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Saludo a Nicanor

Saludo a Nicanor

“En sus años de madurez, Nicanor adquirió un tono único, que no es fácil definir: coloquial, amistoso, burlón”.

Por Jorge Edwards
He escrito muchas veces, decenas de veces, sobre Nicanor Parra. He visto a Nicanor en muchos lugares, he conversado con él de temas innumerables, hasta de la física de Newton, he viajado en compañía suya en diversos momentos. Ya no recuerdo si él participó en un viaje en tren a un bautizo del hijo de un alumno de Jorge Millas, en unas tierras del sur. Jorge Millas era filósofo, ensayista, profesor de Filosofía. Era personaje de muchos poemas de Parra, como Luis Oyarzún Peña, como Enrique Lihn. Todos ellos figuran en los versos de Aunque no vengo preparado, sección de una antología en lengua inglesa de sus poemas. En sus años de madurez, que han sido largos, Nicanor adquirió un tono único, que no es fácil definir: coloquial, amistoso, burlón sin hacerle demasiado daño a nadie, íntimo, nostálgico. Es un maestro de la tomadura de pelo, de la que no se salva casi nadie, y suele hacer “desconocidas” más o menos serias. Pero sería una tontería ofenderse. El poeta es cultivador apasionado de una amistad a la criolla, sin afectación, con franqueza, con evidente fidelidad, con episodios mejores y peores. Recordemos que es un lector intenso del Martín Fierro, una de las expresiones más originales de la poesía popular en América Latina. Si Nicanor se agarra la cabeza a dos manos y la mueve en forma negativa, es mal asunto. Uno entra con Nicanor en terrenos familiares, muchas veces transitados, pero donde nunca faltan las sorpresas. Hemos discutido con él sobre espacios que ahora llamarían virtuales y sobre instituciones imaginarias, como el Instituto de la Maleza y la Sociedad Gagá de Chile. ¿Saben ustedes quién era el presidente perpetuo de la Sociedad Gagá? Lo diré cuando cumpla yo los cien años. También nos empeñábamos en repetir las reflexiones, las frases, las opiniones de un personaje inventado, el AntiNiño. El AntiNiño era una invención llena de facetas reales, de cosas de la vida cotidiana llevadas a extremos.
Participé poco en la confección del Quebrantahuesos, que se hacía con diarios atrasados desplegados encima de una mesa y con poderosas tijeras. Los más asiduos eran Alejandro Jodorowsky y Enrique Lihn. Pero leía siempre los resultados escritos y pegados, que se mostraban en un rincón de la calle Ahumada, cerca del antiguo Waldorf y más o menos al frente del Café Haití, donde los poetas de La Mandrágora exploraban el horizonte urbano con miradas entre altaneras y distraídas: Firma acreditada necesita –36 burros– para trabajo oficina y traducciones.
Los recortes del Quebrantahuesos podrían haber continuado hasta hoy mismo; los lectores, que se aglomeraban y no dejaban circular por la vereda se habrían renovado a lo largo de las generaciones.
El día 31 de diciembre del año 1967 viajamos a Cuba vía Amsterdam, por el camino más largo, como había que hacerlo entonces a causa del bloqueo. Me acuerdo de la fecha exacta porque celebramos el Año Nuevo durante el viaje. El grupo de gente del mundo del arte que viajaba a participar en los jurados literarios de la Casa de América y en el Congreso Cultural de La Habana éramos Nicanor Parra, Gustavo Becerra, Fernando de Szyszlo y el desubicado autor de estas líneas. Por razones de clima, no pudimos aterrizar en Amsterdam, seguimos viaje a París y perdimos una de las combinaciones a La Habana. Después nos hicieron bajar a Madrid y tomar un avión que hacía la ruta por el aeropuerto canadiense de Gander. Recuerdo caminatas por el sector madrileño de San Antonio, verde selva de boinas negras, alpargatas, bastones, que discutían con furia singular sobre ya no recuerdo qué asunto. En una de esas la poesía de Vicente Huidobro. ¡Qué tiempos, qué pláticas interminables, qué carcajadas! Y de repente sobrevenía una tristeza: Violeta Parra había muerto hacía poco y Nicanor le había dedicado unos versos inspirados en las célebres estrofas de pie quebrado del poeta renacentista Villegas: Dulce vecina de la verde selva… Violeta Parra (en lugar de céfiro blando). Algunas personas de visión corta acusaron a Nicanor de plagio, como era de esperar.
He conocido a otros escritores centenarios: a Ernst Jünger, que murió de 103 años, sólo en la lectura de su obra, y a Francisco Ayala, amigo mío desde 1958, conocido en conversaciones del campus de la Universidad de Princeton. Cuando me dieron el Premio Cervantes, la primera persona a quien fui a visitar en su departamento de Madrid fue Paco Ayala, que había votado por mí muchas veces y que entonces ya estaba a un paso de su centenario. Celebramos la ocasión con whisky de la mejor clase y salí con la impresión de que la bebida de Escocia hace muy bien a la salud.
Ahora me alegro de la maravillosa salud, biológica y del espíritu, de Nicanor, y brindo por él desde mi rincón frente al cerro de Santa Lucía, en espera de poder visitarlo en semanas un poco más tranquilas.

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