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Una anónima proximidad humana que podemos oír sin necesidad de escuchar y menos de responder...(cavilaciones en torno a desplazamientos por una pista demasiado resbaladiza)‏

Crónicas reunidas Pista resbaladiza
Roberto Merino: los radares de la conciencia

"¿Autobiografía involuntaria? Mejor autorretrato", escribe Agustín Squella acerca de este volumen de crónicas en cuya selección se privilegió a aquellas que insinúan "una cierta intimidad existencial".  

por Agustín Squella 

Diario El Mercurio, Revista de Libros
Domingo 14 de septiembre de 2014
http://diario.elmercurio.com/2014/09/14/al_revista_de_libros/revista_de_libros/noticias/B0A7CC3C-0E6E-4CA7-9406-F60EA1A938AD.htm?id={B0A7CC3C-0E6E-4CA7-9406-F60EA1A938AD}


No conozco a Roberto Merino. Cuando lo diviso en el Tavelli de Providencia lo saludo, es cierto, pero no me acerco a conversar. Él está siempre ocupado con su computador, como si hubiera ido allí para no estar allí, sino consigo mismo. Ahora, al leer Pista resbaladiza , una selección de sus crónicas, editadas por Andrés Braithwaite, compruebo que ambos pertenecemos a la estirpe de los que en un café buscan cualquier cosa menos conversación, lo mismo que pasa en un bar, otro típico lugar bullicioso que Merino frecuenta para encontrar algo de tranquilidad. Hablar suele resultar agotador. Estar solo viene generalmente mal. Entonces es cuando en un bar o en un café se consigue una anónima proximidad humana que podemos oír sin necesidad de escuchar y menos de responder. Bares y cafés son lugares de acogida en los que no te preguntan de dónde vienes ni cuánto tiempo te quedarás. Lugares en los que todavía queda algo de humanidad, lo mismo que hipódromos y gasolineras -según decía Bukowski-, y en los que nadie tendría que pedirte que abandones la compañía de tu propio anonimato. GONZALO SANHUEZA,

Merino no tiene nada contra los felices y exitosos, aunque sí con los complacidos de la vida, con aquellos que se instalan en una terraza de las veredas de la ciudad para deglutir con calculada parsimonia uno de esos enormes helados cubiertos con chocolate, coronados con crema y rematados con una guinda. Se trata de tipos que no transpiran, que nunca se ensucian la ropa, que jamás dan la impresión de que el tiempo o la desdicha los hubieran pillado desprevenidos, que conocen la desesperación solo cuando un gran terremoto los despierta en medio de la noche. Sujetos que no sienten ningún vacío, nunca, y que desconocen lo que el autor de estas crónicas refiere como "la desquiciada voz interior que nos acompaña desde el despertar hasta el momento en que rendimos la conciencia al sueño".

Merino tiene claro que a un cronista, a diferencia de un novelista, lo que le enciende los "radares de su conciencia" es la evanescente condición de la realidad, su constante presencia y disolución, y no la capacidad de fabular y construir historias. Un cronista es siempre una especie de vagabundo que recoge fragmentos, piezas de desecho, y que no espera más del paso que se apresta a dar que lo que obtuvo o perdió con el que acaba de realizar.

Según palabras de su autor, estas crónicas configuran una especie de "autobiografía involuntaria", puesto que en la selección de ellas se prefirió las que insinúan "una cierta intimidad existencial", lo que llamamos "yo", si bien sabemos que no hay nada como eso al modo de una unidad a la que pudiéramos reconducir todos nuestros actos y emociones. Si el cerebro es un órgano fragmentado, cada individuo también lo es. Si la experiencia de vivir es desordenada, la conciencia que cada cual tiene de sí también lo es.

Vivir donde a uno le tocó vivir -Chile, Santiago, Providencia- es la mayor muestra de humildad con nosotros mismos, piensa Merino. Vivir con el que somos -o con los varios que somos- es también una muestra de modestia. Nada de lo que uno quiere o piensa requiere un cambio de país, de ciudad, ni siquiera de barrio, y en cuanto a cambios en uno mismo, sabemos que se trata de la vana promesa que hace de la literatura de autoayuda.

No vamos a ninguna parte. Bien lo sabe Roberto Merino. Y tampoco es que necesitemos hacerlo. Somos sedentarios nómades. Nos movemos todos los días en apenas unos cuantos metros cuadrados, y es allí donde tenemos que encontrar la alegría no de la vida, sino de cada día, de cada momento, que bien puede hallarse en la mancha que de pronto hace en el tintero un rayo de sol matinal, según descubrió Katherine Mansfield, y que Merino redescubre cuando el sol hace otro tanto en una esquina cualquiera de Providencia.

¿Autobiografía involuntaria? Mejor autorretrato. "¿Por qué hablas siempre de ti?", le preguntaron una vez a Merino. "Porque estoy cansado -respondió-, y si hablo de algo lo hago con el resto del aliento que me queda al finalizar el día".

Somos vagabundos (y así luce el propio Merino en la portada de su libro), y estas crónicas son una buena escolta para nuestros desplazamientos -que no para el camino, porque camino no hay-, sobre todo cuando la pista se ha puesto ya demasiado resbaladiza.

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