Diario El Mercurio, Lunes 05 de Noviembre de 2012
http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2012/11/05/que-puedo-hacer-yo-por-chile.asp

Ya se ha dicho casi todo. Que la ¿sorpresiva? abstención en las últimas elecciones municipales -60%- se debió a la mala calidad de la clase política; a la falta de oferta programática de los candidatos; a que daba lo mismo votar, porque "los de allá y los de acá son la misma cosa"; a que las "palomas" -fuera de mostrar caras con excesivos retoques de photoshop - no entregaban ninguna información a los electores, es más, eran una insolencia hacia ellos y un estorbo a los conductores, peatones y ciclistas; a que "gane quien gane, tengo que seguir trabajando"; a que esta desafección es el mismo fenómeno que ocurre en todos los países desarrollados; a que las elecciones municipales no son relevantes; a que ésta era la primera oportunidad para manifestar (sin castigo alguno, gracias al voto voluntario) la molestia y desazón frente a los políticos en general. En fin, explicaciones no han faltado. Y, quizás, cada una de ellas tenga una cuota de verdad. Sin embargo, ninguna ni todas juntas son suficientes para que nos quedemos de brazos cruzados.
¿Qué hacer? Lo primero, no hundir la cabeza como un avestruz. Segundo, dejar atrás todo lo que huela a juicio excluyente, categórico y odioso, y -aunque nos cueste- abrirnos, mirarnos, confrontar opiniones, escuchar y creer en el otro, en los otros. Entender que el sentido del bien común puede hacernos seres humanos más integrales. No perder jamás la capacidad de empatizar ante el dolor, las necesidades o los sueños de nuestros compatriotas. Comprender que requerimos -una y otra vez- arremangarnos la camisa para que nuestro país no sólo tenga más y mejores empleos, sino que también sea más justo, plural, acogedor. ¡Y eso es educar!
Aprendamos de los hechos. Esta abstención -que no podemos ahora recriminar, pues se nos dio el "derecho" a no ir a votar- debiera embarcarnos en un programa de educación cívica en el más amplio sentido de la palabra. Uno que no sólo haga que nuestros estudiantes conozcan nuestras instituciones y sus quehaceres -por cierto, necesario-, sino que también que sientan las ganas de mejorarlas. Uno que permita el diálogo, que fomente preguntas desafiantes, que enfrente los derechos con los deberes, pero, por sobre todo, una educación cívica que nos haga responsables del otro. ¿Recuerdan la frase del entonces Presidente Kennedy, cuando, en la primera mitad de esa mítica década de los 60, les dijo a sus conciudadanos: "No pregunten tanto qué puede hacer su país por ustedes. Pregunten, más bien, qué pueden hacer ustedes por Estados Unidos?".
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