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Un arquitecto del sonido, de una música que por ahí pasa inadvertida en el momento en que uno la escucha, pero que queda alojada en algún rincón de la memoria...‏

Diario El Mercurio, Sábado 13 de septiembre de 2014

Más puro

Josefina Licitra: "Cuando era chica, en la década de 1980, tenía un grabador marca Hitachi metalizado (...) Así empecé a escuchar a Gustavo Cerati. Así comenzamos muchos de mi generación. Tengo 39 años y pertenezco a la camada de los que crecieron junto a sus temas..."


Cuando era chica, en la década de 1980, tenía un grabador marca Hitachi metalizado, pequeño, que usaba a modo de almohada al irme a dormir. Apoyar la cabeza ahí arriba era terriblemente incómodo, pero me gustaba conciliar el sueño con ese aparato pegado a mi oreja. El parlante y mi cuerpo eran la misma cosa. Esa comunión -que fue más sencilla años después, cuando se popularizaron los auriculares- era una forma literal de adentrarse en la música.

Así empecé a escuchar a Gustavo Cerati. Así comenzamos muchos de mi generación. Tengo 39 años y pertenezco a la camada de los que crecieron junto a sus temas. De los que eran -éramos- chicos para ir a los recitales y solo conectábamos con su voz haciendo contorsiones ridículas en la intimidad de nuestras casas. "Signos", "En la ciudad de la furia, "En el borde": todas esas canciones -las de la primera época de Soda Stereo- nos llegaban en el silencio de la noche, cuando cerrábamos los ojos y teníamos la primera fantasía de ser músicos de rock.

La voz de Cerati, amplificada por los ecos del insomnio, era especialmente alada. Era fácil volar con ella. Los Redonditos de Ricota (Los Redondos, la banda que siempre confrontó estética e ideológicamente con Soda Stéreo) tenían una propuesta más áspera y vinculada a la poesía maldita. Cerati, en cambio, era la condensación exacta de un elemento volátil. Cerati pegaba sin mostrar los puños. Su mirada y su eficacia eran inteligentes, y a la vez eran un misterio.

"A mí me gusta mucho lo que denomino trance-rock, o sea un rock de transición en el que la música no es tan invasiva, sino que se vuelve más sugerente, crea clima. No me gustan esos discos agresivos donde el mensaje es 'acá estoy yo', prefiero la música que por ahí pasa inadvertida en el momento en que uno la escucha, pero que queda alojada en algún rincón de la memoria", dijo Cerati durante una entrevista por la salida de Amor Amarillo, el disco que grabó en Chile en 1993.

Amor Amarillo -su primer álbum solista- se había editado ocho años después del primer disco de Soda Stereo. Y, sin embargo, como sucede con los artistas que plantean su trabajo en términos de obra, parecía estar entramado por los mismos hilos -aunque en una versión más sofisticada- que usaba Cerati en sus primeros tiempos. Sin estridencias vanas, pero con belleza, desde un comienzo -y sobre todo con el paso de los años- Cerati quiso comunicarse con el público a través de puertas laterales. Y lo hizo bien. Tanto, que el pasado 4 de septiembre, cuando le llegó el momento, se fue -y perdón por el recurso fácil- por la puerta principal.

La despedida a Cerati, en Buenos Aires, estuvo a la altura de fenómenos sociales como el adiós al ex Presidente Néstor Kirchner. Buena parte de los diarios del mundo mencionaron su muerte. Toda la comunidad de músicos hispanohablantes tuvo algo que decir. "Aún nos queda por hacer la canción más importante de todas", dijo Shakira. "Gustavo Cerati fue un arquitecto del sonido", dijo Charly García. "Fue el mejor músico con el que estuve en un escenario", dijo Zeta Bossio. Y después estaban las voces anónimas en las redes sociales y en la calle. Fuera de la Legislatura Porteña, donde fue velado Cerati, miles de fanáticos hacían fila bajo la lluvia para entrar al Salón de Honor y despedirse de un modo individual. Y los mismos periodistas que cubrían el episodio debieron hacer un esfuerzo por mantenerse compuestos. Raúl Zapata, mi querido amigo, de la señal Crónica TV, acostumbrado a cubrir muertes y un sinfín de tragedias sin que se le mueva un músculo emotivo, se desarmó por primera vez -desde que lo conozco- allí adentro.

¿Qué nos pasó? ¿Qué hizo Cerati para recibir tanto? A lo largo de su vida editó, solo o en banda, más de 30 discos y participó en más de 45 álbumes. Pero la clave no parece ser de un orden nominal: no queremos a Cerati, probablemente, por su inmensa producción. Sino porque supo usar la música como un pasaje de conocimiento existencial. Como un modo de adentrarse en las coordenadas temporales y espaciales a las que fuimos arrojados cuando llegamos al mundo y debimos enfrentarnos -desde el minuto cero- a la conciencia de la muerte.

En su carta de despedida, el Indio Solari -quien fuera líder de Los Redondos- dijo esto de un modo más bello. "Gustavo, ahora sí vas a poder evitar el cansancio de huir de la muerte. Todo este tiempo dormido fue necesario, quizá, para enseñarte a morir consolando a tus queridos. Los verdaderos artistas, estoy convencido, conocen la muerte antes de morir. No se dejan llevar ni un minuto antes ni uno después de reconciliarse con la vida. Dicen por allí que al morir nos es dado conocer el secreto de la música en nuestro primer llanto al nacer. En cuanto a lo que me toca, me has hecho disfrutar de tu dulce voz y de tus espléndidos juegos con las guitarras. Tu etapa solista fue sólida y aventurera y es lo que más me gusta de lo que nos has dejado. Bueno... a comenzar de nuevo en tierra incógnita".

Así que tal vez sea eso: al igual que otros grandes artistas, Cerati usó la música para explorarle los perfiles a la muerte y despojar la existencia de artificios. Acaso por esa razón, los que crecimos con su música y sobre todo entramos a la adultez con ella, vemos en Cerati, por momentos, la versión cruda de una evolución que nos llegará a todos.

Si tenemos suerte.

Josefina Licitra

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