WELCOME TO YOUR BLOG...!!!.YOU ARE N°

FANTASIAS DE LOS VIEJOS VERANOS


Fantasías de los viejos veranos
por Roberto Merino
Diario Las Últimas Noticias,
Lunes 28 de febrero de 2011

La dorada y polvorienta melancolía del fin del verano
siempre es perturbada por una angustia sorda
que se nos instala en el pecho: una presencia insistente,
un recordatorio borroso de la inminente vuelta a la vida civil.

Por uno o dos meses vivimos la ficción
de la irresponsabilidad, del ocio de la libertad,
pero ya empezamos a sentir las vibraciones
del timbrazo que nos anuncia que se acaba el recreo.

El símil es adecuado: no me cabe duda
de que los orígenes profundos de estos síntomas
vienen de nuestros años escolares.

El verano era para nosotros una promesa cumplida.

La ocasión para ser dejados por una vez en paz
y escudriñar la vida al arbitrio de la curiosidad natural.

Trajinando en los desvanes,
corriendo por una pradera amarilla,
dejándonos llevar por la resaca del mar,
tomando once con mermelada de damasco
bajo un parrón cargado,
viendo películas hasta tarde en la televisión,
así pasábamos los días, saturados de tiempo.

Pobretones y ricachones,
ignorantes y sabelotodos,
provincianos o metropolitanos,
daba lo mismo, todos disfrutábamos
de las prerrogativas de la edad.

Claro, había algunos desdichados
-progiene de padres anales y domésticos-
que en estas circunstancias eran obligados
a cumplir obligaciones de cualquier especie:
trabajar en cuestiones domésticas
para ejercitar la disciplina, adelantar estudios
("a ver, hábleme de los pronombres personales
y después me recita las preposiciones").

Los veíamos a la distancia,
con el pelo corto y la camisa planchada,
con el dolor precoz evidenciado en la mirada,
sentados frente a un libro, mientras nosotros,
los pelusones tirados en un montón de arena,
le dábamos ritmo a nuestra conversación insustancial
mediante los hondazos que lanzábamos
contra los vidrios de una casucha abandonada.

En fin, el hecho es que hacia comienzos de marzo
la distensión se convertía en tensión.

Con la vuelta al colegio el desayuno adquiría
un regusto de acidez en la garganta
en las mañanas de guata apretada.

Como autómatas cantábamos
la canción nacional en un patio de cemento,
tras el discurso de algún funcionario
del Ministerio de Educación
que realzaba -precisamente- la importancia
de la educación y el rol que nosotros cumplíamos
en relación a ella y el futuro del país,
que era a la vez nuestro propio futuro,
que además hundía sus raíces en el pasado,
de donde había emergido alguna vez,
con espíritu libertario, la gloriosa institución
a la que pertenecíamos.

Algunos de nosotros escuchábamos
tiesos bajo el sol, con el pelo fijado
por la gomina Brancato; otros,
los de las filas de atrás,
se daban  manotazos, coscachos,
chirlitos o se tiraban peos asquerosos.

Como fuera, en esos días tempranos
aprendimos que los discursos no sirven para nada.

La única realidad era que el verano
nos había devuelto crecidos y cambiados
a los patibularios patios escolares
y que al menos habíamos
bordeado la felicidad por algún tiempo.

El hombre del discurso nos sugería
un futuro pleno de responsabilidades.

Nosotros nos imaginábamos
otro muy distinto,
en un Ford Mustang, quizás,
rechinando las ruedas
por un camino costero,
y mujeres bonitas y alegres
en el asiento de atrás,
las minifaldas anaranjadas
del delgado algodón
y el castaño pelo al viento...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

COMENTE SIN RESTRICCIONES PERO ATÉNGASE A SUS CONSECUENCIAS