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Aforismo: un texto «breve» que se define por su indefinición

«Por fortuna, 
su naufragio no era definitivo.
Por desgracia, era incesante».

Atajos para no llegar
Martín Hopenhayn
Tajamar 2014, 177 páginas.

Otros libros de aforismos
del mismo autor:
Escritos sin futuro 
y  Así de frágil es la cosa.

Atajos para no llegar
parece un movimiento repentino
que, por sus velocidades contradictorias,
no termina de cerrarse: ninguna idea,
por aguda que resulte, puede ser definitiva.

¿Qué es un aforismo?

Un texto «breve» que 
se define por su indefinición,
dijo alguien.

Éstos suelen consistir 
en pocas líneas donde Hopenhayn
se interroga, a menuda
con paradojas y polisemias,
sobre encrucijadas de la vida social
o enigmas morales del individuo.

Sensaciones e ideas sembradas
en cualquier zona
de la conciencia escéptica.

Textos rápidos que reflotan 
preguntas que habíamos olvidado
(y que no tienen una respuesta).

O que nos obligan a recordar 
-sin énfasis, ni muecas-
la melancolía del fracaso
(como aquel naufragio).

Aunque sea 
el hundimiento
de las certezas.

Tienen los aforismos
algo de sentencia,
de verso, de proverbio,
de broma cruel incluso.

De paradoja, ya se dijo.

(…)

«El beso, vapor de eternidad».

La gracia de estos tubos de ensayo verbales,
donde quieren hibridarse el poeta y el filósofo,
está en eso: desencadenan en la cabeza del lector
las piruetas inesperadas de la lógica.

De varias lógicas posibles,
estereotipos incluidos:
las palabras son espejos movibles
frente a la realidad física y psíquica.

El aforismo puede salir a la calle
e ir más allá de las perplejidades
sexuales y metafísicas.

Uno sicocultural, muy chileno:

«Nuevo modismo en boga
para cuando la realidad no está
a la altura de las expectativas:
'es lo que hay'.

La conciencia bascula
entre la estrechez del conformismo
y la lucidez de la conformidad».

No está mal,
esas dos palabras 
nos dejan rumiando:
creíamos estar tranquilos,
pero se ve que no.

En algunos casos,
el aforismo puede sonar obvio,
y es que -¿ciegos?- vemos en él
una simple metáfora de la adicción:

«Luego de devorar su objeto
el gozo de media vuelta
y devora al gozador.
A muchos sorprende desprevenidos,
unos cuantos lo advierten,
pocos se retiran a tiempo».

Un riesgo ocasional
son los barroquismos de la razón:
tanta abstracción hace del dolor
el objeto de un juego iluminado pero distante.

Otras veces, la empatía con el lector es total:

«El peligro de la vejez: 
resentir el deterioro del rostro y el cuerpo
como si esa vejez no lo habitara uno,
sino un joven encapsulado por error
en aquel cuerpo de anciano,
pataleando inútilmente para que 
el tiempo regrese y destape el frasco 
que lo mantiene cautivo».

Esa ilusión 
-diría el aforista-
es otra máscara de la muerte.
(...)

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