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Las ideas y la Fuerza



por Ascanio Cavallo
Diario La Tercera, 19 de octubre de 2013

¿Como se construye una nueva fuerza política? Esta es una pregunta casi sin respuesta. Durante todo el siglo XX, la solución fueron las ideologías. Los grandes sistemas ideológicos, como el marxismo o el liberalismo, podían dar soporte no a uno, sino a varios partidos paralelos dentro de una misma sociedad. Pero desde que Daniel Bell decretó el “fin de las ideologías” -en una fecha tan prematura como 1960-, la pregunta se ha repetido sin cesar en un espacio que se parece al vacío.
Algunos piensan que primero es el nombre. Desde el punto de vista de los estándares publicitarios, el bautizo de Fuerza Pública cumplió el primer objetivo: producir ruido. Así se llama ahora el movimiento que agrupa, como mínimo, a los casi 300 mil votantes que obtuvo el ex ministro Andrés Velasco en las primarias de la Nueva Mayoría -otro bautizo que sí se ha demostrado exitoso- y que lo dejaron en la segunda posición, detrás de Michelle Bachelet.
Pero la verdad es que antes de tener nombre, Fuerza Pública ha tenido un líder y un conjunto de ideas que convocaron a liberales hastiados, democratacristianos desencantados, jóvenes apasionados y clases medias estresadas entre el mercado y el Estado. En general, son intelectuales, académicos, profesionales, gentes ilustradas y, al mismo tiempo, un poco aficionadas en la política, que comparten ciertas ideas no muy precisas sobre el cambio social y algunas molestias muy exactas sobre el estancamiento político.
El propio Velasco no viene de las “bases”, ni debuta en la política ni ha estado lejos de las elites. Participó en las primarias de su sector histórico, y si no hubiese concurrido a ellas, sería el único entre los siete candidatos presidenciales que pretenden acabar con la “vieja política” que no renegaría de la Concertación. Pero compartiría lugar en la lista corta de las cuatro candidaturas -Parisi, Enríquez-Ominami, Sfeir y Jocelyn-Holt- que se construyen mejor sobre una persona que sobre un proyecto político.
El caso es que esta persona, Velasco, se ha propuesto aglutinar a otras personas con vocación de centro que, según un lenguaje que ya es familiar entre sus seguidores, se sienten carentes de “domicilio político”, esto es, que se sienten marginados por la “izquierdización” de la ex Concertación o frustrados por el fracaso repetido de la derecha liberal, el Sísifo de la política chilena. La futurología diría que, en ese propósito, sus principales adversarios de cara al 2017 tendrían que ser Sebastián Piñera y Franco Parisi, si sobrevive a la experiencia, o alguien parecido a él.
Pero esto es anticiparse demasiado. Ya dirá la historia qué pudo hacer Fuerza Pública para esa fecha. De momento, su propósito es seducir al electorado de entre 30 y 40 años, educado, de clase media, que quiere huir del bizantinismo político, económico y social en que aparece hundida la clase política frente a las necesidades de modernidad en todos esos planos. Son impetuosos, pero no mucho; audaces, pero no tanto; y digitales, tan apasionada y pecaminosamente digitales como Enríquez-Ominami.
Como todo movimiento político nuevo, Fuerza Pública se levanta sobre una aspiración de pureza que puede ser su primera fortaleza y su principal debilidad, entre otras cosas, porque la pureza sólo pertenece al orden de la política cuando ésta adquiere un carácter fanático, lo que es casi lo contrario de este esfuerzo.
Velasco convirtió en el niño símbolo de la impureza -“malas prácticas”, en su vocabulario- al senador PPD Guido Girardi, y es significativo que éste haya preferido ignorarlo y asegurar su posición dentro de la Nueva Mayoría. De triunfar en las elecciones de noviembre, Girardi habrá derrotado a Velasco en el terreno de la democracia práctica, pero es claro que su hegemonía dentro de la democracia pública estará bastante dañada.
Las conductas de Girardi no son las únicas que caerían dentro de las “malas prácticas”, pero es probable que Velasco las calificase como el caso más estridente dentro de un repertorio que incluye a los abusos empresariales, la competencia desleal y los ejercicios monopólicos.
Fuerza Pública no quiere ser todavía un partido. Tiene aún un moderado espíritu movimientista, pero es seguro que no podrá sustraerse por entero de los imperativos electorales que se sucederán desde ahora hasta el 2017. Frente al probable gobierno de la Nueva Mayoría, se propone el mismo grado de independencia que en otras épocas, como las de Frei y Allende, se denominó “distancia crítica”. Pero esos casos históricos son poco estimulantes. Cuando no representaron aventuras personalistas, se convirtieron en minorías agresivas o vociferantes.
Sin embargo, con todas estas dudas y limitaciones, Fuerza Pública puede ser la idea política más interesante emergida en los últimos 10 años. Otra cosa, por supuesto, es que una idea se convierta en fuerza.

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