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La guerrilla literaria de un chileno en Brooklyn


En 2010, la prestigiosa revista literaria Granta eligió a Carlos Labbé como uno de los "mejores novelistas jóvenes en español", y en esa lista solo había otro chileno, Alejandro Zambra. Aquí, el escritor habla de su infancia junto al río Cachapoal, critica la voz narrativa de Bolaño, el periodismo chileno -"un subproducto de la pésima prosa de Fuguet"- y los nuevos libros-bonsái.   

ANDREA MUÑOZ H. DESDE NUEVA YORK 
Diario El Mercurio, Revista Sábado, 3 de marzo de 2015
http://diario.elmercurio.com/2015/03/07/el_sabado/_portada/noticias/067FC929-6720-4AB6-9D74-E9EEC80EB67F.htm?id={067FC929-6720-4AB6-9D74-E9EEC80EB67F}

Un día que llovía a cántaros en Nueva York, Carlos Labbé tomó uno de sus libros y se puso a pasar las hojas, buscando un capítulo:

-A ver, dónde está. Chuta.

La biografía de este escritor chileno es tan difícil de resumir como la intriga de alguno de sus libros. De Carlos Labbé se suele decir que es músico pop, guionista, coeditor en Sangría Editora y crítico literario en la revista electrónica Sobrelibros.cl. Que nació en Santiago y creció en las afueras de Rancagua, en un campo donde se plantaban almendros, a la orilla del río Cachapoal. Que se licenció en Letras con una tesina sobre Juan Carlos Onetti y que obtuvo un magíster con otra sobre Roberto Bolaño. Que Carlos Labbé es el marido de Mónica Ríos, también escritora y chilena. Que viven en Estados Unidos desde 2010, cuando ella comenzó a estudiar un doctorado. Alto, delgado, moreno, vegetariano, Carlos Labbé tiene 38 años y ocho libros publicados, contando una novela titulada La parvá, que llegará a Chile a fines de abril. De su escritura, los críticos han dicho que constituye "una de las grandes esperanzas de la literatura en español". Por lo menos, una de las grandes esperanzas de la literatura chilena, opinaba Fogwill, un año antes de morirse, cuando le dijo al periodista Roberto Careaga que Navidad y Matanza -su tercera novela- era lo mejor que se había publicado en Chile durante los últimos veinte años.

En ese sentido -el de la esperanza- era interesante ver a Carlos Labbé perdiéndose en su propio libro.

Estábamos hablando sobre Piezas secretas contra el mundo, que salió a la venta el año pasado a través de la editorial Periférica. Sentados en un banco de madera, en la antesala de un museo en Brooklyn, nos habíamos instalado ahí porque el lugar es silencioso, tiene cafetería y queda cerca de su casa.

Todavía con el libro en las manos, Labbé preguntó si había alcanzado a terminármelo. Era una pregunta clara y difícil. Yo creía que sí -por lo menos había llegado a la última página. Pero leerme el libro entero, lo que se dice terminármelo, no. Esto, porque Piezas secretas contra el mundo en realidad no es un libro, sino varios. Es cerca de mil seiscientos libros. Incluso podría llegar a ser infinitos libros, dependiendo de cómo uno cuente, me dice el programador que me ayuda a calcularlo.

La mecánica de esta novela es un cruce entre Rayuela, el libro de Cortázar, y esa colección Elige tu propia aventura. Al final de cada capítulo Labbé le plantea opciones al lector: remar hasta una playa negra, en la página siguiente, o saltar a la veintiocho, si elige hundirse al fondo de un lago. Por supuesto que implica un riesgo grande. Al usar esa mecánica, su novela podría haber sido tan decepcionante como aquellos libros de la colección Bantam, cuyos títulos prometen aventuras propias, que en la práctica se van enajenando al cabo de unas pocas páginas, tan pronto como el lector descubre que solo hay una o dos maneras de llegar al templo Maya. Elige tu propia aventura, pero como un parque con múltiples caminos donde está prohibido pisar el pasto.

Por eso era buena señal que Labbé pasara y pasara las hojas y al final no encontrara nunca esos párrafos; sentado en el banco de madera, era como estar viendo al que hizo un laberinto perderse ahí. Y no es que a su libro le falte cálculo. Igual que en los de la colección juvenil, en el suyo también hay intrigas perfectamente estudiadas. A una mujer se la acusa de haber quemado una biblioteca universitaria. Pero por qué la quemó, si la quemó ella, si el incendio fue crimen o justa protesta, eso no lo dice. Siembra la intriga, esparce pistas, pero nunca ensambla. Por eso su libro son varios libros; no tanto por la multiplicidad de combinaciones de capítulos, sino por la cantidad de cosas que Labbé se calla.
-Me encanta eso, que no haya una lectura igual a la otra. También quizá por eso ha tenido tan poca crítica.

Piezas secretas contra el mundo no apareció en ningún ranking de lo mejor de 2014. Se escribieron unas cinco reseñas del libro y solo una en un medio chileno, la Revista Mensaje. En su cuenta de Twitter, Labbé publicó un mensaje divertido y virulento, aunque a largo plazo. Que estaba feliz porque su libro había aparecido entre los mejores del año según el diario "El pescado envuelto" y el vespertino "La fogata".

La voz colectiva

El segundo de cuatro hermanos, nació en Santiago y creció rodeado de animales. Su papá era de San Fernando, aficionado a los pájaros chilenos sobre todo; tenía tencas, cernícalos, lechuzas, un pingüino, pero también un puma cachorro en el patio de una casa que quedaba entre la rotonda Atenas y Padre Hurtado, por Cristóbal Colón.

"Hay niños que se saben todas las marcas de autos, nosotros nos sabíamos los nombres científicos de cada pájaro", me cuenta por teléfono su hermano grande, Matías Labbé, artista visual.

Hay pájaros en Libro de plumas, el segundo libro que publicó Labbé. Hay un pájaro en la última página de Piezas secretas contra el mundo. Todos los pájaros vuelan juntos en La parvá, la novela que saldrá a la venta en abril. Este libro transcurre en Chile, durante el Mundial del 62 y comienza con un diálogo entre una dirigenta de fútbol y un relator deportivo ya retirado, quien tiene un poder sobrenatural: es capaz de mover equipos con su relato. Así, durante un trayecto en tren desde Temuco a Santiago, ella lo convence de que narre un partido crucial para Chile. Ese que jugó con Brasil.

-Y me di el gusto de hacer un narrador colectivo. Tiene que ver con algo que llevo haciendo hace rato; tratar de salirme de esta tendencia de narradores que son como machos melancólicos, enciclopédicos. Reconozco que yo también lo he hecho, pero estoy consciente de que es un error; es una falta ética de los escritores latinoamericanos hacia la sociedad, hacia las escritoras mujeres, los escritores queer o incluso en términos de clase, porque son todos hombres de clase alta o educados, que están en la cúspide de la pirámide. Como Vila-Matas. O el caso de Bolaño, que no viene de la clase alta, pero termina siendo el macho que dicta todo.
-Y que despotrica contra algunas escritoras mujeres.

-Yo he sido súper crítico con Bolaño en eso. Y esa pelea ficticia que hacen entre Bolaño y Diamela Eltit...

-No es tan ficticia. Él escribió unas cuestiones terribles sobre ella.
-La atacó después de que ella lo invitara a comer a su casa. O sea, tú me invitas a comer y yo escribo una crónica pelándote; eso es último. La gente se hace la tonta con eso, pero claramente es un error de Bolaño. En fin, yo no quiero ser así. Y lo identifico, porque es muy fácil. Muchos han copiado ese estilo del enfant terrible. Pero es como charcha: no tirarse contra las instituciones grandes, de poder duro y en cambio pelar una comida. Nada que ver. Pero a qué iba con esto.

-A la voz colectiva.

-Verdad. Yo creo que Bolaño es el punto de saturación de ese tipo de voz: se hizo famoso, influyente, lo que quieras, pero con la politización del mundo de 2011, creo que ese tipo de voces ya no son relevantes. Siento que ahora viene una resaca: hay escritores así todavía, pero pienso que es una tendencia que a la larga va a desaparecer. Entonces yo tenía ganas de escribir una novela colectiva, con voz colectiva, y la segunda parte de La parvá es un relato deportivo, pero en plural y en futuro.

-¿Así, en "nosotros"?

-Sí. "Nosotros lo haremos". Y es la semifinal del Mundial del 62. Si Chile le ganaba a Brasil, seguramente iba a ser campeón. Además que estaba de local.
Es una constante en el trabajo de Labbé evitar al narrador súper-poderoso.
-A mí me resulta intolerable e incluso imposible escribir una novela completa, integradora, abarcadora. Yo conozco muchos colegas de mi edad, ni hablar de los más viejos, que dicen que uno tiene que controlar todo lo que pase en tu libro, ser una especie de demiurgo.

No es que no sepa cómo construir relatos tradicionales. En Chile, trabajó como editor de Planeta. Antes, para la desaparecida productora de Marco Enríquez-Ominami. Estudió manuales para aprender a escribir esos guiones: sabe cuántos minutos hay que esperar antes de introducir un conflicto, cómo echar a correr una historia y cómo escribir un final que se cierre sobre sí mismo.

Pero no hace eso en sus libros. Y tampoco lo hace Mónica Ríos, su mujer, quien también publicó una novela el año pasado. Se titula Alias el Rocío y gira en torno a un personaje desaparecido, "el Rocío", de quien no se conoce más que ese alias, aun cuando en esta novela hay montones de cámaras, microscopios y archivos de investigación; puras herramientas destinadas a captar información, pero en este libro no capturan nada, o más bien sí capturan, pero el énfasis del libro está puesto en eso que no consiguen atrapar. Porque "el Rocío" se evapora. Y a "el Rocío", los investigadores no le atrapan ni la sombra del pie.

Ríos quiso escribir una crítica a "esa narrativa realista consensual", dice por teléfono. Se refiere, por ejemplo, a aquella que se publicó en Chile para el aniversario número cuarenta del golpe; literatura que era política en el tema -porque era antipinochetista, toda-, pero comercial en el ritmo y la forma.
Es un malestar que la pareja comparte. Así lo explica Labbé:

-Creo que la literatura chilena está súper atrapada en la cuestión privada. Se usa mucho la viñeta, lo pequeño, los bonsái. Tampoco es culpa del pobre Zambra, aunque él también ha hecho lo suyo. Y al mismo tiempo creo que la politización que hubo en Chile en el último tiempo no se correspondió con lo que pasó en la literatura. Porque la literatura se limitó a recuperar ciertas cosas de la memoria y salieron varios libros así, de escritores hablando sobre lo que estaban haciendo para el golpe o cuando murió Pinochet. Pero eso al final se repite tanto que se despolitiza.

Es como lo que pasó con Los archivos del cardenal, dice Labbé:

-Excelente serie durante su primera temporada. Pero luego eso se empezó a reproducir y aparecieron miles de novelas y crónicas, todas siguiendo la misma estructura. Si al final es eso: tiene que haber una estructura que te remezca, porque si no te empiezas a adormecer. Entonces repolitizar la literatura para mí sería estar siempre explorando maneras de que el lector no se quede dormido. A mí me interesa el lector activo, aunque entiendo que no a todos les interesa lo mismo. Por eso también sé que nunca voy a ser popular, ni mayoritario, ni que me van a invitar a Guadalajara.

Silencioso ritmo

Se queja Carlos Labbé, pero sus libros los han traducido al inglés y al alemán, y su nombre apareció en esa lista de veintidós autores que publicó la revista Granta el año 2010. Eran los "mejores novelistas jóvenes en español", de acuerdo a esta publicación inglesa, que existe desde la era victoriana y que se precia de su habilidad para detectar talento emergente.

-Zambra y Labbé, decía esa revista Granta.

-Es que también eso es una especie de esquema, una ficción de esquema: Zambra y Labbé. Y Zambra es como el preciosista y Labbé es como el terrorista. Pero es un esquema súper excluyente, porque hay un montón de escritores buenos: los escritores peruanos residentes en Santiago, los escritores mapuches o quechuas de ficción. Entonces repolitizar la literatura también implica salirse de esas dinámicas.
Tiempo después, por teléfono:

-¿Por qué decidiste aceptar aparecer en la lista?

-Mira, lo que te diga va a ser siempre mirado en retrospectiva. Esto me lo ofrecieron a dos o tres meses de haber llegado a Estados Unidos; no te diría con un trauma, pero sí con la sorpresa de vivir acá. Me llegó este mail, de una revista que yo nunca había escuchado en mi vida. Y claro, llegaron a mí a través de Periférica, mis editores en España; que habían hablado con ellos y que ellos les habían dado mi mail; que "sería bueno" que yo apareciera en esa lista, porque se iba a publicar en español y en inglés. Ahora, si yo hubiera sabido lo que era, el acto de exclusión que implicaba...

-¿No pensaste en eso?

-No lo pensé. Me lo presentaron como que había un jurado que abarcaría montones de áreas geográficas, de tipos de escritores, pero resultó que no fue así. Y hay gente que también piensa que hice lobby para entrar. De hecho, en un momento pensé decir que no, porque a mí no me gustan las listas. Pero hice la excepción porque quería entrar a algún tipo de escena literaria anglosajona. Ahora, yo no puedo estar más lejos de ese mundo, pero me sirvió para conocer, para cachar que eso no era lo que yo quería y para darme cuenta de que eran efectivos estos prejuicios míos contra la escritura gringa y con este star system, que en Latinoamérica también provoca caricaturas, casi. Por ejemplo, escritores jóvenes que piensan que pueden ser Salinger. Y no puede ser más absurdo eso. Un escritor chileno no tiene nada que ver con Salinger. Bueno, ¿quizá en que fueron jóvenes alguna vez?

Un escritor chileno nunca será Salinger, opina Labbé, porque la riqueza del castellano es que es una lengua ambigua, no precisa. La crítica ya la había hecho en otras ocasiones. Esta vez la plantea como un asunto de ritmo.

-Me gustaría tener un ejemplo mejor, este es un poco deprimente, pero creo que el periodismo chileno es un subproducto de la pésima prosa de Fuguet. No digo todo.

-¿A qué te refieres?

-Esa frase corta, la manera de titular, la manera de conceptualizar.

Pero el periodismo chileno no fue siempre igual, dice Labbé. Se refiere a la prosa de Filebo, de Alfredo Gómez Morel y de Justo Abel Rosales.

-A ese periodismo que en Chile solía venir de una tradición oral, del campo. Era gente muy vividora, entonces incluían la cháchara con el vino, como de club de la unión provincial. Pero en los noventa empieza a llegar a Chile otra cultura, el cine gringo, la música indie. Y con la capitalización de toda la prensa también se puso a tono: se puso mucho más práctica en la sintaxis. Hoy día la forma de un artículo tiene que ser completamente funcional.

-Al hueso y que se entienda rápido.

-Pero como escritor, yo creo que uno tiene que hacer una especie de guerrilla y rescatar formas que quizá no sean totalmente ilegibles, pero casi. Hablas más demorosas, recovequeadas, como esa persona que uno todavía se puede encontrar en una fuente de soda en Santiago, que te habla lento y nunca va al punto, que habla y habla, cuenta historias y uno dice, ¿pero a dónde va? A mí me encanta. Pero no es funcional, no es productivo. Y ese ritmo yo creo que no se teoriza en las escuelas, pero a la larga sí se va a tomar conciencia de su importancia, porque es una riqueza que se está acabando.

Es como pasa con la música, dice al final. En Nueva York, además de escribir, coeditar, criticar, corregir y diagramar libros, también ha trabajado vendiéndolos. Entonces la música: hasta diciembre del año pasado, Labbé trabajó en una librería, donde aprovechaba de ponerles música a los clientes. Jugaba a cambiarles el ritmo. Ponía una cumbia, por ejemplo, que se iba infiltrando en los cuerpos de la gente, en la manera en que tocaban los libros, sin que nadie se diera mucha cuenta. Como los buenos libros. Como los ritmos donde uno se pierde.

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