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La edad del perro Leonardo Sanhueza Penguin Random House (Santiago, 2014) 200 páginas. Novela

Cuánto sabe un niño?
por Pedro Gandolfo
Diario El Mercurio, Revista de Libros
Domingo 3 de Agosto de 2014

La primera novela 
de Leonardo Sanhueza
(buen poeta, cronista y traductor)
es una obra sensible,
sin afectación ni aspavientos,
si bien esmeradamente concebida
y escrita de manera sobresaliente.

La edad del perro cuenta la historia 
de un niño sureño -de Temuco- 
entre los 9 y los 10 años,
edad que según una fábula 
que le narra su abuelo,
corresponde a la época
en que comienza
la vejez del perro.

Y es precisamente 
esa conjunción
entre niñez y vejez,
entre infancia y ancianidad
el eje que permite a Sanhueza
construir este notable relato.

La novela es narrada, 
en su mayor parte,
desde una situación muy singular.

El niño, quien lleva la voz de la historia,
se encuentra reparando el techo de su casa
junto a su abuelo un día de agosto de 1983.

«Estoy sobre el techo de mi casa,
en cuclillas, trabajando junto a
mi abuelo, que martilla arrodillado».

A partir de esa situación narrativa puntual
-un observatorio en las alturas 
sobre la casa y no dentro de ella- 
el autor expande la conciencia del niño, 
quien desde arriba y al lado de su abuelo 
reconstruye su infancia y el mundo que la rodea.

Evita de este modo Sanhueza
que el relato aparezca
como la rememoración
que el personaje ya adulto
realiza de su infancia,
de manera que, 
como se encuentra indicado
a la pasada más adelante,
los hechos no sean recuerdos,
sino vivencias y que, por lo mismo,
posean la vitalidad de lo presente.

Esa temporalidad sólo cesa
después del reencuentro
con el padre ausente
y es sustituida, 
en el último capítulo,
por un futuro extraño,
sibilino, profético 
y melancólico a la vez.

El niño narrador 
y protagonista de este relato
reúne en el texto,
desde su perspectiva excepcional,
propiedades de la niñez 
y de la vejez o madurez,
pero no porque sea un adulto
quien narra y ordena
un conjunto de recuerdos,
sino por la proximidad permanente
de su abuelo y la precocidad apocalíptica
con que vive lo que acaece alrededor suyo.

La edad del perro 
es un relato que nos pone así, 
en el mirador de un niño ultrasensible
obligado por sus circunstancias
a madurar intempestivamente.

Es cierto que 
en varias ocasiones
este niño excepcional
se expresa de una manera
en que sólo podría hacerlo
un adulto muy letrado
(cuando compara 
los videos adventistas
que va a ver junto a su abuela
con una pintura de William Blake
y la estética de la República Popular China,
o cuando reflexiona, 
muy bellamente, por lo demás, 
sobre el término «troquel»
y el descubrimiento de su auténtico significado),
pero ello no le quita verosimilitud a su voz.

Alguna vez, Henry James 
-quien escribió varios relatos
protagonizados y focalizados
en niños de una edad semejante
a la del protagonista
de La edad del perro-
afirmó que los niños 
sienten, perciben y piensan 
más de lo que pueden expresar,
de manera que su mundo interior
es inmensamente más rico
de lo que ya de adultos,
y olvidados a esa edad,
pensamos que fue.

Precisamente en este libro
Leonardo Sanhueza
intenta restituir al lector,
en toda su plenitud y riqueza,
ese mundo interior infantil olvidado,
y simultáneamente, intenta mostrar
la ampliación de esa conciencia
que se produce en el tránsito
de 1983 a 1984, la edad del perro.

La novela posee también 
de este modo el rasgo marcado 
de un relato de iniciación y aprendizaje,
en el que la figura agigantada del abuelo
compensa los vestigios del padre ausente
y en cuyo pasaje el autor 
hace desfilar,  además, a Farolito, 
su madre, su abuela, la tía Elisa
y otros personajes enhebrados
por la fantasía de un niño curioso.

En esos relatos 
comparecen episodios
que tocan los hechos políticos
que fracturaban esos años,
explorados con sencillez,
pero sin demasiado 
compromiso ideológico,
como si desde el techo 
en que se encuentra
trabajando junto a su abuelo
sólo cupiera testificar.

La novela de Sanhueza
merece ser destacada
por la patente 
calidad de su prosa.

El autor utiliza un castellano 
preciso, límpido y mínimo,
siguiendo un orden claro y llano
que le otorga, con pocos recursos,
la capacidad de describir
lo esencial de un paisaje,
el rasgo definitorio de un personaje,
el nombre justo para la acción.

Sanhueza traslada el cariño
al modo esmerado de decir.

Sería quizás injusto 
citar algún fragmento
porque la novela entera
se encuentra trabajada
de modo que la precisión,
solidez y llaneza no decae.

El capítulo 
dedicado a la maleta,
maleta de la cual 
se apropia el protagonista
y que perteneció a su padre,
se halla particularmente logrado.

La imagen de esos libros
(editados por Quimantú)
raídos laberínticamente por las ratas
es a la vez estremecedora y prometedora,
porque esos libros, 
a su vez vestigios de un vestigio,
incuban la vocación por la escritura
del niño que narra La edad del perro.

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