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"Agosto": Decir la verdad

"Para este director, el problema del teatro frente al cine es que en el primero las personas, tarde o temprano, siempre están obligadas a decir la verdad..."

Como película, la recién estrenada "Agosto" es una interesante obra de teatro. Sé que es un chiste que se ha usado antes, pero no pude evitarlo: describe bien la situación. La cinta no solo está basada en el drama de Tracy Letts, sino que fue el mismo Letts quien escribió su adaptación cinematográfica. En tanto que John Wells, su director, un hombre con un solo largometraje en el cuerpo ("The company men", de 2010, una cinta que sin ser descollante no estaba nada de mal), no fue capaz de despegar a la cinta de su origen teatral, quizás debido a que más que películas ha hecho series de televisión y, digan lo que digan, no son lo mismo.

Darle vuelo cinematográfico a una obra de teatro va mucho más allá, por supuesto, de aprovechar la película para crear más variedad de escenarios que en la obra original. Se trata de entender que teatro y cine son cosas muy distintas. Hay películas filmadas prácticamente en un solo escenario que nadie podría acusar de teatrales, como "La soga" (1948), de Hitchcock, o "Cuchillo al agua" (1962), de Polanski. Y "Agosto", en cambio, que tiene múltiples escenarios y numerosos planos de las largas planicies de Oklahoma, sigue pareciéndose mucho a una obra de teatro filmada. ¿Por qué? 

En parte, porque Wells filma toda su historia con demasiada comodidad, falta de recursos y escasa fe en el cine. Prácticamente todos sus planos de personas y rostros son filmados a la altura de los hombros, en encuadres de la cintura hacia arriba, de manera muy televisiva, de forma que podemos seguir muy nítidamente las expresiones y palabras de los personajes, sin perdernos nada. El montaje guía al espectador de la misma forma. Cada plano es para presenciar una expresión, escuchar un diálogo, recibir una y solo una información: esta persona se enojó, esa sonrió, ella se siente incómoda, aquella está perturbada, aquí hace calor. Cada plano tiene una función muy clara, pero el cine, si no quiere volverse pedestre, necesariamente debe saber trasmitir ciertas cuotas de ambigüedad, que no son otras -pero tampoco menos- que las que contiene la propia realidad. 

A eso se suma que el teatro es el teatro y que cierto tipo de dramas suele tener marcas o lugares comunes demasiado evidentes. En esta historia de una familia que se reúne después de que el padre desaparece misteriosamente no falta la persona que habla demasiado pero que dice poco; el tipo moderado que trata, con algo de ingenuidad, de que todo ande bien; el irresponsable al que todo le importa poco y nada, y la mujer ácida, herida e inestable, que dice la verdad y permite que la acción se mueva. El teatro, por su estructura y su tradición, tiende a hacer demasiado en un espacio temporal muy acotado y, por lo tanto, suele ser muy concentrado, muy enfático y muy "intenso". Así, los personajes cambian de estado de ánimo de un momento a otro, las discusiones escalan en violencia con facilidad y todos andan con las emociones a flor de piel. "Agosto", en ese sentido, es un ejemplo perfecto. Bien actuada, creíble, convincente, pero como obra de teatro. 

Rohmer, que en su momento también escribió una obra de teatro, acertó al punto con gran lucidez. Para este director, el problema del teatro frente al cine es que en el primero las personas, tarde o temprano, siempre están obligadas a decir la verdad. Más que gracias a la acción, el teatro funciona a través del verbo, de lo que las personas se dicen unas a otras, y para llegar a la verdad al final hay que declararla. En el cine, en cambio, los personajes pueden mentir, como en la vida real, porque la verdad aparece de otra forma.

Agosto.
Dirigida por John Wells.
Con Meryl Streep, Julia Roberts, Chris Cooper, Ewan McGregor y Benedict Cumberbatch.
Estados Unidos, 2013, 121 minutos. 

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