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La salud aguanta, pero el tiempo es poco y la plata escasa.‏

Los viejos diarios

por Jorge Edwards


El diario El Norte de Castilla cumple 160 años de existencia. Es uno de los más antiguos de la lengua española. El Mercurio de Valparaíso fue fundado en 1827, cerca de treinta años antes. Ahora hay que cumplir muchos años, hombres, libros, instituciones, para celebrar cualquier cosa. Observo, por ejemplo, que “El patio”, mi primer libro, apareció en Santiago de Chile en el mes de mayo de 1952. Saquen ustedes la cuenta y a ver si se atreven a decir, como una periodista de Valladolid, que soy un joven octogenario. El problema es que el sistema métrico decimal produce idolatrías. No se pueden celebrar los 63 años de nada. En cambio, mi primera novela, “El peso de la noche”, fue publicada primero en Barcelona y apareció después en Santiago en 1965. Iré a Santiago el año próximo y haré una celebración estrictamente privada de su cincuentenario. No más de una docena de invitados. Estoy pensando desde ahora en la lista, en las admisiones y las exclusiones. Me reservo el derecho de admisión y seré implacable en la materia. Las ambiciones multitudinarias me parecen cada día más deleznables. Los “happy few” de que hablaba Stendhal serán los doce del cincuentenario.
Con motivo de los 160 años del viejo periódico de Valladolid, me han invitado a conversar sobre el futuro de la lengua española con el ministro de Educación y Cultura. Las lenguas que tienen un pasado histórico extraordinario, como es el caso de la nuestra, tienen futuro. Siempre que sepan respetar su pasado y que no sucumban a las ambiciones futuristas, al internet, al libro digital, a las nuevas tecnologías. Lo que digo, por consiguiente, suena extemporáneo, poco ajustado a lo que en el fondo se me pide. Pero doy lo que me gusta dar y no acepto necesariamente lo que me dan. Y me acuerdo de un poeta, Fernando Pessoa, y pido disculpas, porque Pessoa era portugués y escribió en su lengua. Salvo que en sus años de adolescencia, en África del Sur, escribió sonetos en lengua inglesa. De manera que converso acerca del español, pero no excluyo la literatura en lengua inglesa, portuguesa, francesa. Si mi alemán fuera un poco mejor, también hablaría con sumo gusto, con alegría, de literatura en lengua alemana. Pero aquí me tengo que atener a las traducciones, y esbozo una rápida defensa del arte de la traducción, que me parece espléndido, sorprendente, secreto. Me he dado el gusto de leer en estos días a Baltasar Gracián en su traducción francesa del siglo XVII, la del señor Amelot de la Houssaie. El ilustre traductor se tomaba libertades excesivas, hacía variaciones sobre el original, pero siempre eran imaginativas, inteligentes, ingeniosas. Hacer la alabanza del español, el del pasado y el del futuro, y elogiar traducciones en otras lenguas es una especie de blasfemia, una saludable blasfemia.
El encuentro, intelectual, oficial y oficioso, empresarial, tiene lugar en una hermosa tarde de otoño en el castillo de Fuensaldaña. Primero nos hacen subir por una escalera de caracol, por gradas altas, irregulares, seculares, de piedra, hasta el techo del castillo. Para mirar el maravilloso crepúsculo sobre las planicies vallisoletanas y para sacar las fotografías de rigor. Trataré, pienso, de no despeñarme a causa de una foto, y me alegro de que mis zapatos tengan suela de goma. Alguien me cuenta que los reyes católicos se casaron cerca de aquí y pasaron su luna de miel en Fuensaldaña. Pero alguien baja la voz y agrega que Fernando e Isabel, primos y necesitados de dispensa papal para casarse, tuvieron los primeros escarceos amorosos detrás de estas paredes, ¡antes del matrimonio! Fernando, el de Aragón, tenía 17 años de edad, e Isabel, la castellana, 18. Después blandieron las espadas, derrotaron a los señores moriscos del Reino de Granada, financiaron el descubrimiento de América, expulsaron de la península a árabes y judíos… Salvo que se convirtieran a la región católica y apostólica…
A mí me parece interesante, divagaciones históricas aparte, la participación de los escritores de lengua española en la prensa escrita. Comenzó en la España del siglo XIX y se proyectó de inmediato en América. Andrés Bello escribía en El Araucano de Santiago desde las primeras décadas de la República. Después vino gente como Lastarria, como Pérez Rosales, como Jotabeche, como Daniel de la Vega. Estoy en Madrid y me atrae mucho la idea de formar acá una biblioteca chilena. Pero no tengo fortuna personal y detesto la idea de andar pidiendo becas, platas de fundaciones, todo eso. Me limito, entonces, a encargar la biografía de Bello por Iván Jadsic, las crónicas de Joaquín sobre el bisabuelo de piedra, los libros principales de Humberto Giannini, que se murió de cansancio en medio de la relativa, somnolienta indiferencia chilena. Haría más si tuviera tiempo y dinero. La salud aguanta, pero el tiempo es poco y la plata escasa.

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