WELCOME TO YOUR BLOG...!!!.YOU ARE N°

Pep versus Mou: La confrontación de dos filosofías‏




Pep versus Mou:  La confrontación de dos filosofías
por Juan Carlos Eichholz
Diario El Mercurio, Revista Sábado, 19 de mayo de 2012
Guardiola - Autoridad Formadora
• Sencillo, cercano, 
  afable, centrado y empático
• Cree en la conexión con las personas,
  está siempre a dar otra oportunidad,
  es duro y acogedor al mismo tiempo,
  entiende que el resultado 
  es fruto de un proceso
  y que en ese proceso hay caídas
  de las que siempre se puede aprender
• Creció siendo parte de un equipo
• Su gran motor es la trascendencia,
  pero la colectiva más que la personal
• Paciencia, formación, desarrollo,
  trabajo colectivo, largo plazo, entre otras,
  son expresiones que le asientan.
Mourinho - Autoridad Carismática
• Grandilocuente, expresivo, 
  intimidante, misterioso y disruptivo
• No acepta las medias tintas,
  exige lealtad total,
  desafía a quien se ponga por delante,
  no transa con nada ni nadie,
  atrae por su ambición y convicción
  y entiende que el resultado lo es todo
• Nunca fue parte de un equipo,
  pues siempre estuvo, desde pequeño,
  en el lado de quien dirige
• El poder y el reconocimiento
  parecen estar en la parte alta
  de su propia tabla de posiciones
• Efectismo, marketing, discrecionalidad,
  personalismo, estrellas, se relacionan con él.
¿Se imagina usted a José Mourinho diciendo que está vacío y que no puede seguir entrenando? ¡Imposible! lo que aquí vemos enfrentados son dos tipos de liderazgo: es el estereotipo de la autoridad carismática con el estereotipo de la autoridad formadora.   
"En cuatro años me he desgastado, me he vaciado y necesito llenarme... Tengo que recuperarme y alejarme".
Ser entrenador de fútbol de equipos de alta competición es de esos desafíos profesionales difíciles de sobrellevar, o de sobrevivir. No se trata, obviamente, del exceso de horas trabajadas, pero sí de la falta de horas de sueño. Y es que las presiones son gigantescas: dirigentes, jugadores, hinchas, auspiciadores, familia -y varias voces dentro de cada uno de estos grupos-, que están permanentemente susurrándole al oído o hablándole al subconsciente del entrenador.
Que Josep ("Pep") Guardiola haya dicho que estaba desgastado y que por eso debía renunciar resulta, por lo mismo, perfectamente atendible. Pero que hubiese dicho que se había vaciado y que necesitaba alejarse para llenarse... eso ya es algo que va más allá.
¿Vacío de qué? Mal que mal, en cuatro años al frente del Barcelona lo ganó todo, transformándose en el entrenador más exitoso en la historia del club, con 13 títulos a su haber -que serán 14 si en unos días más vence al Athletic de Bielsa en la final de la Copa del Rey-, es decir, más de tres por temporada, en promedio. Estamos hablando, por lo tanto, de uno de los mejores equipos de fútbol en la historia de este deporte, y base de la selección española campeona del mundo.
¿Se imagina usted a José Mourinho diciendo que está vacío y que no puede seguir entrenando? ¡Imposible! Y es que la declaración de Guardiola denota un grado de humildad que sería impensable en el histriónico entrenador del Real Madrid. Pep no está vacío ni de triunfos, ni de orgullo, ni de reconocimiento ni de afecto. Está vacío de sentido, lisa y llanamente. Como alguna vez dijo Steve Jobs: "Me miro en el espejo cada mañana y me pregunto: 'si hoy fuera el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy?' Y cada vez que la respuesta ha sido 'no' por muchos días seguidos, sé que necesito cambiar algo". Guardiola tuvo la valentía de reconocer eso en sí mismo y decidió dar un paso que muy pocos están dispuestos a dar, un paso que implica muchas pérdidas, en especial para el ego. En su cabeza el dilema era claro: ¿cómo motivar a otros si uno mismo no está motivado por aquello que hace?
¿Quién contra quién?
Comparar a Guardiola con Mourinho es mucho más que comparar dos estilos de ver y entender el fútbol. También es mucho más que comparar dos personalidades diferentes. Lo que aquí hay, verdaderamente, son dos filosofías de vida distintas, expresadas en dos formas casi opuestas de dirigir. Pero no sólo relacionadas con dirigir un equipo de fútbol, sino cualquier organización, por grande que sea, incluso un país. Lo que aquí vemos enfrentados, en simple, es el estereotipo de la autoridad carismática con el estereotipo de la autoridad formadora.
Ambos entrenadores entienden muy bien que desempeñan un rol, es decir, que no es cosa de pararse y dirigir desde lo que espontáneamente les resulte, sino que deben adoptar una forma de hacerlo, un modo de posicionarse frente al resto para definir la relación entre el yo y los otros. Y Mourinho decidió hacerlo desde ese personaje grandilocuente, expresivo, intimidante, misterioso y disruptivo; desde ese personaje que no acepta las medias tintas, que exige lealtad total -so pena de pasar a conformar su lista negra-, que desafía a quien se le ponga por delante, que no transa con nada ni nadie, que atrae por su ambición y convicción, y que entiende que el resultado lo es todo.
Por el contrario, Guardiola decidió hacerlo desde la otra vereda, desde ese personaje más sencillo, cercano, afable, centrado y empático, propio de la autoridad formadora; desde ese personaje que cree en la conexión con las personas, que está siempre dispuesto a dar otra oportunidad, que es duro y acogedor al mismo tiempo, que entiende que el resultado es fruto de un proceso y que en ese proceso hay caídas de las que siempre se puede aprender.
¿De dónde vienen?
Pero claro, nadie es completamente libre para elegir la forma en que quiere desempeñar su rol. Y el primer encasillamiento viene dado por la propia historia de cada quien.
Visto así, no podríamos pasar por alto que Guardiola fue jugador y que Mourinho no lo fue. No es que haya sido un mal futbolista que luego tuvo que repensarse como entrenador, sino que nunca pensó siquiera en serlo. Hijo de un entrenador portugués, desde pequeño acompañó a su padre en aquella labor, para luego estudiar educación física, aprobar un curso de dirección técnica de la UEFA y comenzar un largo periplo que en poco más de una década lo llevaría desde entrenador de una escuela secundaria hasta asumir, por fin, la dirección de un equipo profesional, el Benfica de Portugal, en el año 2000.
Guardiola, por el contrario, ingresó a las divisiones inferiores del Barcelona a los 13 años, para debutar en el equipo profesional a los 19, nada menos que de la mano del legendario Johan Cruyff. Con el tiempo llegaría a ser capitán de ese equipo que, a comienzos de los 90, se transformó en todo un ícono a nivel mundial. Al dejar el Barcelona en 2001, se había convertido en el jugador del club con más campeonatos de liga a su haber (seis), además de haber sido por años seleccionado español. Pero su alejamiento sólo le duró hasta el 2007, cuando, luego de haber dejado de jugar, fue invitado a dirigir el Barcelona B, al que en su primera temporada a cargo ascendió de tercera a segunda división. Sin más experiencia que ésa, en la temporada siguiente sería designado como entrenador del equipo de primera división, dando inicio a las páginas más memorables en la historia futbolística del club.
Mientras Mourinho nunca fue parte de un equipo, pues siempre estuvo, desde pequeño, en el lado de quien dirige, Guardiola creció siendo parte de un equipo. Y este detalle revela mucho de la forma que uno y otro tienen de encarar el rol de director técnico.

¿Qué los mueve?
Pero el asunto es más profundo, claro está. Y es que las motivaciones internas de estos dos exitosos entrenadores parecen ser muy distintas. Aunque todos los seres humanos tenemos una mezcla de diferentes fuerzas que nos mueven a hacer lo que hacemos, siempre hay unas que destacan por sobre otras.
En el caso de Mourinho, el poder y el reconocimiento parecen estar en la parte alta de su propia tabla de posiciones. De ahí que sus pasos por el Benfica, el Oporto, el Chelsea, el Inter de Milán y el propio Real Madrid, junto con los muchos títulos logrados, hayan estado siempre marcados por los conflictos de poder con jugadores, directivos o incluso propietarios, invariablemente revestidos de declaraciones ácidas y polémicas. Al fin y al cabo, el desafío es demostrar quién pesa más.
Para Guardiola, el gran motor es la trascendencia, pero la colectiva más que la personal. Tal como les dijo a sus jugadores antes de disputar el Campeonato Mundial de Clubes frente a Estudiantes de la Plata en 2009: "Si perdemos, continuaremos siendo el mejor equipo del mundo. Si ganamos, seremos eternos". Y no sólo ganaron entonces, sino que siguieron ganando, hasta que para Guardiola se hizo cada vez más evidente el vacío del que habló al anunciar su retiro. Estar al frente de un grupo que ya había alcanzado la eternidad dejaba de tener sentido para alguien que busca la trascendencia. Lo que naturalmente tendría que venir ahora es un período de reflexión para redescubrir el significado de trascender a la luz de lo ya alcanzado.
No así para Mourinho, porque en la carrera por ganar poder y reconocimiento no hay tiempo que perder. A él se aplica perfectamente bien la célebre frase del ex premier italiano Giulio Andreotti: "El poder desgasta sólo a quien no lo posee".

¿Por qué en el  Barcelona y en el Real Madrid?
¿Habría puesto usted como entrenador del Barcelona a alguien que nunca había dirigido a un equipo de primera división, ni siquiera de segunda? Poco probable, y definitivamente no si su nombre fuese Florentino Pérez, presidente del Real Madrid. Pero Joan Laporta se arriesgó, y lo mismo hizo ahora quien lo sucedió como presidente, Sandro Rosell, al nombrar en el cargo a Tito Vilanova, el desconocido técnico asistente de Guardiola.
Como el propio Rosell señaló, "la idea era mantener la continuidad. Es la filosofía del Barcelona; criar a los técnicos dentro de la casa. Los jugadores son de aquí, se crían aquí y los técnicos igual."
Desde hace al menos una década que el Real Madrid y el Barcelona han ido tomando y reafirmando rumbos diferentes en su estrategia deportiva y, lo que es más profundo, en su propia cultura organizacional. Efectismo, marketing, discrecionalidad, personalismo, estrellas, cortoplacismo, entre otras, son palabras que le asientan más al primero. Paciencia, formación, desarrollo, trabajo colectivo, largo plazo, entre otras, son expresiones que le asientan más al segundo. Incluso el estilo de juego de uno y otro equipo -muy distintos entre sí, por cierto- son un reflejo de lo mismo.
Difícil sería, por lo tanto, que Mourinho entrenase alguna vez al Barcelona o que Guardiola hiciese lo propio con el Real Madrid.
¿Cómo mueven a otros?
Las declaraciones de cada uno al asumir sus cargos en los dos más grandes equipos del fútbol mundial son elocuentes. "En mi diccionario no existe la palabra miedo y no quiero que figure en el de mis jugadores", dijo Mourinho. "Perdonaré que no acierten, pero no que no se esfuercen", fueron las palabras de Guardiola.
El portugués, como toda autoridad carismática, se para desde el pedestal, desde la posición de quien tiene el dominio absoluto, de quien todo lo sabe y lo controla. Y mueve a su gente desde la presión que ejerce quien se cree poseedor de la verdad y desde el magnetismo que genera quien se sabe ganador. "Un club debe vivir alrededor y a partir de las ideas del entrenador. La organización está supeditada a las ideas del entrenador". En otras palabras, en su mente todo aquel que no está con él está en contra de él. Y no debería sorprender, entonces, la adopción de medidas extremas, propias de quien infunde temor a otros desde el poder que ostenta, como el amordazamiento de todos los jugadores y departamentos del club cuando aparecen voces disidentes a su gestión, acompañado de las correspondientes represalias a los desafiantes.
El catalán, a la hora de mover a su gente, no lo hace desde sí, sino desde ellos, intentando primero entenderlos para luego tocar las fibras que los activen. "Los entrenadores siempre nos habían dicho que 'para mí todos sois iguales', y es la mentira mayor que existe en el deporte. No todos son iguales, ni todos tienen que ser tratados igual". Como autoridad formadora, su foco siempre ha estado en ayudar a cada uno de los suyos a desplegar todo su potencial, y es por eso que las derrotas, antes que ser motivo de reprimenda y ofrecer una ocasión para ponerse por encima de quien ha fallado, las ha usado como el mejor de los antídotos para progresar. "Lo que te hace crecer es la derrota, el error". Y no es que Guardiola no sea duro cuando tiene que serlo, pero lo hace desde lo que le sirve al otro para aprender, no desde lo que le sirve a él para imponer su parecer.

¿Qué queda después?
Estamos hablando de dos entrenadores altamente exitosos, con filosofías distintas, pero exitosos. Estamos hablando de dos personas que son conscientes del rol que desempeñan y también de lo que quieren lograr.
Nadie podría decir que Mourinho no ha sido efectivo en obtener lo que se ha propuesto, y pocos se resistirían a querer tenerlo en su propio equipo. Pero la pregunta que habría que hacerse es qué queda después, cuál es su legado.
En el fútbol es difícil pensar en el largo plazo. Lo que vale es el resultado del fin de semana, de cada partido que se juega. Y en ese escenario los Mourinho de este mundo funcionan bien, porque lo suyo no es lo que queda, sino lo que se logra mientras estén. Otra cosa es cuando se tiene en mente lo que viene después, porque ahí los Mourinho, que juegan para sí, se quedan cortos. Ese es el escenario para los Guardiola.
Es quizás por esto que Bielsa dijo respecto del catalán algo que difícilmente diría respecto de su colega portugués: "Es una decisión personal que, obviamente, no me corresponde interpretarla, pero su pérdida es mayúscula, porque su presencia le dio brillo a este deporte. Lo que ha hecho es inolvidable."

La meta En el fútbol es difícil pensar en el largo plazo. Lo que vale es el resultado del fin de semana, de cada partido que se juega. Y en ese escenario los Mourinho de este mundo funcionan bien.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

COMENTE SIN RESTRICCIONES PERO ATÉNGASE A SUS CONSECUENCIAS