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10 cosas para las que somos buenos los chilenos

 
Poco queda del fervor olímpico, sólo un rumor introspectivo que pone en entredicho nuestros verdaderos talentos. ¿Tenistas, gimnastas? ¿En qué somos medalla de oro los chilenos? Nuestro columnista Francisco Javier Olea, autor del Manual de Estilo (cuyas lecciones se recopilarán en un libro) reflexiona al respecto y construye el decálogo de nuestras potencias.   

TEXTO E ILUSTRACIONES FRANCISCO JAVIER OLEA
 Diario El Mercurio, sábado 18 de agosto de 2012
http://diario.elmercurio.com/2012/08/18/el_sabado/el_sabado/noticias/2080ee88-4974-4138-92ef-2dbc81d8a26c.htm
Sacar la vuelta 
El chileno se ha vuelto fanático del café. Maneja vocablos extranjeros y diferencia tipos de café. En este fenómeno, catalizado por las cadenas cafeteras, el chileno ha encontrado un oasis, un paréntesis justificado en el ajetreo laboral. Es que "el cigarrito" -que en diminutivo buscaba aparentar un lapso de tiempo menor- está desprestigiado y a los ojos de un superior se percibe como una actividad poco sana y autodestructiva. El café, no. Tiene estilo.
Pero el que sabe sacar la vuelta no requiere, en rigor, dar una vuelta ni ir muy lejos. Este arte puede desarrollarlo incluso desde su lugar de trabajo. Todo está en la actitud. Si va a jugar solitario, el sacador de vuelta se suelta la corbata y tiene preparada una planilla Excel que despliega ante cualquier amenaza. Si se va a dedicar a incrementar sus amigos en Facebook procure no coquetear con la pantalla y teclea largos "JAJAJAJA" sin mover un músculo.  

Espías urbanos
El contribuyente nacional que vive circundado por cubos de cemento llenos de gente ha desarrollado la habilidad de avanzar mirando hacia el lado. Y no es que avance con paso seguro como los cadetes en la parada militar. Este personaje se detiene, se agazapa, junta cabos, arma hipótesis, conjeturas. En cada uno de esto animales urbanos hay un espía secreto, un fisgón que quiere descubrir las historias ocultas y ojalá retorcidas de sus vecinos. En cada uno hay un periodista recabando la suficiente información para poder hacer la denuncia a su público, que no es más que otro ciudadano con la misma actitud de él y que le aportará otro dato sabroso. Así, elaboran teorías devastadoras como "seguro que el niñito tiene algún retraso" o "esa niñita podría ser su hija". Seguramente usted los ha visto por ahí. Sufren de un delirio que los hace barrer la vereda una y otra vez.

Degustar gratis
No es que el habitante de este país se desplace por la vida muerto de hambre o con la necesidad irrefrenable de paladear sabores y texturas. Esto es algo transversal y en el fondo del fenómeno se lee en grandes letras de neón la palabra "gratis". El cubito de queso, la salchicha aceitosa, el vasito con cereal o el "cortito" de algún licor hacen tambalear todas las alarmas y hacen que la dignidad caiga en forma de gotas de saliva. Es casi un ritual: primero, la danza del buitre. Un paseíto en torno a la simpática promotora buscando el momento preciso para dejarse caer sin hacer una cola, pero teniendo plena conciencia de las piezas que quedan en la bandeja y que no dejará ir. Luego, algunas preguntas demostrando un falso interés en el producto: "¿Y hay otros sabores?,¿esto se produce en Chile?". Luego retirarse con una sonrisa satisfecha, obviamente sin comprar nada. Esta actitud, en un grado crónico, lleva a sentir interés por los repartidores de volantes o dípticos.

Usar Cupones
Si de algo se puede jactar el chileno es de la habilidad para encontrar ofertas, descuentos y oportunidades. Cualquier cosa que le dé la posibilidad de enrostrar su astucia a sus pares que seguramente pagaron más por lo mismo. Y en este escenario aparece el incombustible cupón, ese mismo que recortaban las abuelitas con las tijeras de costura o que desenrollaban del tarro de leche condensada y depositaban persignándose en un buzón con la esperanza de ganarse una TV a color. Ahora la cosa ha cambiado un poco. El cupón viene prepicado en insertos de papel couché. El cupón viene promocionado hasta el cansancio por empresas que se dedican a difundir ofertas de depilaciones, pizzas, manicura, lavados intestinales, atiborrando nuestro correo electrónico. En primera instancia, se reacciona ante la invasión (no ante el consumo) y se le hace "delete" a todo, pero basta que alguien nos comente todo lo que se ahorró en su lavado intestinal para empezar a pensar que no sería tan malo renovar el sistema digestivo.

La peor tragedia
Al chileno le ha tocado sobreponerse a situaciones muy dolorosas; terremotos, inundaciones, accidentes y una larga lista de tragedias que se dan de cuando en cuando a lo largo de nuestra acontecida historia. Ese destino de país costero situado en la inestabilidad de fallas tectónicas y placas que se remecen, nos ha convertido en grandes narradores de tragedias y fatalidades. A tanto ha llegado esta especialización que se ha transformado en una destreza de alta competencia. No se puede ser menos, siempre habrá algo peor. A la historia del pariente con cáncer se le responde con el pariente con cáncer y además con hijos pequeños. La idea es no quedarse corto. Incluso se puede echar mano a historias ajenas y hacerlas propias. Todo está permitido con tal de agregarle algún sórdido condimento que profundice la gravedad de lo relatado.
 
Talentos privados
Hace algún tiempo que es cosa de prender la televisión abierta para encontrarse con algún programa de talentos, donde chilenos anónimos y otros que luchan contra el anonimato quieren mostrar su gracia, algo que los distinga de la masa gris que deambula como zombis. Vemos concurridos castings donde compatriotas tratan de demostrarle a su país y al mundo que son buenos para algo. Pero este fenómeno lo que hace es remover una tradición de talentos privados. Eximios cantantes de ducha, percusionistas de escritorio, virtuosos en instrumentos de aire, bailarines y actores de espejo. El chileno está perdiendo el pudor y haciendo realidad su sueño de convertirse en una figura pública. En esta revolución, eso sí, quedan varios heridos. Varios que estaban más cómodos con aplausos imaginarios que con las pifias y el bullying del animador de turno.
 
Tomar bebida
Era en los ochenta cuando, en medio del jolgorio y la excitación de una celebración importante como un cumpleaños o el festejo de algún premio, la mamá daba la añorada venia para correr al mueble correspondiente y sacar, como si fuera una estatuilla egipcia de una bóveda, la bebida de litro en botella de vidrio. Hoy, este relato parece ridículo. Es cosa de ver los carros en el supermercado. Nos hemos convertido en consumidores acérrimos de gaseosas. El agua es para lavarse los dientes, la fruta para decorar el frutero. No concebimos celebración sin calcular, por lo menos, medio litro de sulfato por cabeza. Por todos lados hay máquinas que reproducen una bebida congelada en plástico posformado que activan y comprimen nuestros sentidos en uno solo, uno que lo único que quiere es escuchar el "ttsssssss" al girar la tapa o tirar de la latita.

Decir sin decir
Somos los reyes del eufemismo, del rodeo, del endulzamiento de las amarguras cotidianas. Nos acusan de no decir las cosas de frente y no es así. Las decimos de frente pero disfrazadas de abuelita bonachona. Incluso, es probable que por cuidar tanto las formas y limar tanto las puntas del mensaje se nos enrede el hilo y terminemos cambiando el tema y evitando ser los portadores de una información conflictiva. Y no es falta de honestidad o frontalidad, no señor. Decirle a alguien que "su ropa es horrible" sería honesto y frontal, pero eso sería un balazo en medio de su delicada psiquis de país emergente, un desatino total y un exceso de realismo. Decirle a alguien que "su ropa es como de modelo de Sábados Gigantes de los 80" tiene otra temperatura, una imagen identificable, un coqueteo con la ironía y ni una gota menos de honestidad.
 
Derivar el trabajo
En nuestro país hay muy buena mano de obra. Gente muy esforzada que es capaz de seguir una instrucción y llevarla a cabo responsablemente. Pero también es cierto que en el corazón, en la matriz de cada uno de ellos hay un gerente frustrado. El chileno nunca se siente el último en la pirámide laboral aunque lo sea. Siempre encontrará alguien a quien traspasarle la carga, porque si tiene 10 horas para hacer un trabajo, prefiere ocupar 9 en pensar la forma de endosarle con astucia la pega a otro. Y esto, en segundo término, se engancha con la actitud de "repartir las responsabilidades" y no asumir solo los costos de una posible "negligencia". Para ser flojo y no parecerlo hay que ser muy ingenioso.
 
Acumular cachureos
El espíritu chileno es acumulativo. No se renueva, sino que una capa se pone sobre la otra. Estamos llenos de anticuarios porque en algún momento nos dimos cuenta de que se podía hacer negocio y habilitar espacios en la casa al mismo tiempo. Puede ser que ciertos períodos de escasez nacional hayan esculpido esta tendencia al almacenamiento, a la sensación de que cualquier cosa, llegado el momento -momento que nunca llega- puede ser útil. Se confunden los conceptos y muchas veces se pretende hacer pasar por colección un conjunto de despojos sin ninguna armonía, o se cree que la televisión que un día dejó de funcionar va a revivir milagrosamente. Hoy se han instalado lugares de reciclaje, verdaderos vertederos criteriosos donde se pretende cambiar el paradigma y hacernos creer que nuestros queridos pertrechos no van a morir, sino que a reencarnarse en basura.
 

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