WELCOME TO YOUR BLOG...!!!.YOU ARE N°

La barbarie de la 'virtud' por Carlos Peña


Diario El Mercurio, domingo 23 de febrero de 2014

El caso Luchsinger 
-el tribunal declaró culpable 
a Celestino Córdova, 
pero desestimó 
el carácter terrorista del acto- 
plantea varias cuestiones; 
pero la principal de ellas no es jurídica. 

Es política.

A diferencia de un homicidio común y corriente 
-un crimen pasional, una herida mortal en una riña, 
una equivocación fatal- en este caso la motivación 
de los asesinos fue la protesta por lo que estiman 
son siglos de explotación y despojo 
de las tierras de sus antepasados, los pueblos originarios.

Lo alarmante del caso es, entonces, 
que a los asesinos no los animaba el odio, 
sino algo que puede resultar peor: 
el anhelo desmedido de justicia.

El asunto suena paradójico 
-¿cómo la justicia podría llevar al crimen? 
¿De qué manera el anhelo de una virtud, 
la de la justicia, podría conducir al peor de los vicios?-, 
pero es de las cosas más frecuentes en la vida pública.

A diferencia del odio, 
que se dirige contra los sujetos determinados 
que infligieron el agravio que acaba desatándolo, 
la pasión por la justicia amenaza con legitimarlo todo. 

A la vista de lo que se cree justo 
-la restitución de tierras 
en el caso mapuche, el logro de la igualdad, 
la obtención de la autonomía o cualquier otro ideal 
que se tenga por último e incuestionable- 
cualquier precio parece poco y merecería ser pagado. 

Es lo que algún autor -Luis Gonzalo Diez- 
ha llamado la barbarie de la virtud. 

La vida contemporánea está plagada de ejemplos 
en los que un puñado de personas, 
inflamadas por el deseo de justicia, 
son capaces de llevar adelante actos de esa índole. 

Desde la ETA en España a Sendero Luminoso en Perú, 
pasando por la OAS durante el gobierno de De Gaulle en Francia 
-para citar casos de allá y de acá, casos viejos y casos nuevos- 
la justicia ha sido, con frecuencia, el combustible y la justificación del crimen. 

Que se haga justicia; aunque perezca el mundo, 
que la justicia resplandezca aunque todo lo demás, 
incluidas algunas vidas humanas, se apaguen, 
es de las líneas más frecuentes 
con que se ha escrito la historia humana.

Es probable que Celestino Córdova 
y sus cómplices estén convencidos 
de que ejecutaron un acto meritorio, 
una conducta que los enaltece a ellos y a su causa. 

Si el propósito que los anima es el logro de la justicia, 
pensarán ¿de qué podrían avergonzarse? 

¿Acaso ellos y sus antepasados 
no fueron víctimas de actos iguales e incluso peores?

Por supuesto, se equivocan.

En una sociedad democrática hay ciertos medios 
-la violencia y el asesinato entre ellos- 
que están excluidos con prescindencia 
de la justicia de los fines.

Así, cuando ese tribunal de Temuco 
imponga una pena a Celestino Córdova 
o a cualquier otro que resulte culpable, 
no estará condenando la causa mapuche, 
ni considerando sus 
reivindicaciones ilegítimas o inadmisibles, 
sino que estará simplemente condenando 
el crimen que se cometió en su nombre. 

Un estado democrático 
no condena las opiniones de los ciudadanos, 
sino aquello en que esas opiniones, 
cuando se las adopta como un artículo de fe 
frente a lo que todo cede, los convierten.

Desprovista de cualquier posibilidad 
de juzgar de manera definitiva 
la justicia de los fines que animan 
a los seres humanos, 
la democracia ofrece la posibilidad 
de que todos ellos, incluida 
la causa mapuche por supuesto, 
sea ofrecida a los ciudadanos 
y haga el esfuerzo de ganarse 
su voluntad y su adhesión. 


Pero a cambio de esa libertad irrestricta 
para promover cualquier fin, 
las reglas de la democracia 
excluyen el uso de ciertos medios, 
la coacción y el crimen entre ellos.

En presencia de esa distinción, 
resulta pueril centrar el debate en si 
se trató o no de un acto terrorista 
en el sentido técnico de esta última expresión.

Terrorista o no, no cabe duda 
de que se trató de un acto 
frontalmente contrario 
a la convivencia democrática 
porque fue un asesinato que mostró, 
de parte de quienes lo ejecutaron, 
o de los que hoy con diversos pretextos 
lo justifican o lo apoyan, una renuncia 
a los medios que ella ofrece 
para perseguir los propios fines.

En otras palabras, terrorista o no, 
fue un acto que mostró 
la peor de las barbaries: 
la barbarie de la virtud.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

COMENTE SIN RESTRICCIONES PERO ATÉNGASE A SUS CONSECUENCIAS