomina "ciudadanos".
 
Cultura oficial, cultura ciudadana o lo que fuera,
el hecho es que los vecinos del sector
debieron soportar sin derecho a pataleo
la multiplicación del ruido por los malditos parlantes
durante horas: guitarreos, discursetes, poemarios, locución.
 
Al término de la jornada -ya desmachado el pasto-
muchos de los enfiestados culturales
se dispersaban por las calles aledañas
sacando las bolsas de basuras de los contenedores
para estrellarlas contra las ventanas de los departamentos.
 
También aprovechaban de garabatear estupideces
con pintura aerosol sobre los frontis de los edificios.
 
Posteriormente se dio otra iniciativa ciudadana
detrás del Museo de Bellas Artes: la de los tragafuegos,
malabaristas, saltimbanquis y aficionados al monociclo y a los zancos.
 
Por lo menos estos entusiastas ejercían sus habilidades en silencio.
 
El problema es que junto con ellos llegaron para quedarse
los tamborileros de las batucadas -muy socorridos
por los políticos del momento- y no hubo sábado ni domingo
en que el tum-tum redoblante de sus timbales
no penetrara al interior de los hogares
a través de los vidrios inútilmente reforzados.
 
Esto además, sin límites horarios.
 
Un gran parque metido en el medio de una gran ciudad
tiene una función muy específica: la de oasis,
lugar de "solaz" o de pololeo o de contemplación
para los estresados habitantes.
 
Viniendo del fragor de las calles caldeadas,
saturadas de micros y de autos y de vocinglerío,
el caminante tiene la posibilidad de incorporarse
a esa extensa maravilla arbórea y hacer un alto
junto a las fuentes escuchando
el silbido del viento entre las altas ramas.
 
Un parque es ante todo una pausa,
un alivio para los sentidos.
 
Hoy día, me cuentan,
la situación del Forestal es más feroz.
 
Todos los fines de semana instalan
-con autorización de la intendencia
y/o municipalidad- escenarios
con torres de parlantes
destinadas a diversas charangas:
maratones auspiciadas
por marcas de implementos deportivos,
con bandas de rock y helicópteros incluidos
(desde hoy se instruye por megáfono a los participantes).
 
Mientras los corredores no están,
la cueca continúa, y si el público ralea
un animador -que no para de vociferar durante horas-
se encarga de reclutar interesados mediante
el bramido de una sirena de barco.
 
Hace poco hubo un estridente convención evangélica,
que a pesar de no congregar a más de treinta personas
se prolongó durante cinco horas seguidas con lo de siempre:
cántico, aleluyas y algazara que los amplificadores
llevaban a todas partes como si se tratara de la voz de Dios mismo.
 
Algunos vecinos desesperados llegaron a reclamar.
 
Los carabineros no tenían medidores de decibeles
ni órdenes precisas de proteger la paz del entorno.
 
Ante las peticiones de moderar el ruido,
el predicador estrella gritó por micrófono:
"Nos han pedido que bajemos el volumen: ¡la alegría es más fuerte!"
 
Alguien le dijo a un evangélico
que cómo era posible que para treinta personas
se produjera este ruido tremendo.
 
La respuesta del creyente fue de un fascismo preocupante:
"Aquí habemos treinta, pero somos el 20 por ciento del país".

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