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El conventillo virtual


Liberty Valance (Alter ego sabatino de Antonio Martínez)
Diario El Mercurio, sábado 29 de agosto de 2015

Este es un espacio urbano y popular.

Está en los libros chilenos del siglo pasado, 
en la llamada literatura social, 
porque partía por la calle, 
seguía con la gentuza buena y mala, 
y exponía las cosas tal como son.

Vivían en el conventillo y sus alrededores, 
y eran incontables: el gañán, el rufián, 
la viuda triste y el palomilla, los jubilados iracundos, 
el aristócrata venido a menos y resentido, 
el inútil de la familia, un hijo de ladrón, 
el caballero de malas costumbres 
y un aprendiz de escritor malo.

Y el Cara de Unto 
y los vecinos de calle Maruri 
y la mala estrella de Perucho González.

Ahora llegó el progreso, 
la modernidad y las redes sociales.

Corrió el tiempo y la educación pasó de largo.

Así que son distintos los marcadores, 
pero es el mismo resultado y la relectura corresponde: 
el conventillo existe y es virtual.

Los chilenos estamos hacinados, insalubres, 
desordenados, malolientes y malhablados.

Escondidos entre las piezas del conventillo virtual 
y respirando el aire viciado e incómodo 
que desprende el celular, el notebook o el computador.

Esos ingenios que piden y piden, 
nunca se cansan y hay que alimentarlos 
desde la soledad de un cuarto estrecho,
la dureza del escritorio 
o la soledad de una cama fría.

Descorren el Twitter y el visillo, 
paran la oreja, levantan la taza del Facebook, 
escuchan conversaciones ajenas, apuntan con el dedo, 
tiran la piedra y la cadena, descorren un rosario 
de ruidos extraños y meten el cuchillo y la cuchara.

Desde lugares sin ventilación 
y ahogados por el humo del brasero global, 
debajo de los camastros y la tecla, 
detrás de la cómoda red social 
y arrinconados en un ropero de tres plazas.

En el conventillo virtual la fauna y las jaulas, 
respectivamente, se extendieron y abrieron. 

El silencio no paga. 
Hay que ganar algo y hacer ruido.

Aparecieron seres complejos y retorcidos. 

Otros son fantásticos. 

Hay imbunches de oficina, 
tropas de ociosos, íncubos, 
legiones de falsificadores, 
charlatanes, súcubos.

Ahí está el envidioso rastrero, 
el coleccionista de basura, 
el enfermito moral, 
el columnista ratero, 
el cínico light, 
el analista apolillado 
y el ventrílocuo cobarde.

Anhelan la batalla campal 
y sueñan con un trending topic: 
el servicio higiénico colectivo 
del conventillo virtual.

Y que nadie crea 
que se les acabó la cuerda y pasó su hora, 
y por eso deben demostrar a diario lo que son: 
maestros de la habladuría insomne, 
señores de la cuña confitada 
y voceros del tentempié aceitoso.

Que no vayan a creer 
que están azumagados en un catre 
y les sale moho de esa cabeza 
que necesita limpieza.

Para que el conventillo virtual 
sepa que son un príncipe encantado 
y no un sapo cantador.

Entonces que corra lo infundado, 
ofensivo, precario e impreciso.

Total son cestos de frases cortas y no pasa nada.

Es como una interjección y un espasmo.

Después se baldea el patio 
y se refriega con escobillón, 
cloro, perdón falso, olvido, jabón, 
disculpas por cumplir y abundante lejía.

Y así es la vida diaria en el conventillo virtual.

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