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Las elecciones son instancias para comprometer a las personas en proyectos políticos viables, para conversar sobre el tipo de sociedad‏



El ahora o nunca de Evelyn Matthei



La acusación de Evelyn Matthei contra Franco Parisi ha sido por lejos la mayor sorpresa en la campaña. Su denuncia era un cuchillo de doble filo y no está claro quién resultó más herido. Es evidente que la candidata de la Alianza intentó romper el inmovilismo que la tenía cercada. La pregunta es hasta qué punto lo logró.

VISTO EL EPISODIO con perspectiva amplia y sin entrar a la aritmética del cálculo electoral, los datos más perturbadores de la denuncia de Evelyn Matthei son dos. El primero es que tengamos un candidato presidencial con posibles abusos bajo la alfombra, pero que sin embargo se presenta como el paladín contra el abuso en el nuevo Chile. El segundo es que esta denuncia se haya conocido hace tiempo, que la prensa y la televisión le dieran razonable cobertura en su momento y que, sin embargo, nunca haya pasado gran cosa.
¿Por qué lo que parece grave hoy antes no lo fue?
Desde el cinismo se podría responder que el asunto fue subestimado porque Franco Parisi no era, claro, lo que ahora llegó a ser. Esto, siendo efectivo, en realidad no habla muy bien de nosotros como sociedad.¿Cómo entender que estemos calificando una misma irregularidad como grave o como leve en función de la mayor o menor exposición mediática o política del inculpado? ¿Acaso importa un rábano la irregularidad en sí?
Por otro lado, tampoco tiene tanta presentación el discurso enunciado desde el purismo extremo. No sólo el morbo, sino también el sentido común saben que, por muy iguales que puedan ser los pecados de la carne, son bien distintos cuando quien los comete es una prostituta o es una monja. Se supone que la primera no se pretende ejemplo para nadie. La segunda en cambio sí, toda vez que ande predicando virtud.
Es obvio: no es lo mismo un ciudadano de a pie que un candidato presidencial. Y si es por eso, tampoco es igual la conducta de un candidato que para nadie era una amenaza que la de quien ya estaría disputando el segundo o el tercer lugar en la presente elección. El asunto no termina ahí, porque -para más remate- Matthei considera que el crecimiento ha sido a costa de votos que son de su sector.
Ahora Parisi lo sabe: el ingreso a las ligas mayores del poder nunca es gratis. Desde allí hay más posibilidades de dar golpes, es cierto, pero también de recibirlos.
La resonancia
Es probable que la denuncia no hubiera tenido la repercusión que alcanzó de no haber sido hecha personalmente por la candidata de la Alianza. Esto es pura especulación, pero la vía tradicional -que alguien del comando se hubiera hecho cargo del asunto, que fue lo que la gente más prudente de su entorno le recomendó- difícilmente hubiera movido las agujas. La espectacularidad de la jugada está unida al compromiso personal de la candidata. No es por su conducta protocolar que Evelyn Matthei se ha ganado el prestigio de peleadora. La mezcla de pasión y arrebato con que a veces reacciona es una práctica con poco rating en la derecha. El sector, por convicción y doctrina sobrestima la prudencia y a menudo la antepone a la convicción. El dirigente de derecha clásico suele ser poco frontal y bastante temeroso. Evelyn Matthei, en cambio, no lo es y en este sentido se sale del molde. No elude el conflicto y si la gresca va a ser con todo, no será ella quien primero deserte.
Sumas y restas
La cátedra está dividida sobre el efecto final que tendrá la pugna entre Matthei y Parisi. Sea que terminen neteándose y todo quede igual, sea que pierda más ella o pierda más él, lo más probable es que la candidata de la Alianza advirtió que el inmovilismo no la iba a llevar sino a una derrota humillante. Derrota humillante significa, para efectos prácticos, calificar con menos del 25% de los votos o, peor, llegar tercera.
Debe haber sido su intuición más que el cálculo el factor que la indujo a tirar la bomba. La conducta revela varias cosas: que está dispuesta a correr riesgos, que no se resigna a lo que le están diciendo las encuestas, que ella no está en esta elección para entregar puros testimonios. Todo lo que Frei no hizo respecto de ME-O en la presidencial pasada, ella está dispuesta a hacerlo ahora respecto de Parisi.
Sin embargo, y este es otro flanco del tema, consciente o inconscientemente, su decisión en el fondo asume que es preferible perder con dignidad en primera vuelta a la perspectiva de tener que salir a limosnear en segunda vuelta votos populistas que a ella le incomodan.Quiéralo o no, Matthei ya quemó sus naves. Acuerdo, simpatía o complicidad con Parisi no lo hubo ni lo habrá. Menos aún en el escenario de un incierto balotage.
Elecciones para ganarlas
Hay algo desde luego descolocado cuando en una elección presidencial la discusión radica en si Parisi enteró o no enteró las cotizaciones previsionales de los trabajadores de la sociedad educacional de la cual era socio. Se supone que los candidatos tienen tras suyo una trayectoria conocida por todos o respecto de la cual, al menos, no necesitan andar dando explicaciones. Tal vez este flanco nunca estará completamente cerrado en las campañas. La propia candidata oficialista tiene momentos complicados en su historial. Pero el país ya los conoce y se forjó un juicio al respecto. Lo curioso, lo revelador, es que la denuncia contra Parisi haya pasado a ser casi el único vértice con alguna temperatura en la actual campaña.
El hecho una vez más remite a la falta de voluntad para debatir con seriedad las propuestas programáticas que están sobre el tapete. Si esta ha sido una deficiencia endémica de las elecciones presidenciales nuestras, esta vez el asunto fue más lejos, básicamente, porque en la delantera, en Bachelet, se juntó la candidata burbuja con la candidata teflón. Las vaguedades no la perjudican; los ataques tampoco la tocan.
Dado el amplio margen de ventaja que la favorece, cualquiera puede entender la estrategia de Bachelet de no exponerse, de sustraerse a la discusión, de manejarse en contextos seguros o súper testeados y de recluirse en las generalidades. Como tiene tras suyo una coalición muy amplia, que va de liberales a comunistas, cualquier cosa que diga podría enajenarle apoyos e introducir tensiones o cuñas en su propio comando. Siendo así, para qué arriesgarse, pensará.
Electoralmente, la estrategia es más que  razonable. El problema es que una concepción de la política donde las elecciones sean sólo para ganarlas le hace un flaco servicio a la democracia. Las elecciones también son instancias para comprometer a las personas en proyectos políticos viables, para conversar sobre el tipo de sociedad que queramos o no queremos y para fortalecer la conciencia cívica ciudadana, la idea de que, más allá de las motivaciones que podamos tener como individuos, hay opciones y decisiones en la esfera pública que nos involucran y nos afectan a todos como colectividad.
De eso en esta elección ha habido poquísimo. Es una ironía que la falta de proyectos y la abundancia de sonrisas y lugares comunes nos esté llevando, con simpatía, con sonrisas compradoras, con imágenes atractivas  e inocentes, al peor de los escenarios de la política: al espectáculo siempre crudo de la lucha del poder por el poder

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