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Cuestiones de tacto



por Jorge Edwards
Diario La Segunda, Viernes 20 de Enero de 2012
http://blogs.lasegunda.com/redaccion/2012/01/20/cuestiones-de-tacto-1.asp

A propósito de una novela corta que acabo de terminar, basada en un cuento inédito que ya tiene algunos años, un lector amigo, anticipado, discreto, me dice que me esmero en no aburrir al lector, que hago gala de algo que él definecomo “tacto literario”. Recibo cartas, testimonios diversos, llamados por teléfono, que me demuestran que muchos de mis lectores no se aburrieron. Pero no me hago ilusiones. Tengo alguna experiencia en la materia, escribo y leo desde hace bastante más de medio siglo, y sé que la literatura es heterogénea, variada, contradictoria. Algunos autores se esmeran en no aburrir a sus lectores. Otros parece que se esmeraran en lo contrario. No se podría sostener que James Joyce, sobre todo a partir del Ulises, era muy considerado con los que se ponían a leerlo. Era agresivo, les tomaba el pelo, les ponía toda clase de dificultades innecesarias. En el otro lado, en el de la lectura, me he encontrado muchas veces con lectores que aman la dificultad, que no quieren que el escritor les dé facilidades de ninguna clase. Prefieren los libros intrincados, los lenguajes retorcidos, la escritura entre líneas.
El personaje más aficionado a los textos oscuros que he conocido en mi vida es un poeta brasileño, profesor de la Universidad de Sao Paulo, casado con chilena, que se llamaba Haroldo de Campos. Haroldo de Campos era un fanático de la última parte del Fausto de Goethe, de laFábula de Polifemo y Galatea de don Luis de Góngora, del Finnegans wake de Joyce, libro que algunos juran que es imposible de leer. Discutí con él una vez, bebiendo vinos del Rhin en copas de todos colores, debajo de un árbol originario de la Amazonía, sobre textos herméticos de las más diversas procedencias. No me acuerdo de los autores que repasamos, con la excepción de François Rabelais, excepción notable, sin duda, pero sí recuerdo que la conversación fue enormemente amena, original, divertida. Haroldo me aseguró que sólo le interesaban los autores difíciles, y se lo creí a pie juntillas. A mí me agobia a veces la oscuridad, la prosa enrevesada, pero la facilidad me aburre casi siempre. El clasicismo es algo más y algo diferente de la facilidad: es una forma de orden mental, de aspiración a la claridad profunda, de elegancia sobria. Me atrae, sin duda, pero de repente me encuentro con un romántico desmelenado y lo prefiero.
Si se piensan las cosas, creo que lo desmelenado, lo irracional, lo desorbitado, puede ser bueno para la creación literaria, pero es siempre malo para la política. Me pregunto, incluso, si el marxismo leninismo no fue una exageración de la crítica romántica de las sociedades industriales. Digo estas cosas y siempre alguien se sofoca de rabia en alguna parte. Y ese alguien no se da cuenta de que su rabia es una forma de censura, un rechazo instintivo de la libertad de pensar. El Renacimiento, a diferencia de las exageraciones románticas, así como la Ilustración, son más iluminados, más amables, más abiertos; quizá, en el fondo, más informales. Me gustaría volver a hablar de estas cosas con Haroldo de Campos, pero no tengo noticias suyas desde hace alrededor de treinta años. En buenas cuentas, ya ni siquiera me atrevo a preguntar por él. Cenaré la próxima semana con un estupendo poeta portugués, embajador de su país en la Unesco, y le llevaré un cuestionario de temas brasileños y lusitanos. A ver qué me dice.
Me encuentro con toda clase de personas que desean a toda costa convertirse en escritores. Una niña que nació en Chillán y que ya vive en París hace algunas décadas me pregunta qué tiene que hacer. ¿Para qué?, le digo. Para escribir, para hacerme escritora. Trato de disuadirla en forma prudente, sin ofenderla. Regreso después a mi escritorio, mi refugio, y me pregunto: ¿qué sería de la vida sin la literatura? Entre los escritores amables, que no se esconden detrás de una puerta para darle un garrotazo al lector, figuran muchos. Próspero Merimé, por ejemplo, el autor de Carmen, de Colomba. Merimé es el inventor literario del sur de Europa, en especial de España, de Córcega, de Italia. Acabo de saber que nuestra María Luisa Bombal, cuando fue estudiante de colegio en París, escribió una tesis sobre la obra de Merimé y fue elogiada con entusiasmo por sus profesores. Si se hubiera propuesto llegar a ser escritora francesa, le habría ido mucho mejor que entre nosotros.
Hay escritores de segunda línea que a veces parecen de primera. Y viceversa. Y hay escritores de segunda línea que tienen tacto literario, que no practican el terrorismo con sus lectores. Un buen ejemplo: Carlos Morla Lynch, a quien recuerdo en los mismos corredores en penumbra por los que me toca transitar ahora. Hace un par de años me regalaron en Sevilla una edición de su diario de Madrid durante la guerra española. Es un libro amable, a pesar de que relata una tragedia día a día, y es a la vez un libro duro. Esos refugiados en la legación de Chile, a pesar de sus títulos rimbombantes, actuaban como bárbaros hambrientos, sin escrúpulos de ninguna clase. Eran capaces de darse cuchilladas a cambio de un jamón, de un chorizo, de un pedazo de tortilla. Morla, el amable, los describe en páginas dignas de la novela picaresca. Uno comprende que la guerra entre hermanos era un infierno, capaz de sacar a relucir lo peor de los seres humanos, con una que otra excepción. Pienso ahora que trabajé con Morla, de secretario de la embajada, y con Neruda, como ministro consejero. Pelearon como si formaran parte de los diferentes bandos de la guerra. Neruda fue implacable. ¡Qué hombre más malo!, exclamaba Morla, con sus ojos azulinos, llorosos. A mí, ahora, me parece que esas peleas, esas reacciones furiosas, esos odios mantenidos durante años y décadas, son absurdos. Me interesan mucho más las reconciliaciones. Si tuviera tiempo, escribiría un libro inspirado en el tema de la reconciliación. Pero tengo la obligación de escribirle a la Dirad, a la Dirasad, a la Direcon. Son las extrañas siglas que me quitan el sueño en estos días.

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